La crisis del lenguaje público - José Carlos Castañeda | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 14 de Septiembre, 2017
La crisis del lenguaje público | La Crónica de Hoy

La crisis del lenguaje público

José Carlos Castañeda

¿Qué le pasa a la democracia? ¿Cuál es su estado actual? ¿Enfrenta algún malestar o está viviendo un cambio de época? ¿Por qué resulta que los más interesados en promover la desconfianza en la política son los principales responsables de encabezarla? Lo más paradójico, los políticos acusan a los de su misma especie de hacer política, como si fuera la peor de las artimañas o la conducta más escandalosa. Sus discursos no buscan crear confianza; todo lo contrario, han sembrado un campo de cultivo para la discordia, los ataques y las sospechas.

Cuando inicia el proceso electoral cabe recordar la distancia entre gobernabilidad y campañas; mientras los candidatos buscan diferenciarse, exponer su rivalidad con sus adversarios y promover sus atractivas cualidades o denunciar los negativos de sus contrincantes, en el gobierno se necesita diálogo, negociación y acuerdos entre quienes se enemistaron durante la contienda. Esta diferencia ha perdido su eficacia. El radicalismo o el extremismo de las opciones políticas hace intransitable la ruta que va del triunfo electoral a la construcción de consensos. La oposición se mantiene en campaña durante toda la administración de su adversario, tan solo para conservar el apoyo de sus votantes. Impide promover cambios. Negociar en este idioma es sinónimo de transar, debilitarse o ceder. Mientras ésa sea nuestra práctica legislativa, poco podrá hacerse por cumplir con las responsabilidades de transformar las estructuras anacrónicas del Estado.

Pero además de este escenario de polarización, promovido por las tendencias centrifugas de la anti política, hoy está presente un nuevo desafío para la esfera pública. Afortunadamente, Mark Thompson ha escrito un diagnóstico de este nuevo fenómeno que afecta a la democracia en distintas latitudes. En su libro, Sin Palabras, ha realizado una extraordinaria genealogía de este malestar público. La mala fama de la política atenta contra las sociedades democráticas y la pregunta es ¿si podremos enfrentar ese reto o la descomposición de la vida pública tiene un final conocido? Autoritarismo o ingobernabilidad. Hace mucho tiempo lo sabemos, no hay vías rápidas, no hay alternativas, la democracia representativa y pluralista es el menos malo de los gobiernos. No el mejor ni el ideal. Las ofertas de los hombres provinciales o los mesías callejeros y populistas, suelen tener más un tufo despótico.

En nuestro país, el presidencialismo como cultura política sigue presente. El debate está más centrado en los candidatos, que en sus propuestas. Más en el nombre de quién es el más competitivo. ¿Quién tiene más probabilidades de ganar? Pero el próximo gobierno más que nunca necesita de alianzas y pactos. ¿Cómo sería un gobierno que está confrontado con el 60% del electorado? ¿Cómo mantener su estabilidad en medio de la discordia política? La parálisis ha sido la consecuencia más común de este desencuentro entre opciones partidistas. Para entender, cómo llegamos a este punto, habría que enfocarse en ¿cómo se perdió el poder de la palabra en la esfera pública? Esa es la reflexión de Thompson: la crisis actual de las democracias es una crisis del lenguaje público. Al perder credibilidad, el vocabulario político colapsó la confianza social y abonó el terreno para los profetas de la esperanza y los espejismos.

¿Qué falta en nuestra arena pública? Debate, deliberación de ideas, no ataques o acusaciones, infundadas o reales. Los contendientes en las campañas, nada rehúyen más que debatir con argumentos. Las razones son varias: el público prefiere los ataques o el espacio en los medios es más adecuado para simplificar las explicaciones. Incluso, los electores toman su decisión con el corazón, no con la cabeza. Para qué dar razones, mejor tocar sus sentimientos. En nuestro tiempo, se ha acentuado una dicotomía: por un lado, la política de las ideas; por otro, la política de las personalidades. Estudiar cómo se dio esa degradación del lenguaje público es parte de encontrar una respuesta a cómo rescatar las democracias actuales. Caer en los embrujos de las promesas etéreas de los demagogos, como Platón sabía, es la mejor forma de arruinar nuestra convivencia.

 

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