Cataluña, sus delirios y mis circunstancias - Fran Ruiz | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 15 de Septiembre, 2017
Cataluña, sus delirios y mis circunstancias | La Crónica de Hoy

Cataluña, sus delirios y mis circunstancias

Fran Ruiz

Empecemos por definir la cabeza de la columna, si queremos saber de qué estamos hablando.

Cataluña: región de España con un arraigado sentimiento nacionalista, surgido de una rebelión secesionista aplastada hace tres siglos por las tropas castellanas, y que ha rebrotado con fuerza desde que llegó al gobierno de Madrid la derecha centralista, hostil a reconocer la singularidad catalana.

Delirio: Estado de alteración mental causado por un trastorno, en el que se produce una gran excitación y desorden de ideas.

Circunstancias: Condición o característica que rodea a una persona y que influye en ella.

Si juntamos todo resultaría más o menos en esto:

Cataluña: Los independentistas, que son mayoría en el Parlamento regional, convocaron para este 1 de octubre un referéndum separatista sin las más mínimas garantías de imparcialidad y limpieza, y lo hicieron presionando para que los catalanes ratifiquen con sus votos lo que de todos modos van a hacer el gobierno catalán y sus aliados de la izquierda radical parlamentaria: una declaración unilateral de independencia.

La consulta es ilegal porque la negó el gobierno de Mariano Rajoy, porque la desautorizó el Tribunal Constitucional español y porque se aprobó violando las propias leyes catalanas; y es inmoral porque los convocantes, en vez de guardar la debida imparcialidad, están intimidando a esos “otros catalanes”, que no quieren votar ni romper con España, para que sigan el ejemplo de los “verdaderos catalanes” y no se expongan a ser llamados “traidores”, “fascistas” o botiflers (insulto en catalán para los “españolistas”).

Delirio: No habría sido posible llegar a esta situación de abierta rebelión de una mitad de catalanes contra la otra mitad y contra el resto de españoles, si ese mundo independentista no se hubiese contagiado de lo mismo que enfermaron una mayoría de estadunidenses y británicos: el populismo nacionalista. Donald Trump dijo que EU “volverá a ser grande” cuando echase a patadas a los “ilegales que roban trabajos y trajeron sus crímenes y sus drogas”. Muchos le creyeron y ahora es presidente. Los impulsores del Brexit culparon a la “madrastra” Bruselas de obligarles a abrir las puertas a la “escoria” que les llega de países “inferiores”. Muchos le creyeron y ahora muchos se arrepienten al comprobar que Gran Bretaña no va a ser más grande fuera de la Unión Europea ni va curar así sus problemas.

En el mismo tono, los independentistas catalanes pretenden crear la ilusión de que separarse de España los hará más grandes. No basta con culpar al gobierno del PP de los males catalanes, sino a todo el país. “España nos roba”, denuncian, alegando que Cataluña entrega mucho más dinero a Hacienda del que recibe (cuando la realidad es que Madrid, igual de rica, aporta el doble al fondo de solidaridad con las regiones más pobres, sin por ello chillar todo el tiempo). En el colmo del delirio nacionalista, se difunden falacias como “Cataluña es una colonia de España” o “ser catalán en España es como ser gay en Marruecos”. En este estado de agitación propagandística —o de “hiperexcitación nacionalista”, como denunciaron los alcaldes no nacionalistas que reciben amenazas para que pongan las urnas—, los independentistas dicen que “Cataluña sin España sería tan rica como Dinamarca” y que una Cataluña independiente seguiría formando parte de la Unión Europea, cuando en el fondo saben que tendría que salirse y venderles sus productos con aranceles.

De sobra está decir que ninguna potencia reconocería a Cataluña como estado independiente, si lo hace mediante un plebiscito ilegal y contrario al derecho internacional. Desde luego nunca lo harían países como la vecina Francia o Italia, por temor a que cualquier región siga el mismo camino. Quien sí lo haría probablemente es Nicolás Maduro, en parte para vengarse de Rajoy, por denunciar que Venezuela es una dictadura, y en parte porque los independentistas de la izquierda radical catalana no ocultan que su objetivo es convertir la nueva República Catalana en un estado revolucionario bolivariano dentro de Europa.

Circunstancias: Por último, están mis circunstancias. Como español y, por tanto, parte interesada en la actual crisis, confieso una creciente sensación de perplejidad y hartazgo, por tener que soportar, por tercera vez, la locura nacionalista. La primera (y la más terrible) la del nacionalismo castellano, que ocasionó una guerra civil y 40 años de dictadura; la segunda, la del nacionalismo vasco, fundado sobre una idea de raza única y superior que degeneró también en casi 40 años de terrorismo de ETA; y la tercera, el nacionalismo catalán.

Ya lo dije en varias columnas anteriores y lo vuelvo a repetir. Nunca me he opuesto a un referéndum en Cataluña o a negociar para que los catalanes se sientan cómodos en España. Pero así, por las malas, arrinconando a los catalanes no nacionalistas o reprimiendo hasta que hablen en español (como en su día hizo Franco con los que hablaban catalán), nunca. Como escribió el editorial de La Vanguardia —el principal diario de Cataluña— el día que se consumó en el Parlamento catalán el mayor golpe a la democracia española , con la aprobación del referéndum,: “Así no. Este no es el camino”.

fransink@outlook.com

 

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