El peligro de las ideologías: la banalidad del mal

Catalina Elena Dobre

No comulgo con ningún credo. No me adscribo a ninguna filosofía política susceptible de resumirse en un “-ismo”. […] Pensar siempre significa hacerlo de manera crítica; y pensar de manera crítica siempre significa ser hostil […] no existen los pensamientos peligrosos, por la sencilla razón de que el pensamiento es en sí mismo una empresa muy peligrosa, afirmaba con lucidez, la filósofa Hannah Arendt.

 

 

Autora del famoso escrito Los orígenes del totalitarismo (1951), La condición humana (1958), Sobre la revolución (1963), Vita Activa (1960), Eichmann en Jerusalén (1963) Sobre la violencia (1970) etcétera, la escritura de Hannah Arendt debería ser obligatoria para todo aquel que está interesado y preocupado por el ámbito de lo político, entendido como una determinación natural del ser humano —como diría Aristóteles, el ser humano es un zoon politikon (“animal político”); es decir, un ser que, a diferencia de los animales, tiene la capacidad de ser un ciudadano y responsabilizarse por sí mismo—. 

Nacida en una familia judía liberal, de formación alemana y con una sólida educación académica; preocupada por el destino político, pero también social y cultural del ser humano, Hannah Arendt encontró su exilio en los Estados Unidos donde vivió y trabajó como académica hasta el alba de su vida.

Sin embargo, una síntesis de sus ideas, se encuentra en las reflexiones reunidas en el escrito La última entrevista y otras conversaciones, publicado en español por la editorial Página indómita, 2015. Entrevistada por destacados periodistas, desde 1964 hasta 1975, el año de su muerte, Hannah Arendt, nos deja comprender, mediante argumentos sólidos y bien fundamentados, la esencia de los problemas políticos, e implícito, sociales de nuestro mundo contemporáneo en la sociedad occidental.

Testigo de los peores regímenes totalitarios en la Europa de entre 1933 hasta 1941, el año de su establecimiento en Estados Unidos, viviendo también en pleno capitalismo, así como todas las vicisitudes de una historia cruel, Hannah Arendt está convencida de que el totalitarismo no pertenece al pasado; es decir, no se reduce al ámbito del nazismo, al estalinismo o el comunismo, como estaríamos tentados a pensar bajo una mirada retrospectiva.

Hoy en día tenemos todas las herramientas, y me refiero en especial al acceso a la información y a la lectura, para comprender qué significa una ideología y por qué es sumamente peligrosa. Basta ver el escenario mundial, para entender que estamos inmersos en ideologías en el ámbito de lo político, de lo económico, de lo religioso, de lo cultural o de lo social, en general. Todas estas deberían dar lugar a un gran signo de interrogación porque tienen que ver directamente con nuestro modo de vivir, pensar y actuar. Las ideologías no están afuera, alejadas de nosotros, sino que nos invaden en los espacios privados, en nuestra intimidad, rompiendo vínculos, arrastrándonos hacia la confusión y la violencia. Hannah Arendt entendió, como muchas otras mentes iluminadas, que cuando el espíritu humano, llevado por la embriaguez de los discursos consoladores, deja de pensar por sí mismo y deja de tener una mirada crítica hacia su entorno, empieza la ideología.

Luchó con todas sus fuerzas precisamente para mantener el pensamiento independiente de cualquier ideología. Arendt sabía que una ideología se identifica por el hecho de tomarse atributos mesiánicos, volviéndose una autoridad moral con falsas promesas y con la pretensión de “enseñarnos” qué es el bien y qué es el mal. Las ideologías, cuando surgen, buscan borrar las huellas “del sentido común”, borrar cualquier intento de “ponerse en el lugar de otro”, busca quitarnos el derecho a la libertad de pensar por sí mismo, actuando con frialdad mediante la manipulación de las masas, del sospechosismo, de las amenazas, de la obediencia ciega, potenciando el resentimiento mediante discursos moralizantes. 

