Ciudad

Colonia Roma: las voces del miedo

“Yo no me pude salir de mi departamento. Me puse a gritar”, confiesa Christine, jamaiquina residente de la colonia Roma. Lleva tres años en el rumbo, y los sismos son algo que no alcanza a comprender. Pero no es la única. La inquietud de las primeras veinticuatro horas no se desvanece así como así. Aún hay mucho miedo, y el sismo del martes diecinueve ha dejado voces y escenas que no se desvanecerán con facilidad.
“Yo iba hacia la Setravi por el camellón de Álvaro Obregón”, recuerda Elvia, una mujer de 63 años. Setravi está a unos pocos metros del lugar donde cientos trabajan en los restos de un edificio derrumbado. “Ya se movía el piso muy feo. De Setravi salió corriendo un hombre que gritaba ‘¡en la madre, en la madre!’ Se fue corriendo hacia Insurgentes, sin importarle que temblaba”.
El miedo los echó a la calle, y desde allí cuentan sus historias. Son voces de una colonia lastimada una vez más, donde la incertidumbre pesa aún más que la afectación del hogar.
Doña Etelvina vive en la calle de Chihuahua, ronda los 70 años.  Anda en el centro de acopio con una jarra de agua y vasitos. Le ofrece a todo aquel que se atraviesa en su camino. Ya se le pasó el susto terrible y quiere ayudar. Pero no olvida: “El temblor de hace dos semanas estuvo muy feo, y el del 85, no se diga. Pero éste ha sido el más, más feo de todos. Nunca sentí nada como esto, y mi casa ya tiene más de 100 años”.
Un condominio en la esquina de Morelia y Tabasco exhibe su desolación: reventaron los balcones y las ventanas de los primeros tres pisos. Pero los habitantes de los departamentos aguardan en el jardín de enfrente a que se saquen los escombros, a que algo, alguien les indique que pueden regresar. “Ya revisaron el edificio”, se estremece Araceli. “nos dijeron que hay que aligerarlo quitándole los balcones” ¿Le tocó dentro el sismo? “¡Sí! Y nos tuvimos que aguantar. Estamos en el tercer piso, ya después nos salimos”. El terror de aquellos minutos se condensa en las palabras de Armando, el esposo de Araceli: “Es algo que no se le desea a nadie”, dice, “pero acá estamos y vamos a ayudar”, agrega, mientras se calza un casco con lámpara para unirse a las brigadas de voluntarios que se organizan a unos pocos metros.
Otros no tienen ese ánimo. Simplemente esperan que no les vaya peor, como la comunidad otomí que vive en la calle de Guanajuato, en el número 125. En ese edificio viven 47 familias. Ahora, por lo menos cuatro familias se disponen a pasar otra noche al aire libre. “Las madres” de las familias vienen de Querétaro. Sus hijos entre los que hay veinteañeros y adolescentes y chamacos de primaria, ya nacieron aquí. “Nos vinimos para acá, porque varios departamentos están mal.”, explica Jesús, uno de los hijos mayores.  Pero se trata de un edificio reciente. “Sí, tiene 14 años”, agrega el muchacho. “Pero ya tiene daños. Tenemos miedo y no queremos arriesgarnos”.

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