Crónica de un mexicano víctima de Harvey en Houston: “Mi vida, en una bolsa de basura” al momento del rescate | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Domingo 03 de Septiembre, 2017

Crónica de un mexicano víctima de Harvey en Houston: “Mi vida, en una bolsa de basura” al momento del rescate

Vi aguas de hasta siete metros en áreas que normalmente están completamente secas y a gente navegando en kayaks por carreteras interestatales

Crónica de un mexicano víctima de Harvey en Houston: “Mi vida, en una bolsa de basura” al momento del rescate | La Crónica de Hoy

El principal impacto del huracán Harvey no fue el daño que provocó a nuestros hogares y cuerpos, sino la empatía, el apoyo que recibimos, y la unidad que generó. Después de los videos virales, las imágenes, las historias… la ciudad más grande de Texas, y la cuarta de los Estados Unidos, empezó su proceso de reconstrucción. El 31 de agosto, tres días después de que me evacuaran en una pequeña barcaza de pesca, mi familia y yo regresamos a nuestra casa temiendo lo peor.

El combate entre Floyd Mayweather y Conor McGregor se anunciaba como la principal noticia del fin de semana, mi tío y mi primo llegaron a casa aquella noche para verlo, sin importar la tormenta. Con esta arreciando después del KO técnico que le dio la victoria a Money Mayweather, los dos se quedaron a dormir, creyendo que la mañana traería mejores condiciones climáticas. Nos levantamos para ver cómo el agua se alzaba hasta más de un metro de altura. Inmediatamente, mis cuentas en las redes sociales estaban inundadas de preguntas sobre nuestra situación. Imágenes y videos se acumularon, junto a las actualizaciones, en mis cuentas de Twitter (@edbaez), Snapchat, Facebook e Instagram (@edbaez10). Pensábamos que el metro de altura de agua era lo peor a lo que íbamos a llegar; nos equivocábamos.

Aquella misma noche la lluvia regresó y las inundaciones siguieron durante horas interminables, haciéndonos sentir como si estuviéramos en “El pozo y el péndulo”, el cuento de Edgar Allan Poe. Con el agua acechando la cochera y la puerta principal, empezamos a fortificar los accesos a la casa con cualquier recurso que tuviéramos a mano, emulando al máximo a MacGyver. Enrollamos ladrillos con bolsas de basura para defender la puerta de la cochera, usamos un colchón inflable, cinta aislante, ladrillos y bolsas de basura para fortificar la puerta principal, con aún más ladrillos y bolsas de basura clavados a la puerta para defender la parte trasera. Y jugamos al juego de esperar, en el que uno juega a creer que puede ganar, pero nunca lo cree de verdad. Inmediatamente, el estrés, la ansiedad, la incertidumbre, el trauma, la rabia y las emociones se acumulan y se esparcen.

Con las aguas subiendo, las tensiones en alto, los planes empiezan a surgir, pero ninguno llega a convencernos a los cinco. Entre tanto, no nos damos cuenta de que el agua empieza a escurrirse bajo los costados de la casa, a través de los muebles de la cocina y en el baño, por los últimos rincones que hubiéramos imaginado. “¡Entra agua por ahí!”, continuábamos escuchando a lo largo de la noche, como tratándose de un conteo de golpes de Mayweather; no podíamos detenerlo. Toallas, tubos, cubos y demás utensilios servían para recoger el agua. Hora tras hora nos deslomamos intentando proteger nuestro hogar de las inundaciones. Tras horas de luchar todo lo que fue humanamente posible, ya adentrada la noche, acordamos intentar dormir lo que pudiéramos e intentar elaborar un plan al amanecer.

Sobre las dos de la mañana, los bomberos empezaron a circular por el vecindario usando hidrodeslizadores, de los que se usan normalmente para navegar en los pantanos, con montones de gente y mascotas a bordo, con sus vidas en una bolsa de basura. Entonces, aproximadamente a las cuatro y media, mis vecinos de adelante fueron evacuados, y yo empecé también el proceso de evacuación, a pesar de que no era la idea más popular en la familia en aquel momento.

