Hace 170 años: armisticio forzado y la batalla de Molino del Rey - Bertha Hernández | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 02 de Septiembre, 2017
Hace 170 años: armisticio forzado y la batalla de Molino del Rey | La Crónica de Hoy

Hace 170 años: armisticio forzado y la batalla de Molino del Rey

Bertha Hernández

Se suspendieron las hostilidades en un radio de 30 leguas alrededor de la ciudad de México. Uno y otro bando designó una comisión negociadora. Acordaron, también, avisarse, con 48 horas de anticipación, la reanudación de acciones militares. Se pactó también un canje de prisioneros.

Pero los invasores abusaron de las condiciones de la tregua: alegando la necesidad de proveerse de alimentos, introdujeron una caravana de cien carros, escoltados por la caballería, hasta el mismísimo Zócalo.

Desde luego, los habitantes de la ciudad miraron con molestia la intromisión. Esa molestia se volvió indignación cuando la gente se dio cuenta de que los estadunidenses no se inclinaban al paso del viático, y decidieron jugar a “apedrear al gringo”. Hubo quien calculó en treinta mil personas la muchedumbre que agredió el convoy, que tuvo que retirarse de la plaza, escoltado por lanceros mexicanos, para evitar que los matasen a pedradas. El incidente no fue sino un preludio de lo que ocurriría un par de semanas después.

La primera reunión de las comisiones negociadoras se dio el 27 de agosto de 1847 en Azcapotzalco. Nicholas P. Trist se reunió con José Joaquín de Herrera, Ignacio Mora, José Bernardo Couto y Miguel Atristáin. Trist fue agresivo: había cientos de reclamos de ciudadanos estadunidenses agraviados en su patrimonio y en sus personas; además, exigía que México cubriera los gastos de guerra.

En un gesto “generoso”, Estados Unidos cubriría el importe de todos esos reclamos… a cambio de negociar nuevos límites fronterizos, cediendo Nuevo México, California, una parte de Coahuila, Chihuahua, Sonora y hasta una parte de  Baja California. Claro, la Unión Americana estaba más que dispuesta a pagar una cierta cantidad, en compensación, que… se determinaría después.

La indignación bulló en los mexicanos, quienes, de inmediato, se opusieron a un acuerdo que lesionaba de tal manera el honor nacional.  Trist recapacitó… y excluyó de sus pretensiones Baja California y una franja de california, para que la península no quedase aislada de Sonora. Ahí se acabaron las buenas maneras: Trist declaró que no negociaría más. Esa era su última oferta. La misión mexicana reportó a Santa Anna, quien respondió que, de ninguna manera suscribiría un tratado que lesionaba de manera brutal al país. Estados Unidos quedaba al descubierto: había pretendido disfrazar con un tratado leonino la injusticia de la invasión, y ante la resistencia mexicana, no le quedaba de otra que terminar de arrebatar por la fuerza lo que pretendía conseguir  por medio de una “compra”.

Las hostilidades se reanudaron el 8 de septiembre, dos días después de la ruptura de conversaciones. El siguiente combate se libró en el paraje conocido como Molino del Rey, en la zona de molinos de Tacubaya.

MOLINO DEL REY. En la zona había funcionado la fábrica de pólvora de Chapultepec. Trist pensó que era un atractivo objetivo militar. El Molino del Rey estaba resguardado por varios batallones de la guardia nacional, y desde el día 6 de septiembre, Santa Anna había montado una fuerte línea defensiva. Al no producirse la batalla el día 7, el general cojo pensó que el enemigo había cambiado de objetivo, y desmantela la defensa, enviando tropas a proteger las garitas de San Antonio Abad, Niño Perdido y La Candelaria. Pagaría con la derrota su equivocación.

En Molino del Rey, uno de los combates más sangrientos de la invasión de 1847, fue evidente la ausencia de un mando militar sólido y unificado en el lado mexicano. Las unidades prácticamente pelearon por separado, defendiendo su trinchera, sin saber qué ocurría con sus compañeros y sin instrucciones de un alto mando. En algún momento, parecía que la batalla era de los mexicanos. La infantería comandada por Miguel María Echegaray ganaba terreno, y solo hacía falta el apoyo de la caballería comandada por Juan Álvarez, que aguardaba muy cerca, en la Hacienda de los Morales. Pero ese refuerzo nunca llegó. Álvarez no dio la orden de movilizarse, y su actitud es aún un enigma que solo se explica por el enfrentamiento interno de los generales mexicanos.

