Así lo viví - José Fernández Santillán | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 21 de Septiembre, 2017

Estaba en mi cubículo con mis asistentes Mariana y Alejandra, revisando las noticias y comentarios sobre las elecciones que se celebrarán en Alemania este próximo domingo 24 de septiembre. De repente, sentí el sacudón: “está temblando; vámonos corriendo.” Salimos a toda prisa. La Escuela de Humanidades y Educación, afortunadamente, está en la planta baja de la biblioteca; es decir, muy cerca de las salidas a cielo abierto. No obstante, en los pocos metros que recorrimos para librar la estructura del edificio oímos el estruendo de vidrios rotos, plafones que se caían y pedazos de la fachada que se venían abajo. Miedo, angustia, no saber qué va a pasar. Si, en un santiamén, vas a quedar allí aplastado.

Inés Sáenz, nuestra Decana, salió con los dedos de la mano izquierda sangrando porque en la sala de juntas, donde estaba reunida con otros profesores, reventaron los vidrios; otro colega, Miguel Nájera, sufrió un esguince en el tobillo.

De la biblioteca comenzaron a salir estudiantes y personal que se encontraban en los pisos altos, varios de ellos en shock. Al alcanzar la plaza que le decimos de “el caballito” buscaban a sus amigos: abrazos y llantos.

Como muchos otros, al pegar la carrera, me olvidé de todo: dejé allá adentro en mi oficina el celular, la computadora, las llaves del coche. Cuando quise regresar, fue imposible, el edificio, como todos los demás, había sido sellado. Nadie podía pasar. En un instante me quedé incomunicado.

Lo que a uno le viene en mente es “mi familia” ¿Estarán bien? Algunos comentaristas dicen que esta es la diferencia respecto del sismo que ocurrió hace exactamente 32 años, la tecnología; el poder comunicarte al instante. Eso, en tiempos normales, es cierto; pero, en este terremoto los celulares no funcionaron. Por lo menos, no en los momentos en que la angustia llega a tope.

No hay duda de que aquella amarga experiencia del terremoto de 1985, que dejó más de 10 mil muertos, nos hizo adquirir un sentido de lo que es la protección civil que ha ido in crescendo. No pongo en duda los esfuerzos que se han hecho en esa materia y que han mejorado nuestra condición para enfrentar fenómenos de esta naturaleza; pero, dicho con toda sinceridad, una cosa son los simulacros y otra la realidad. Apenas a las 11:00 am habíamos cumplido con el protocolo que estipulan las autoridades capitalinas; pero, cuando se vino el latigazo fue una cosa distinta. Sobrevino la confusión. Con megáfonos unos decían que nos desplazáramos hacia un lado, en tanto que otros ordenaban algo diferente.

Te vas enterando fragmentariamente de lo que ocurre: alguien me dijo que los puentes que conectan los edificios entre las aulas y las oficinas se habían caído. Estupor y dolor.

En ese ir y venir, los que estábamos en “el caballito” nos fuimos amontonando hacia la explanada del CEDETEC, un edificio que está en la parte noreste del campus y donde se almacenan materiales de ingeniería.

Me ocurrió algo insólito: mi esposa y yo nos encontramos de frente. Ella, como pudo se abrió paso para entrar a la escuela. Se encontraba en el COSTCO, que está enfrente del Tec. En esa tienda, me dice Blanca, las mercancías comenzaron a caerse de los anaqueles y la gente a salir en estampida. En la barahúnda oyó decir que el Tecnológico de Monterrey se había caído; salió disparada a buscarme. Lo insólito fue que nos encontramos entre la muchedumbre. El abrazo fue algo indescriptible. Luego comenzó a funcionar WhatsApp. Así supimos que nuestras hijas Estelí y Ximena estaban bien, igual que otros familiares y amigos.

Conforme nos convertimos en una masa más compacta, los estudiantes tomaron la iniciativa, primero con más voluntad que concierto. Pero luego, paulatinamente, se fueron poniendo de acuerdo y comenzaron a actuar de consuno: las indicaciones comenzaron a fluir: alejarnos de la zona donde había una fuga de gas. Distribuyeron las tareas: atender a los papás que llegaban desesperados a buscar a sus hijos; brindar servicio a los que habían resultado heridos por la caída de vidrios y pedazos de las fachadas; abrir paso para llevar material del CEDETEC a la zona de los puentes derrumbados; empezar a organizar la remoción de escombros de esos puentes que se habían caído para rescatar a los que habían quedado atrapados. Eso implicaba, llevar carretillas, palas, tubos y lo que se pudiese improvisar; ir a depositar los escombros donde se pudiera.

La transformación fue completa: de ver a diario a los estudiantes con sus mochilas, computadores y libros, atendiendo clases y conviviendo en los pasillos y jardines del Tecnológico de Monterrey (CCM) a estar montados encima de los escombros de los puentes derruidos con cascos, palas, mazos y cubetas. Y todos al parejo, mujeres y hombres. Los vi trabajar a mano limpia con una voluntad férrea.

Es una juventud que, en momentos difíciles, ha mostrado lo mejor: una faz esperanzadora.

Y así veo que se han comportado en aquellos lugares que han sido afectados por este terremoto. Tenemos bases firmes para construir un mejor país.


jfsantillan@itesml.mx
@jfsantillan

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