Tras llamar al departamento de bomberos, usé la poca señal de internet que tenía para pedir ayuda en Twitter a algunas cuentas importantes que usaron sus seguidores para verter luz sobre los necesitados. Tuve suerte y me retuiteó una con casi 200 mil seguidores, y mi petición de socorro empezó a integrarse en el plan de seguridad.

Pasaron unas cuantas horas, y a media tarde los botes empezaron a llegar al barrio, casa por casa, persona por persona, bolsa de basura por bolsa de basura, sacándolas de sus casas, con el agua llegando ya a 1.7 metros de altura en la calle. No todos en casa estaban listos para ser evacuados; algunos sentían que era mejor esperar. Las opiniones chocaron, las voces se levantaron, la discusión se acaloró, pero no podíamos seguir ahí y arriesgarnos a vernos inundados de madrugada y quedarnos con el agua a la altura del pecho en medio de la oscuridad.

Tras llamar a varios botes, finalmente uno se decidió a enfilar la calle, donde esperábamos con el agua ya en la cintura para poner nuestras vidas en manos de completos desconocidos. Tres hombres blancos de College Station, Texas, salvando las vidas de cinco mexicanos y de otro hombre vietnamita, no porque les beneficiara, sino porque se preocuparon por nosotros, sin importar cualquier diferencia. Luego de un trayecto de dos kilómetros hasta una farmacia CVS, caminamos como pudimos a través de fango y agua por otro kilómetro para lograr alcanzar tierra seca. Algunos circularon en un semi-tráiler, y otros en la parte trasera de un camión de volteo, pero, sea como fuere, logramos llegar a territorio no inundado en un supermercado Kroger, adentrado unos cuantos kilómetros en la carretera.

Durante ese viaje vi aguas de hasta siete metros en áreas que normalmente están completamente secas, gente navegando en kayaks por carreteras interestatales, familias arrastrándose por aguas que les llegaban hasta las rodillas, y escuchando cómo les decían que tal o cual área estaba tan devastada que la Guardia Nacional se había marchado, y a la gente le decían “apáñense como pudieran, y mucha suerte”. Tras llegar al Kroger, había cientos de personas esperando ahí a que les llevaran a refugios, o esperando a su familia y amigos. Con el estrés y la adrenalina al máximo, las opiniones sobre si era acertado marcharse de ahí empezaron a moverse como aguas revueltas. Pasó alrededor de una hora, y tuvimos que manejar un camión de volteo de regreso a dónde nos recogió uno de mis tíos, y allí estaba, en la plataforma de carga del camión, con mi perro Roxy en brazos, llorando de alegría, camino a la casa de mis tíos, que estaba completamente seca.

Toda esta devastación, esta crisis, ha unido a todo el país en un tiempo de controversias masivas, polarización política y grandes protestas y disturbios. A pesar de que el presidente no se reunió con supervivientes, como hicieron otros mandatarios, el gobierno estadunidense ha dado un paso al frente y el pueblo de Estados Unidos ha demostrado su amor y apoyo. Una gran personalidad como J.J. Watt, defensor estrella de los Houston Texans de la NFL, ha recaudado ya más de 18 millones de dólares para ayudar a la comunidad. Los pequeños gestos también importan, como el del empresario que estaba en el Kroger repartiendo rollitos de huevo a aquellos que esperaban para ser trasladados a un lugar seguro. Escribo ahora, cinco días después de la evacuación, con pesar, pero también con el corazón lleno de amor por la ciudad de Houston, el estado de Texas y el pueblo estadunidense. Yo, como ciudadano de los Estados Unidos, pero nacido en México, junto al pueblo de EU, agradezco sinceramente a todas y cada una de las personas que han mandado su apoyo y afecto en todas y cada una de las formas. Este proceso está lejos de haber acabado, y ahora es momento, como dicen en Texas, de “levantarnos por los rabillos de las botas”, es decir, de salir adelante sin depender de nadie, y ponernos a trabajar.

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