Entre la leyenda y el amor a la patria: los Niños Héroes | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 09 de Septiembre, 2017

Entre la leyenda y el amor a la patria: los Niños Héroes

Entre la leyenda y el amor a la patria: los Niños Héroes | La Crónica de Hoy

Hacia las cinco de la mañana de aquel 13 de septiembre de 1847, se detuvo, por poco más de una hora, el bombardeo sobre Chapultepec. Desde luego, no es una tregua. Las tropas estadunidenses avanzan sobre la fortificación del cerro: las fuerzas de Quitman, Pillow y Worth se precipitan sobre el bosque, intentando escalar las laderas del cerro.

La lucha por la ciudad de México se divide en dos frentes: sí, se ataca el cerro, pero la defensa de las garitas es, acaso, un episodio no suficientemente rescatado: San Cosme es defendida por las brigadas Rangel y Pérez y les costará a los estadunidenses tomarla; caerá hacia las 6 de la tarde. La garita de Belén, el colegio de Belén de las Mochas y la Ciudadela, umbrales de la ciudad, son defendidos con fiereza y se combate en terrenos del pueblo de Romita, esa diminuta población que 170 años después aún existe y que forma parte de la colonia Roma. Se pelea en la garita de Niño Perdido, y el siguiente capítulo será la resistencia popular, que se desatará cuando los gringos lleguen a la Plaza de la Constitución.

Pero allá en Chapultepec, la resistencia ha sido arrasada. Despedazado el batallón de San Blas, los jóvenes alumnos del Colegio Militar se aprestan a defender su escuela. Su decisión los convirtió, en las décadas que siguieron, en un ejemplo edificante para millones de escolares mexicanos, y en uno de los temas recurrentes de las polémicas históricas, a las que somos tan aficionados.

LA DEFENSA DEL COLEGIO: UNA CUESTIÓN DE HONOR. Pocos fragmentos de la historia nacional tienen tanto arraigo en el sentimiento popular como la defensa del Castillo de Chapultepec, y, desde luego, los llamados Niños Héroes han sido ensalzados y señalados como el modelo de la juventud que está dispuesta a morir por su patria, si es necesario. Alrededor de ellos se ha tejido una maraña donde se mezcla la historia, la leyenda, el infundio e incluso el chisme malintencionado y autodestructivo. Pero el primer elemento a rescatar consiste en que si hay algo en la defensa del castillo a lo que llamar “heroico” es la decisión de quedarse a resistir, cuando la instrucción era que se retiraran a sus hogares.

El director del Colegio Militar, el general Mariano Monterde, no tenía sino unos pocos meses al frente de la institución en aquel septiembre de 1847. No fue, precisamente, un modelo de valentía para los alumnos: el 22 de agosto, pidió permiso para irse a su casa, pues padecía una “fuerte inflamación”. Regresó la noche del 12 de septiembre, pero no se quedó en el Colegio; saludó a los alumnos que quedaban y se retiró, junto con Nicolás Bravo. Permaneció a las afueras del castillo y sería de los primeros en caer prisionero. El 11 de septiembre, el subdirector, apellidado Azpilcueta, se retiró del Colegio, “por hallarse enfermo”. Encargó el Colegio al comandante García Conde, quien se retiró del lugar cuando los invasores ya bombardeaban Chapultepec. Tenía “un fuerte constipado”. Dijo.

También se fue el capellán y el médico de la institución, el doctor Rafael Lucio. A medida que los estadunidenses se acercaban, algunos alumnos abandonaron el Colegio. Solamente quedaba el profesor de mecánica, el capitán Francisco Jiménez, y uno de los directivos, el capitán Domingo Alvarado, que tenía apenas 22 años.

Los cadetes, resguardados, vieron el bombardeo del día 12. Desde arriba miraron a los estadunidenses iniciar el ascenso al cerro. Los enemigos arrasaron una pequeña fortificación al pie del cerro, donde murió el teniente Juan de la Barrera, que había egresado del plantel apenas un mes antes. Continuaron la embestida y chocaron con una fuerza enviada por Santa Anna: el batallón activo guardacostas de San Blas, comandada por el teniente coronel Felipe Santiago Xicoténcatl. El enfrentamiento fue terrible. De los 400 soldados, apenas sobrevivieron 30.

