Nacional

La autonomía universitaria

Gilberto Guevara Niebla, líder del movimiento estudiantil del 68, vivió la cárcel y el exilio luego del dramático desenlace en la Plaza de las Tres Culturas. Crónica continúa la presentación del ejercicio intelectual con el que desea explicar el 68 mexicano a los jóvenes. La presente entrega aborda a la Universidad Nacional Autónoma de México y abunda en la reacción autoritaria del gobierno mexicano a las primeras exigencias de mayores libertades.

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Estrada, siempre atento, me interpeló:

—Pero, maestro, ¡eso fue brutal!

—Es cierto, respondí, todo fue desorbitado, extra-lógico y absurdo. Lo que la ciudad vivía era un conflicto menor, un problema de policía, que podía haber sido resuelto con un diálogo entre las partes, pero la decisión de hacer intervenir a las fuerzas armadas catapultó el conflicto a una altura sin precedente: lo que se quiso dar a entender era que el Estado mexicano acudía al ejército para acabar con una conjura comunista que amenazaba la integridad nacional. Esa noche se dijo que el ejército quedaría a cargo de la vigilancia de la ciudad estableciéndose, de facto, un estado de sitio o una suspensión de garantías individuales. Lo que uno se pregunta es si esto fue el resultado de una cadena de torpezas o fue efecto de una acción deliberada para suscitar, precisamente, una crisis política (repito, se especulaba, y aún hoy se especula, si Luis Echeverría, secretario de gobernación, creó esta situación para aparecer, al final, como el héroe que resolvía la crisis, salvaba al país “del comunismo” y, con esta hazaña, ganar la candidatura a la presidencia de la república para el periodo 1970-1976).

Estrada me volvió a interrumpir:

—¿Cómo reaccionaron los estudiantes?  

Hubo, entre los alumnos, mucha indignación, pero en ese momento no existían organizaciones estudiantiles con capacidad de respuesta organizada. El movimiento estudiantil tardó un poco en emerger.

Volvió a hablar Eliseo:

—¿Se volvió a clases?

De manera tácita, las clases en la UNAM se suspendieron desde el lunes 29. La efervescencia que produjo la ocupación militar de las escuelas preparatorias impidió que se volviera a la normalidad. En algunas escuelas y facultades (Ciencias, Economía y Filosofía y Letras) las asambleas estudiantiles decidieron declarar el paro de actividades, pero en el resto fueron las propias autoridades las que, de manera ordenada, suspendieron actividades. El martes 30 la Ciudad Universitaria parecía una caldera en ebullición: en todas partes se observaba una febril actividad, asambleas, corrillos, marchas por el circuito, etc. En este punto intervino el rector:

—¿Quién era el rector? –Me interrogó Bracamontes.

—El rector de la UNAM en 1968 era un ingeniero de trayectoria brillante, Javier Barros Sierra. Hombre culto, ponderado e inteligente que había sido funcionario público y conocía muy bien el carácter atrabiliario y despótico del presidente Gustavo Díaz Ordaz. Haciendo eco al malestar incendiario que bullía en la comunidad, ese día —martes 30—, en Ciudad Universitaria, el rector Barros Sierra izó la bandera nacional a media asta e hizo la siguiente declaración:

“Hoy es un día de luto para la Universidad, la autonomía está gravemente amenazada. Quiero expresar que la institución, a través de sus autoridades, manifiesta profunda pena por lo acontecido. La autonomía no es una idea abstracta, es un ejercicio responsable que debe ser respetable y respetado por todos. Defendamos, dentro y fuera de nuestra casa, las libertades de pensamiento, de reunión, de expresión y la más cara, la autonomía universitaria”.

—Esa declaración del rector fue una respuesta política al gobierno, ¿no es cierto, profe?