Pese a todo, las tropas mexicanas hicieron gala de valor, pero muchos de los mejores hombres con que se contaba en aquellas milicias cayeron en combate, o a consecuencia de las heridas recibidas, como el capitán Margarito Suazo, del batallón Mina, O Lucas Balderas, a quien el pueblo profesaba simpatía por ser un antiguo sastre a quien la voluntad de defender a la patria había llevado al campo de batalla.

Suazo alcanzó a impedir que la bandera de su batallón fuese tomada por el enemigo. Herido de muerte, el capitán resguardó la bandera, que se empapó con su sangre. Esa bandera, que aún se exhibe en el Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, ha dado pie a la reciente especulación, sin pruebas sólidas, según la cual, la leyenda del cadete Juan Escutia, que muere al intentar salvar la bandera del Colegio Militar, ahora acaba por confundir a Suazo con Escutia.  No se ha demostrado que en la narración heroica de aquellos días, el capitán muerto en Molino del Rey diera lugar a esas suposiciones.

DE LA TUMBA AL MONUMENTO. Algunos de los mexicanos que combatieron en Molino del Rey fueron sepultados en el Panteón de Santa Paula, donde ya descansaban, también, algunos de los caídos en Padierna y Churubusco. Allí llevaron al general –así rezaba, ascendido post mortem, la lápida- Lucas Balderas, al subteniente Agustín Farfán, al teniente coronel Francisco Paz y al capitán Margarito Suazo.

La ciudad, agobiada por la invasión, acompañó al cementerio los restos de sus defensores. Guillermo Prieto cuenta que la multitud guardó luto riguroso. Encabezaba el cortejo una enorme bandera negra, “de gasa extraordinariamente delgada” que parecía envolver a los dolientes.  Se repartieron hachones encendidos que acentuaban el carácter lúgubre de aquellos días de septiembre. Algunos portaban retratos de los héroes caídos, y los levantaban para que la gente pudiese contemplarlos.

Pasaron los años. La herida abierta por la invasión empezaba a ser cicatriz que siempre dolería. Vino la revolución de Ayutla, que derrocó a Santa Anna en agosto de 1855. Un año después, siendo presidente Ignacio Comonfort, se resolvió construir un monumento en memoria de los combatientes de Molino del Rey, que se inauguró el 8 de septiembre de 1856.

Para construir el monumento, numerosos personajes de la clase política y militar, muchos de los cuales aún recordaban los días de la invasión, se pusieron en movimiento: organizaron ¡once comisiones! para recolectar aportaciones, para organizar servicios religiosos, para escribir poesías alusivas a la batalla, para invitar a la ceremonia a los sobrevivientes y para muchas otras curiosidades más. Se reunieron mil 713 pesos con los que se pagó el monumento, encargado a la casa Tangassi.

Se exhumaron los restos de algunos combatientes y, en urnas de madera, se trasladaron al emplazamiento de la batalla y se depositaron en el basamento del monumento, que se inauguró en el aniversario de la batalla, en presencia del presidente Comonfort.

Los vaivenes del siglo XIX hicieron que los mexicanos se olvidaran de aquel mausoleo. En febrero de 1985, cuando trabajadores del entonces Departamento del Distrito Federal pretendieron mover el monumento, para construir la Línea 7 del Metro. El uso imprudente de un trascabo despedazó el basamento y salieron a la luz las urnas fúnebres. Intervino el Instituto Nacional de Antropología e Historia, que restauró monumento y urnas. Se identificaron los restos de quince oficiales, entre los que estaban Suazo y Balderas, y un 8 de septiembre, 138 años después de la batalla, los héroes de Molino del Rey regresaron a la tumba honrosa que sus contemporáneos construyeron.

 

En las cercanías de la residencia presidencial de Los Pinos, por donde hoy corre el Periférico y cruza la Línea 7 del Metro, se libró una de las batallas más terribles de la invasión estadunidense: Molino del Rey.

 

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