Nacional

La manifestación del rector

El 68 explicado a los jóvenes

Séptima parte

Al día siguiente, la conversación sobre los acontecimientos de 1968 continuó. Mis alumnos me pidieron les dijera qué sucedió después del mitin de la explanada.

—Lo significativo fue que, ante el asalto de la tropa a los recintos universitarios, las autoridades universitarias no reaccionaron con sumisión sino con gran dignidad y valor cívico. El rector Barros Sierra al terminar el mitin de la explanada anunció que estaba dispuesto a encabezar una protesta callejera fuera de Ciudad Universitaria.

—¿Una manifestación? —preguntó Eliseo. 

—Exacto. La UNAM, como un todo, saldría a la calle a protestar. Pero es importante decir que hubo una nueva, sorprendente y absurda, agresión del ejército. Una nueva provocación. El miércoles 31 de julio, el mismo día del mitin de la explanada, el ejército irrumpió en un edificio contiguo al Auditorio Nacional donde se realizaba una asamblea de los alumnos de la escuela de arte dramático del INBA. Más tarde se dijo que habían intervenido para aplastar una asamblea “de comunistas”. En el lugar fueron detenidos todos los participantes de la asamblea (un centenar de personas) y conducidos a la jefatura de policía. La Ciudad de México vivía momentos de gran tensión e incertidumbre, pues el ejército seguía patrullando las calles y los periódicos seguían escandalizando con la idea de la conjura comunista.

—¿Existían realmente organizaciones comunistas en México? —Preguntó Mireia.

—Claro que existían, pero su fuerza política era irrisoria. Existía un Partido Comunista Mexicano que contaba con unos 3 mil militantes, la mayoría estudiantes, maestros y otras personas de clase media. Probablemente debido a que no era un partido reconocido institucionalmente y actuaba en una suerte de semiclandestinidad, carecía de presencia social significativa, excepto en el medio estudiantil donde controlaba la llamada Central Nacional de Estudiantes Democráticos que tenía fuerza entre las escuelas normales rurales y en algunas federaciones estudiantiles de los estados.  Existían, además, otras organizaciones de izquierda más radicales y más pequeñas como los grupos maoístas y trotskistas. Estos últimos grupos tenían cierta presencia entre los estudiantes de la UNAM y del IPN, pero tuvieron muy poca participación en los hechos de la preparatoria. La idea de la conjura comunista era un mito, lo que era realidad era la conducta deliberadamente provocadora de la policía y el ejército.

—¿Y que pasó con la manifestación?
—preguntó Estrada.

—La Universidad entera se volcó a la calle la tarde de ese día primero de agosto, además de que llegaron grandes grupos de estudiantes y de maestros del IPN. En total, asistieron 80 mil personas. Antes de iniciarse, el rector Barros Sierra dirigió a los asistentes unas palabras: “Necesitamos demostrar al pueblo de México, dijo, que somos una comunidad responsable, que merecemos la autonomía, pero no sólo la autonomía será bandera de esta expresión, será también la demanda de libertad de nuestros compañeros presos y el cese de la represión. En esta jornada no sólo se juega el destino de la Universidad y del Politécnico sino causas más importantes y entrañables para el pueblo de México”. Al final volvió a llamar la atención sobre la posible acción de provocadores. Ojo: este asunto era importante. A esa hora se hallaban apostados en el sur de la ciudad (Parque Hundido) contingentes numerosos de soldados y granaderos (con eso se intentaba evidentemente disuadir a los universitarios). La caminata comenzó en el edificio de la rectoría, se desplazó por la avenida Insurgentes, giró a la derecha por la calle Félix Cuevas y regresó a C.U, por avenida Universidad. Fue un trayecto corto y muy localizado, sin embargo, tuvo un vasto significado político. Hacia afuera, su impacto moral era enorme. Fue un ejercicio de defensa de la autonomía, pero también fue una demostración de que la unanimidad política del país era una falacia y de que había mexicanos libres y honestos que, con prudencia y decisión, estaban dispuestos a defender la legalidad democrática. 

—¿Y los estudiantes? ¿Cómo la experimentaron los estudiantes? —Preguntó Estrada.

—En el estudiantado se mezclaban muchos sentimientos nuevos: orgullo por su identidad universitaria y exultación por tomar parte en un acto público inusitado. Y multitudinario. La manifestación fue, si se quiere, un rito de iniciación a la vida cívica para miles de estudiantes cuyas vidas, hasta ese momento, habían transcurrido al margen de la cosa pública y, de hecho, los estudiantes aprendieron ese día el sentido de la política en su acepción democrática. La marcha fue ruidosa, pero muy ordenada. El público que asistió como testigo de ese desfile extraordinario reaccionaba con estupefacción y admiración al paso de los manifestantes. Casi no hubo pancartas. Pero los estudiantes lanzaban porras y coreaban consignas como: “Alto a la represión”, “Viva la Universidad” “Viva la autonomía”, “Libros sí, bayonetas no”, “Democracia y libertad”, etc. Hay que decir, sin embargo, que la marcha tuvo, sobre todo al principio, cierto aire de solemnidad (que reflejaba, creo, la tensión y el temor que prevalecía en esos momentos). La columna manifestante se organizó en contingentes por cada facultad y escuela y al frente de cada uno iba el respectivo director. En el frente de la columna iba el rector y su equipo de colaboradores, protegidos por una gigantesca cadena de estudiantes, muchos de ellos altos y fornidos (algunos eran miembros del equipo universitario de futbol americano). Pero, cuando la columna llegó a la esquina de Insurgentes y Félix Cuevas un grupo de estudiantes (algunos alumnos de Ciencias Políticas) comenzaron a gritar ¡Zócalo! ¡Zócalo! ¡Zócalo! y a tratar de desviar la columna para hacerla avanzar en línea recta, hacia Insurgentes, pero la multitud reaccionó gritando, a su vez, ¡Orden! ¡Orden! ¡Orden!  Y, aunque hubo, por un instante, un fuerte jaloneo entre unos y otros, a la postre la columna recuperó el orden y siguió por la ruta asignada. Este fue el único momento crítico y, por fortuna, se resolvió bien. Si la provocación hubiera prosperado y se hubiera roto el orden, el acto hubiera perdido crédito y de estallar de nuevo la violencia o el vandalismo se hubiera constituido un caldo de cultivo adecuado para una nueva represión. Pero el peligro era mayor: A sólo pocas cuadras de Félix Cuevas –como antes dije– estaba el ejército: miles de soldados, tanques y vehículos artillados, así como centenares de policías.

—Entonces, dijo Mónica, no hubo represión.

—No, afortunadamente, no. La manifestación continuó pacífica y ordenadamente. Cuando la columna llegó a avenida Coyoacán, comenzó a llover, lo cual suscitó alegría y risas entre los estudiantes. Buena parte del resto del trayecto se hizo a paso apresurado. El reingreso a Ciudad Universitaria fue casi apoteótico y, cuando se completó, el rector volvió a tomar la palabra desde la misma tribuna improvisada: “Hemos demostrado al mundo, dijo, que nuestras instituciones son participantes directas de un destino justiciero que priva en México. La fuerza del uso de la razón, sin menoscabo de la energía, dio lugar a exponer ante el pueblo, la figura de la Universidad que está consciente de sus problemas y angustias. Nunca me he sentido más orgulloso de ser universitario como ahora. Continuaremos luchando por los estudiantes presos, contra la represión y por la libertad de la educación en México”. Para concluir, el rector enarboló la bandera nacional, la ondeó, y enseguida todos cantaron, emocionados, el himno nacional.

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