19 de septiembre - José Carlos Castañeda | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 21 de Septiembre, 2017
19 de septiembre | La Crónica de Hoy

19 de septiembre

José Carlos Castañeda

Quienes vivimos el terremoto de 1985, la experiencia marcó un antes y después en la memoria. Siempre vamos a recordar: dónde estuvimos y qué hicimos. Nada fue igual en la ciudad después de esa mañana trágica. Yo vivía en una zona volcánica al sur y el movimiento no se sintió con la misma fuerza que en el centro de la ciudad. Nunca hubiera podido imaginar lo que sucedía del otro lado. Una noche antes, acompañé a mi padre en la sala de espera del hospital Londres en la colonia Roma. Mi abuelo estaba en terapia intensiva, después de una operación. Me fui en la madrugada a cambiarme. Mi padre sintió el temblor ahí, en la calle de Durango. En su recuerdo está grabado el estruendo de un par de edificios que se derrumbaron, los televiteatros.
Es difícil hacer un recuento de cómo ha cambiado la ciudad desde entonces. El temblor del 19 de septiembre de 2017, no sólo es un ejemplo de la amarga coincidencia entre las fechas, sino un punto de reflexión para valorar y reconocer qué diferencias existen. Aquel día no había alarma sísmica ni tecnología para detectar con una cámara termodinámica la temperatura de los cuerpos atrapados en los edificios colapsados. No había cultura de prevención. Ni reglamentos estrictos para la construcción de edificios. Los hospitales alcanzaron su máxima capacidad. Heridos en los pasillos, listas enormes de personas desaparecidas. Hoy, una vez más, la solidaridad es el mayor ejemplo de la ciudadanía. Los rumores y desinformación proliferaron entonces y ahora. El radio era la fuente de noticias. Televisa perdió su señal y una parte de sus instalaciones se derrumbó en Chapultepec. No había internet, menos aún redes sociales. La intervención de gobierno fue un caos. El Presidente no podía dar un mensaje desde Los Pinos. No había testimonios confiables de la desgracia. La magnitud del desastre rebasó por completo la capacidad de acción de todas las autoridades. No había pluralismo político en la ciudad. La sociedad organizada se inventó en las horas largas, de los días y las noches, durante las tareas de remover escombros y rescatar vidas.
Con total ignorancia de lo que había pasado, salí de mi casa. Primero visité a unos amigos de mi padre en Coyoacán. Por la falta de energía eléctrica, no tenían noticias. La información era vaga, confusa: “algunos edificios se derrumbaron en colonias del centro. Convencido de que no era grave, tomé un camión en Insurgentes, pero al llegar a Viaducto habían cerrado el paso. Caminé rumbo al hospital. La primera impresión que recuerdo fue un edificio alto con vidrios rotos.
Al llegar a la colonia Roma, me asaltó la tragedia. Lo primero que vi: un edificio inclinado, enterrado. La ventana del primer piso al borde de la banqueta. La puerta desapareció bajo tierra. Mi temor creció, comencé a correr por Durango. No distinguí nada más a mí alrededor. Corría sin aliento para encontrar a mi padre. Al entrar a la recepción, vacía. ¿Dónde le había tocado el temblor? En la sala de espera no estaba. Cuando iba a volver a la calle a buscarlo, uno de sus mejores amigos, Santiago, cruzó la puerta del hospital.
Seguro, tu padre está cerca. Vamos a comer algo.
Nadie entendía la magnitud del desastre. Olor a gas por todas partes, letreros de no encender cerillos. No fumar. No había luz. Caminamos juntos hasta Cuauhtémoc. El edificio de la Secretaria de Comercio colapsado.
Al día siguiente hubo una réplica. Mi abuelo fue evacuado. Tuvimos que ir a buscarlo por los distintos hospitales que estaban saturados. En el 20 de noviembre, no pudimos pasar. Nos recibieron con una lista interminable de desaparecidos y heridos. Cuando llegamos al hospital Humana, nos informaron que mi abuelo había llegado ahí, muerto. Acompañé a mi padre a reconocer el cuerpo en el forense de la delegación.

 

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