—Exactamente. Fue una respuesta política seria y contundente. Ese día hubo en la oficina del rector un desfile interminable de representaciones de maestros y estudiantes que querían expresar su descontento y pedirle al rector una respuesta todavía más enérgica. A tal punto fue la presión, que Barros Sierra decidió realizar al día siguiente un mitin frente al edificio de la Rectoría, un acto en el que —se anunció— participarían maestros y alumnos. Por su parte, esa misma tarde, el gobierno retiró las tropas de los edificios escolares.

—¿Cómo estuvo el mitin? —Preguntó Mónica.

—El mitin fue muy concurrido. Asistieron, creo, unas 30 mil personas, principalmente estudiantes. Los muchachos y las muchachas se sentaron en el pasto y se formó una espléndida alfombra humana que iba desde Rectoría hasta la explana mayor. Al lado de Rectoría se había improvisado una tribuna de madera que miraba hacia la vasta superficie del campus. El día era magnífico: un sol esplendoroso y un cielo azul inmaculado. A las doce horas se inició el acto. El primer orador, profesor de Filosofía y Letras, dijo: “este acto es para defender el estado de derecho, venimos a pugnar porque en nuestro país se respete la ley, no podemos enseñar una regla en las aulas y practicar otra regla en la sociedad”. La multitud escuchaba guardando un silencio respetuoso y cuando el orador concluyó estalló en un aplauso con el cual se desahogó, en parte, la tensión que prevalecía en la multitud. Enseguida vino otro maestro, de Ciencias Políticas, quien dijo, “la autonomía universitaria es parte de las garantías individuales, violar la autonomía significa atropellar la Constitución”. Nuevo aplauso caluroso. Luego subió a la tribuna un profesor de la preparatoria que dijo, en tono enérgico: “venimos a protestar por la ocupación militar de los recintos universitarios y a exigir su desocupación; si ésta no ocurre, los profesores preparatorianos, en masa, renunciaremos a la cátedra”. Nueva ovación.

—¿Habló el rector? –Preguntó Mireia.

—Fue el último orador. La gente lo recibió con un aplauso que se hizo más nutrido a medida que subía a la tribuna. Comenzó a leer un documento que, dijo, los firmaron junto con él, los directores de escuelas, facultades e institutos y que, a la letra decía: “Varios planteles de la Universidad han sido ocupados por el ejército. Durante casi cuarenta años, la autonomía de la institución no se había visto tan seriamente amenazada como ahora. Culmina así una serie de hechos en los que la violencia de la fuerza pública coincidió con la acción de provocadores de dentro y de fuera de la Universidad. La autonomía de la Universidad es, esencialmente, la libertad de enseñar, investigar y difundir la cultura. Estas funciones deben respetarse. Los problemas académicos, administrativos y políticos internos deben ser resueltos exclusivamente por los universitarios. En ningún caso es admisible la intervención de agentes exteriores y, por otra parte, el cabal ejercicio de la autonomía requiere el respeto de los recintos universitarios. La educación requiere libertad. La libertad requiere educación. La comunidad universitaria debe darse cuenta de la importancia decisiva de mantener el régimen de legalidad en la Universidad y fuera de ella. Nada favorecería más a los enemigos de la autonomía que la acción irreflexiva. Hoy más que nunca es necesario mantener una enérgica prudencia y fortalecer la unidad de los universitarios. Dentro de la ley está el instrumento para hacer efectiva nuestra protesta. Hagámoslo sin ceder a la provocación”

Cuando llegué a este punto, Estrada exclamó:

—¡Muy buen discurso!

—Un excelente discurso, y tuvo un efecto clarificador para la mayoría de los asistentes. México vivía en ese momento una brutal afrenta al Estado de derecho y un atropello salvaje a la mayor institución de cultura del país. Se había pisoteado la ley y a las libertades fundamentales de la nación. Ante eso, no se podía, ni se debía guardar silencio sin faltar a la ética de la democracia. Había que protestar, pero al hacerlo, dijo el rector, era indispensable rehuir a los provocadores. ¿Quiénes eran los provocadores? Bueno, creo que el rector se refería a los estudiantes de las porras que habían tenido participación muy activa en el combate con la policía en torno a la preparatoria.

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