Derrumbe de los partidos - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 23 de Septiembre, 2017
Derrumbe de los partidos | La Crónica de Hoy

Derrumbe de los partidos

Aurelio Ramos Méndez

Sin menoscabo de la tragedia humanitaria que atraviesa el país, producto de los devastadores terremotos, no resulta inapropiado ni impertinente decir que en el mundo de la política los partidos se cuentan entre los damnificados. O, peor aún, entre las víctimas fatales.

Menos aún resulta descabellado advertir que la notable solidaridad y el estoicismo de la sociedad, y su capacidad para sobreponerse por sí sola a la adversidad, son señales de que la población nada tiene de anodina y sí mucho de participativa; pero, a su manera y en asuntos que realmente le interesan.

Frente a tan patentes evidencias, vale reflexionar sobre el impacto que esta nueva realidad tendrá en los comicios presidenciales de 2018. Y, por consecuencia, en la gobernabilidad que emergerá de los mismos y el futuro de nuestra democracia.

No se necesita ser sociólogo y ni siquiera muy perspicaz para percibir que la gente ya está decidida a sepultar los partidos y explorar formas de organización, participación y reivindicación de la política, distintas de la muy cacareada y decepcionante democracia representativa.

Tampoco se requiere bola de cristal para prever que el descontento social con los institutos políticos puede desbrozarles el camino a caudillos, gobernantes autoritarios o dirigentes abiertamente contrarios al estado de cosas existente.

La tragedia sísmica pilló a los partidos en medio del escándalo por el desmesurado monto de su financiamiento, y en general de los gastos electorales del país, que en 2018 podrían ascender a ¡25 mil millones de pesos!

El primer remezón, magnitud 8.2, el 7 de septiembre, tomó a las cúpulas partidistas instaladas en la ensoberbecida y teórica suposición de que son algo así como la savia de la democracia, y por lo mismo, imprescindibles.

Con su imagen en el punto más bajo de aceptación popular, en franca crisis o de plano en decadencia, los partidos, sin embargo, quedaron sepultados entre los escombros de la segunda sacudida, magnitud 7.1, el cabalístico 19 de septiembre.

Para entonces ya estaba clara la total insolidaridad de las dirigencias políticas y las autoridades electorales frente a las desgracias de la población. Por lo mismo, su desprestigio —no podía ser de otra manera— se tornó total.

Inconmovibles ante la devastación causada por el movimiento telúrico en Oaxaca y Chiapas, los dirigentes de las formaciones más importantes intentaron atravesarse como burros muertos, junto con los consejeros del INE, en el camino de la solidaridad —populista y electorera pero solidaridad al fin— trazado por Andrés Manuel López Obrador.

El líder de Morena había adelantado que su partido podría donar 20 por ciento de su asignación para gastos de campaña, unos 41 millones de pesos.

No terminaba aún de hacer su ofrecimiento el tabasqueño cuando, con sus respectivas claques, Ricardo Anaya, Enrique Ochoa y Alejandra Barrales, más los consejeros Benito Nacif, Marco Antonio Baños y varios más, reaccionaron con la inverosímil leguleyada de que tal donativo sería ilegal.

Es opinable la pretendida ilegalidad de la medida; se necesita ser un juez frío y legalista para impedir la renuncia a una prerrogativa y su canalización a fines humanitarios, así sea una estratagema electorera. Discusiones aparte, lo único claro, eso sí, era que se trataba de una patraña.

El Peje pretendió posar de filántropo y fingir desinterés electoral, cuando, en realidad, su intención consistía en captar votos. ¿Quién con un dedo de frente podría creer que un damnificado votaría por alguien distinto de su benefactor?

En lugar de acusar la inmoralidad de utilizar a las víctimas del terremoto para disfrazar una intención electorera, y desenmascarar las pretensiones de AMLO, sus adversarios, en una genuina acción concertada, se atrincheraron en la supuesta ilegalidad. Y reaccionaron como si de donar sus riñones se tratase.

Asomó la oreja el burro. Quedó claro que para los líderes de los partidos y los consejeros del INE el lema que mejor describiría su noción de la solidaridad podría proclamar: “Primero muertos que desprendernos de un centavo para los necesitados”.

No contaban esos dirigentes con que la caprichosa naturaleza golpearía el país con un segundo sacudón. Ni advirtieron la presencia de una sociedad viva, fraterna, compasiva, distante del establecimiento; pero participativa en asuntos de su real interés. Tarde y a otro precio descubrieron a esa sociedad.

El sismo dejó ver a centenares de miles de mexicanos volcados en la ayuda a compatriotas en desgracia, motivados por líderes limpios, frescos y espontáneos, lejanos años luz de los acartonados dirigentes del PAN, PRI y PRD, olorosos a naftalina.

Para descrédito de la izquierda toda, la admirable muestra de movilización se dio en una ciudad gobernada por esta corriente desde hace dos décadas. Largo periodo durante el cual no se ha logrado diseñar una urbe distinta —pensada para la gente y con servicios públicos funcionales— de la que hubieran podido configurar el PRI o el PAN.

En esta urbe, inviable por donde se mire, con servicios al borde del colapso y donde la inclusión social es una patraña —los ricos van por su lado y los pobres por el suyo, sin cruzarse jamás— la tragedia operó tristemente como indeseable ocasión de entreveramiento social.

Entre los montones de escombros fue posible, por fin, ver al joven rico y aun al junior sudando al lado de muchachos de estratos marginales, unidos todos por el deseo de ayudar a mexicanos en desgracia.

En este ambiente de unidad y compañerismo era previsible —tal como ocurrió— que cundiría en las redes, suscrita por millones, la exigencia de arrebatarles a los partidos el dinero que claramente no estaban dispuestos a dar.

Ochoa Reza, Anaya y otros dirigentes propusieron entonces, a regañadientes, una tijereteada a su fabulosa talega. Y Lorenzo Córdova salió con la bobería de que siempre sí existe manera jurídica de transferir dinero de los partidos a los damnificados.

La insolidaridad, empero, ya estaba demostrada y el desprestigio de los partidos y las autoridades electorales llegó a nivel del piso.

Antes de esta prueba palmaria de ausencia de consideración en momentos difíciles, los partidos ya afrontaban agudo rechazo producto de sus escándalos de corrupción y voracidad económica. Necesitaban apenas una leve sacudida para derrumbarse. Ocurrió el martes 19.

aureramos@cronica.com.mx

 

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