Los alumnos se dispusieron a resistir. Formados y armados, encabezados por el capitán Alvarado, aguardaban, bayoneta calada, la llegada de los gringos.

Llegó antes un mensajero de Nicolás Bravo. La instrucción era contundente: los cadetes tenían que abandonar el castillo. Pero ellos se rehusaron.

Alvarado intentó disuadirlos: eran muy jóvenes, sería una grave responsabilidad para el Colegio si les ocurría algo. Pero los muchachos estaban decididos; resistirían, no había más qué decir. Se les unieron unos pocos sobrevivientes del batallón de san Blas, y pelearon codo con codo.

Algunos intentaron bajar del cerro por las ventanas del mirador. En este punto, los testimonios de los cadetes que sobrevivieron detallan el fin de los que después fueron llamados Niños Héroes: Francisco Márquez y Fernando Montes de Oca habrían caído en ese punto. Hay un testimonio, según el cual, Juan Escutia murió allí, sin arrojarse de ningún sitio y sin ninguna bandera. Lo que ocurría es que, al intentar saltar por las ventanas, los muchachos eran blanco fácil de los tiradores estadunidenses.

Quienes combatieron en el castillo no la pasaron mejor: tenían solamente 4 cajas de parque, que se agotaron con rapidez, pues los cadetes hacían abundante fuego. Pelearon en los corredores, en los dormitorios. Sin municiones y en minoría numérica, fueron rodeados y tomados prisioneros.  Los sobrevivientes del castillo, antes de rendirse, quebraron contra el muro sus fusiles, como símbolo de honor.

Los alumnos que lograron bajar, junto con el capitán Alvarado, fueron hechos prisioneros en el jardín botánico. A todos los encerraron en la biblioteca del castillo, donde los mantuvieron por once días. Entonces, el general en jefe de las fuerzas invasoras, les concedió la libertad.

Toda esta narración se desprende de los testimonios que, en los años que siguieron, dieron a conocer tres de los cadetes sobrevivientes: Teófilo Noris, Ignacio Molina y José T. Cuéllar. Los testimonios estadunidenses reconocieron el valor de aquellos jóvenes: “Abandonaron sus pizarras y sus libros para empuñar el mosquete y el sable, se distinguieron en los puestos de peligro”. Solamente murieron seis; pero los nombres de todos los defensores aún permanecen al pie del cerro, en el primer monumento que se levantó en memoria de la defensa del Colegio.

LOS “NIÑOS HÉROES”. Esos seis muchachos, caídos en combate, se fueron convirtiendo, al paso de los años, en los “Niños Héroes”. No eran tan niños: se resguardan, en el archivo histórico militar de la Secretaría de la Defensa, sus fes de bautismo. Por eso sabemos que Juan de la Barrera tenía 19 años y 3 meses, Agustín Melgar acababa de cumplir 18 años; Vicente Suárez tenía 14 años y cinco meses, Francisco Márquez tenía 13 años y medio; Fernando Montes de Oca tenía 18 años y 4 meses. Juan Escutia, del que se sabe muy poco, pues no era alumno regular del Colegio, tenía veinte años y medio. Nacido en Tepic, algunas hipótesis recientes estiman que Escutia pudo haber sido un soldado del batallón de san Blas, que se unió a los cadetes. En años posteriores se agregó su nombre a las listas del Colegio, y ciertamente, jamás se arrojó de ningún lado con la bandera mexicana.

Nadie les escatima valentía y amor por su patria, y desde luego que existieron. Es falso que hubiesen estado arrestados y por eso se encontraban en el castillo; es falso que solamente los seis caídos fueran considerados héroes. Testigos presenciales de la invasión, como Guillermo Prieto, siempre reconocieron el valor de “los cadetes” y nunca hicieron menos a los que sobrevivieron.

¿Cuándo se les empezó a llamar “Niños Héroes”? Algunos historiadores militares señalan que fue en 1883, cuando el entonces director del colegio, el general Sóstenes Rocha, presidía la conmemoración de la batalla, dijo, en su discurso: “casi eran unos niños, sí eran unos héroes”. Al pueblo le gustó la frase, y poco a poco se empezó a hablar de los Niños Héroes de Chapultepec. Después vendría, en 1903, el poeta Amado Nervo, para hablar de “los héroes niños”, que cayeron ante las balas del invasor. Así lo aprenderían  generaciones enteras de mexicanos.

Imprimir