Vida de Cuauhtémoc Cárdenas - Edgardo Bermejo Mora | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 02 de Septiembre, 2017
Vida de Cuauhtémoc Cárdenas | La Crónica de Hoy

Vida de Cuauhtémoc Cárdenas

Edgardo Bermejo Mora

(Cuarta parte)

4. La militancia de los puentes

Al salir de la secundaria, y nuevamente por decisión del General, Cuauhtémoc se instala en Morelia para cursar el bachillerato en el Colegio de San Nicolás. Era necesario ese viaje a la semilla para reencontrarse con su geografía ancestral. A esas alturas de la juventud se reconocía esencialmente como capitalino y debía por lo tanto recuperar la identidad y el amor por el terruño, ese mismo que tarde o temprano tendría que heredar. Nuevamente se resiste a las conversiones febriles y al activismo partidario. Se siente más cómodo en las matemáticas que en las ciencias sociales. No es un lector inquieto, no manifiesta alguna inclinación artística en particular, ni tiene tampoco el temperamento rebelde de otros bachilleres. A pesar de su constante exhibición pública como el hijo del hombre más querido de Michoacán, Cuauhtémoc se descubre tímido, o mejor dicho, intimidado por el peso natural de su origen. Tres años después, en 1951, con el papel en la mano que lo acredita al mismo tiempo como bachiller y como michoacano, regresa a la Ciudad de México para inscribirse en la Escuela de Ingenieros de la Universidad Nacional, en el antiguo Palacio de Minería.

Probablemente la experiencia de viajar por todo el país acompañando a su padre en sus recorridos de trabajo -desde 1947 y hasta 1958 el general Cárdenas se desempeña como Vocal Ejecutivo de la Comisión del Tepalcatepec-, y la preocupación constante por el desarrollo del país, empujaron su inclinación profesional. La ingeniería no era entonces sólo una forma de evadirse de la política sino en todo caso la lectura personal y pragmática que hacía de ella. En el México alemanista de medio siglo, el país necesitaba menos discursos e ideologías que proyectos viables de desarrollo regional e infraestructura. De una u otra manera, su padre y el Estado seguían siendo el mentor y el proveedor, respectivamente, de su nueva circunstancia.

En ese tiempo asiste también a todas las ceremonias del ritual republicano. Esto constituye una fuente directa de formación política en la que conoce desde muy joven a ministros, gobernadores y presidentes. En los informes de gobierno, las salutaciones, las tomas de posesión, los desfiles cívicos, las recepciones diplomáticas, y en toda clase de ceremonias solemnes, Cuauhtémoc acompaña a su padre y aprende los usos y estilos del gran teatro de la política en el reino omnímodo del PRI. Aprende también a reconocer a los amigos y a los enemigos de su padre: el rey viejo que representa a una corriente histórica desplazada en el banquete de la revolución institucionalizada. En efecto, la influencia política real de su padre disminuye en proporción directa a la legendarización del estadista. Siempre a su lado, Cuauhtémoc observa la metamorfosis del padre de dirigente político a monumento en vida, de caudillo de carne y hueso a estatua de bronce. Más que poder político, lo que Lázaro Cárdenas le puede heredar a su hijo en estas circunstancias es su patrimonio cívico y moral, la plusvalía del apellido. Pero falta todavía mucho tiempo para que el delfín usufructúe todo aquel patrimonio simbólico.

No sólo acompañara a su padre a los convites oficiales de la clase política entronizada. En el otro extremo serían igualmente decisivas las visitas a los presos políticos de Lecumberri al comienzo de la década de los sesenta. Si en las otras reuniones de cuello blanco el príncipe se entrena viendo a los políticos desenvolverse en su ámbito natural: el poder; en Lecumberri aprenderá las lecciones éticas del compromiso político: la resistencia. De esta manera encontramos el poder y la resistencia al poder encapsulados en una misma dosis, que resume con gran elocuencia el papel que más tarde desempeñaría en la construcción de la democracia mexicana de finales del siglo XX.

Si la figura del padre y sus amigos prisitas y empresarios representan al poder ¿Quiénes son su contraparte, es decir, la resistencia moral? : son los comunistas, los sindicalistas, los dirigentes populares, los líderes agraristas, los periodistas perseguidos, en resumen, las víctimas más visibles de un régimen crecientemente autoritario que se escuda en la pujanza del desarrollo económico, la guerra fría, y la hegemonía aplastante del partido único, para justificar su intolerancia. Podemos imaginar en esos años al joven Cuauhtémoc Cárdenas visitando con su padre a Valentín Campa, a Filomeno Mata, a Demetrio Vallejo y David Alfaro Siqueiros. Podemos imaginar también la adversidad de su nueva circunstancia: el peso moral del General Cárdenas no es ya suficiente para liberar a los presos. El sistema lo tolera pero no lo mima, lo lisonjea en público pero lo margina y hasta lo combate en privado. Algo está claro: a lado de su padre Cuauhtémoc conoce las entrañas del aparato con todas sus miserias y sus bondades. Su formación política es una dualidad, una tensión permanente entre la fidelidad al régimen de la Revolución, por un lado, y sus convicciones a la izquierda del espectro político, por el otro. Para el General, y por ende para Cuauhtémoc, antes que la disidencia están las instituciones; y antes que la deslealtad, el silencio. A ese buzón mudo van a parar algunas de sus inquietudes: desde la represión a los ferrocarrileros en el 59, el asesinato de Rubén Jaramillo en el 62, hasta, años después, los sucesos trágicos del 68.

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