El Frente y sus escollos - Francisco Báez Rodríguez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 12 de Septiembre, 2017
El Frente y sus escollos | La Crónica de Hoy

El Frente y sus escollos

Francisco Báez Rodríguez

Poco a poco se perfila el escenario electoral de 2018. Por lo pronto, indica que será una competencia entre tres, en la que se presenta como gran novedad el frente multipartidista en el que participan PAN, PRD y Movimiento Ciudadano. También hay indicios evidentes de que la campaña tendrá más golpes bajos y será todavía más sucia que las anteriores.

En dos de los tres grandes participantes hay claridad. Es total en el caso de Morena: Andrés Manuel López Obrador será el candidato presidencial, Claudia Sheinbaum contenderá para el gobierno capitalino y las demás candidaturas dependerán, primordialmente, de la voluntad del dueño del partido.

El PRI está por definir a su candidato presidencial. Lo hará a la manera tradicional, por vía de la unción de parte del líder nato del priismo, que es el Presidente de la República, pero de una manera camuflada, que también es parte del ritual. Hay cuatro aspirantes tricolores finalistas, pero sólo uno es “el bueno”, y eso dependerá del análisis que se haga —en el partido, pero sobre todo en Los Pinos— acerca del atractivo que puedan tener, no entre la disciplinada base priista, sino para otro tipo de electores, que son los que decidirán la contienda. Parte de esa decisión vendrá del análisis que se haga acerca del futuro del Frente Ciudadano por México.

Una concertación entre fuerzas políticas de distinto signo ideológico es una novedad a nivel federal. Ha funcionado electoralmente —por lo general, bien— en diferentes entidades de la República. Pero en todas esas coyunturas, o bien la candidatura ha ido a un personaje ajeno a los partidos que ha tomado el frente como vehículo, o –más comúnmente– a un político del partido que es fuerte en ese estado, mientras que las otras organizaciones participan sólo como acompañamiento.

En esta ocasión es diferente. En primer lugar porque no se trata de una alianza meramente electoral: su propósito es generar un gobierno de coalición que, al tiempo de gobernar, impulse a su vez cambios fundamentales en el régimen político del país. En segundo lugar porque, tratándose de una elección nacional, el Frente debe cuidar una serie de equilibrios políticos que permitan la búsqueda de objetivos comunes sin caer en una lógica de reparto vil.

Tanto en el PAN como en el PRD ha habido grupos que han visto con suspicacia el proyecto del Frente. La mayoría de éstos, en el partido del sol azteca, se han pasado a la trinchera de Morena, por lo que ahora tenemos a un perredismo disminuido, pero con menos fuerzas centrífugas.

En Acción Nacional las cosas han estado más movidas. En primer lugar, porque el grupo afín a la aspirante que encabeza las encuestas entre los blanquiazules (y que se encarga un día sí, y otro también, de recordárnoslo) cree que el PAN, por sí solo, puede derrotar al PRI y a López Obrador. Y considera que el dirigente nacional del partido, Ricardo Anaya, está vendiendo el alma del PAN a cambio de poder personal.

A diferencia del PRD, en el que la disidencia respecto al Frente tenía una salida evidente echándose en brazos del líder de Morena, en el PAN no existe ese tipo de red. Hay una lucha real por el control. En ella, ha quedado en evidencia que la disidencia calderonista siente más afinidades con el PRI que con los aliados que se apuntaron al Frente. Y no ha dudado en jugar a las contras, para beneplácito de los priistas, que ven en ello una forma de debilitar a uno de sus adversarios.

Ése es, tal vez, el primer gran escollo del Frente. No es impensable el éxodo de una parte de las figuras panistas, ya sea para lanzar una candidatura independiente (que no tendría mucho éxito, y ya corre el tiempo para las inscripciones), ya para apoyar, en una alianza inédita, al candidato del PRI, si éste tiene suficientes credenciales para ganarse la confianza de este grupo blanquiazul (y ya sabemos quién sería ese candidato: José Antonio Meade).

El segundo gran escollo es la designación de su candidato presidencial. Los que hasta hace unos meses eran los personajes visibles han recibido cualquier cantidad de metralla, que hace peligrar su línea de flotación. Las acusaciones políticas sobre Anaya, pero en particular la que lo señala como un hombre ávido de poder, le quitan viabilidad. Miguel Mancera ha sido totalmente vapuleado, desde la izquierda y la derecha, en las redes sociales, y ya no cuenta con la ventaja de ser relativamente desconocido. Moreno Valle se dio un balazo en el pie con sus excesos de autopromoción y no ha repuntado. Un candidato partidista, disfrazado o no de independiente, tendría que hacer el recorrido cuesta arriba.

Para encontrar candidato, el Frente ha imaginado un camino que pasa por muchos vericuetos: encuesta, debate, elecciones primarias, opinión de las dirigencias (léase, capacidad de veto del aliado más fuerte, que es el PAN). La agenda tendría que ser muy apretada, para no empezar tarde —como el PRD en el Estado de México—, y tendría que ser abierta. En cualquier caso, sólo un candidato sin partido mandaría a la población el mensaje de que sí se está tratando de renovar la política, de que no es un mero cambio de personas, un quítate tú para ponerme yo.

El tercer escollo es el programa. Deben ponerse de lado los temas en los que no hay muchas posibilidades de acuerdo y trabajar sobre otros muchos en donde sí las hay. Los ejes están planteados: nueva democracia, combate a la corrupción, desarrollo con menos desigualdad y política integral de seguridad. La cuestión ahora es pasar de la retórica al plan y a una campaña propositiva para un gobierno de coalición posible. Se dice fácil, pero a los políticos les sobra labia y les falta elaboración.

El Frente no va a ser la suma de los partidos que lo forman. Por eso, quienes se ponen a hacer sumas y restas con los datos de las tempranísimas encuestas están jugando al tío Lolo o nos quieren dar atole con el dedo. Puede ser mucho más, y atraer a la ciudadanía que no comulga con ningún partido, y tampoco con ruedas de molino. Pero también puede ser menos. Todo depende de que salve esos escollos.

Una cosa es segura: las elecciones presidenciales del 2018 van a ser diferentes, por lo menos, a las últimas cuatro que hemos vivido. Sólo serán comparables, por las novedades, con las de 1988. Por lo mismo, están destinadas a cambiar la política en México.

 

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Twitter: @franciscobaezr

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