Para Arendt, la ideología es la “prenda bonita” de lo que llama totalitarismo, junto con otros aspectos que identifica, como la institucionalización (que se fundamenta para la autora con la práctica que viene desde los campos de concentración nazi y los campos de trabajo soviéticos); la destrucción de los vínculos naturales (familia, matrimonio) mediante prácticas de espiar a los integrantes de tu propia familia; la burocracia (y hoy en día estamos esclavizados por la misma); y la expulsión del otro (basta mirar al racismo, a la falta de tolerancia, a la mentalidad clasista o a la diferencia religiosa, que ponemos como barreras para crear un falso enemigo y justificar la violencia) y podemos añadir la tecnología (que se vuelve cada vez más una barrera en las relaciones humanas).

Una sociedad construida desde la base de estos elementos es, sin lugar a dudas, una sociedad totalitaria cuyo único objetivo es la deshumanización bajo la imposición de la obediencia servil que nos “libera” de la responsabilidad. Y cuando no hay responsabilidad, no sólo “todo está permitido”, como diría Dostoievski, sino que se borra cualquier rastro de conciencia.

Al prometerle la “falta de responsabilidad”, la ideología ofrece al hombre el acceso a lo que Arendt llama la banalidad del mal. ¿Qué significa la banalidad del mal? La filósofa lo ejemplifica mediante el conocido escrito Eichmann en Jerusalén. De manera muy breve: Eichmann un “servidor” de la ideología nazi y de Hitler, fue un típico funcionario, sumamente insignificante que, al momento de ser juzgado por los crímenes tras el Holocausto, se justificó afirmando que sólo “cumplió órdenes” y que “hizo su trabajo”. Si lo vemos grosso modo, Eichmann es el ejemplo de un individuo que, inmerso en un “sistema ideológico”, obedeció a lo que el sistema le pidió. Como afirma Arendt, a Eichmann no se le recomendó la tarea de matar porque no estaba hecho para el puesto, pero estuvo involucrado en el proceso de exterminación en masa. Por lo mismo no era un “típico criminal” sino peor, porque ni siquiera tuvo el valor de enfrentarse a sus víctimas.

De aquí la pregunta: ¿qué tipo de sistemas estamos creando? La respuesta es dolorosa: sistemas que forman individuos como Eichmann, cuyos “deberes” están solo al servicio del “sistema”; individuos que no se cuestionan y que no son capaces de tomar decisiones, pero sí son capaces de ejecutar órdenes. “Matar” desde un despacho —que es la forma más común de aniquilación de nuestros tiempos, y no me refiero necesariamente a una muerte física, sino matar a alguien desde un punto de vista moral o espiritual, pisotear su dignidad—, refleja, como dice Arendt, “un tipo de persona más temible que un asesino en uso, debido a que no hay ninguna relación con la víctima”. Por lo tanto, el mal no es algo ajeno a nuestra naturaleza, no es algo que está fuera de nosotros, sino que es sumamente banal y surge en cualquiera de nosotros cuando estamos dispuestos a “callar la conciencia”.

Para Hannah Arendt, el peor peligro es este mal tan banal que los sistemas dictan hacer en contra de las personas, ejecutando un poder totalitario que puede ser logrado, como afirma Arendt, en un mundo de “reflejos condicionados”, en un mundo de “marionetas” sin el más ligero rasgo de espontaneidad; en un mundo en el cual el diálogo consigo mismo ha sido sustituido por el “narcótico” llamado hoy en día trabajo y poder. Cuando al trabajo se le quita la dignidad, cuando el trabajador está bajo la amenaza de “la caducidad” de su esfuerzo, siendo obligado a sólo ejecutar órdenes sin creatividad, significa que vivimos como sociedad en la permanente amenaza de este poder totalitario bien oculto en discursos consoladores y promesas sin futuro.

Así, en un mundo en el cual la conciencia está adormecida, en el cual se practica la explotación sin beneficio alguno, como dice la filósofa, en el cual se quiere, mediante la educación que los seres humanos sean superfluos, en el cual las masas están totalmente sumisas; un mundo en el cual cualquier opinión es válida, y lo único que se fabrica es lo absurdo, la ideología encuentra con facilidad su lugar.

La única forma auténtica de sobrevivir, en un mundo invadido por ideologías de todo tipo, es aquella en la que la consciencia está involucrada y no renunciar a lo que Arendt llama “la fidelidad con uno mismo”. “Debo ser fiel a mí consciencia” –¡esto es el criterio moral por excelencia!— Y no hay conciencia ahí donde no hay diálogo interior, como decía también San Agustín.

 

La filósofa Hannah Arendt.

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