Vida de Cuauhtémoc Cárdenas (VI) - Edgardo Bermejo Mora | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 23 de Septiembre, 2017
 Vida de Cuauhtémoc Cárdenas (VI) | La Crónica de Hoy

Vida de Cuauhtémoc Cárdenas (VI)

Edgardo Bermejo Mora

En sus años universitarios y al término de su licenciatura, el temperamento político del joven Cuauhtémoc Cárdenas se forja al calor de todo lo que su padre expresidente representa. En estos años de aprendizaje la tarea que mejor ensaya es la de la observación. No milita, no pregona, no confabula y tampoco escribe. Ese ejercicio cotidiano de la reflexión escrita estaba reservado para el padre y sus Apuntes, que se publicarían hasta después de muerto.

El General acostumbraba romper muchos de sus manuscritos. Cuando Amalia, su mujer, le preguntó por qué lo hacía, le respondió: “Es que no le quiero dejar estas preocupaciones a Cuauhtémoc”.  Presentía entonces Lázaro Cárdenas que su hijo habría de continuar la empresa que consideraba redentora, pero al mismo tiempo deseaba para él un camino más terso, liberado de las presiones, las disyuntivas y los dilemas internos que le inquietaron por muchos años: La ruptura con un sistema que en su entender había traicionado los principios de la Revolución Mexicana, o la tarea de reformarlo desde adentro, de recuperar la legitimidad extraviada del Estado.

En los años del milagro mexicano, Cuauhtémoc se forma como ingeniero civil al amparo de la UNAM, que vivía también años de bonanza. En 1954,  para el cuarto año de su licenciatura, tiene la oportunidad de mudarse a los dormitorios de la Ciudad Universitaria, recién inaugurada pero declina a esta posibilidad.

Cuauhtémoc se recuerda en ese tiempo como un alumno estudioso, pero no matado. No fuma, no se aprovecha de su estatus ni practica a pierna suelta el donjuanismo de los juniors más cotizados de la época. Es, para decirlo de algún modo, un joven discreto, educado en la mística del poder, pero también en la ética republicana del deber. Recibe cátedra de dos símbolos universitarios: el futuro rector Javier Barros Sierra, y un severo profesor e inventor mexicano que habrá de aparecer en distintas ocasiones de su vida jugando un papel de gran importancia: Heberto Castillo.

Sólo entonces la trama de su vida empieza por primera vez a tomar una dirección propia. 1954 es también el año del golpe de Estado en Guatemala, que derrocó al presidente nacionalista Jacobo Arbens. Este hecho marcará la primera participación política del joven Cárdenas. Lo hará, además, en una forma sintomática al peso natural de su apellido: con tan sólo veinte años, un grupo notable  de estudiantes, entre ellos Vicente Leñero, Sergio Pitol, Leonel Durán y Rodolfo Stavenhagen, le nombran presidente del comité universitario de solidaridad con Guatemala. No será la primera vez que reciba esta clase de nombramientos honoríficos. Cuauhtémoc Cárdenas ha sido a lo largo de su vida presidente de diversos organismos, fideicomisos, patronatos y asociaciones, menos del país.

A principios de 1957, a los 23 años, Cárdenas se titula como ingeniero y se convierte en pieza clave en el nacimiento de una pequeña empresa de construcción conformada por jóvenes recién egresados. Como es de suponerse, él es quien mejor puede abrir brecha para la obtención de contratos. Sin embargo, al poco tiempo renuncia al grupo y a finales del año viaja al extranjero.

La ruta tradicional en el entrenamiento de un futuro estadista indicaría estudiar un postgrado en alguna universidad europea, pero contrario a ello, Cuauhtémoc prefiere una gira de capacitación técnica en la cual visita diversas obras de los Ministerios de Reconstrucción en Francia y en Italia, así como las plantas siderúrgicas de Alemania.

Son dos años y medio de formación intensa, pero no en las aulas ni en las bibliotecas, sino entre puentes, presas, restiradores y proyectos macro de inversión pública en la Europa pujante de la postguerra. Nuevamente es la figura del Estado, ese gran constructor, lo que más llama la atención del joven ingeniero que al mismo tiempo recibe un apoyo económico de la Presidencia de la República, otorgado por instrucciones de Adolfo Ruiz Cortines.

Se confirma entonces su proyecto vocacional: la ingeniería al servicio del Estado, la técnica como herramienta para el desarrollo y en todo caso la política como antesala ineludible para la consecución de lo primero.

Hacia el final de su estancia en Europa convence al general Cárdenas de que lo alcance para emprender juntos una gira internacional menos turística que diplomática. Si bien no tuvo el trato de discípulo con los grandes profesores universitarios del momento, pudo conocer en cambio a las figuras estelares de la órbita comunista.

Los países elegidos para aquella visita no dejan lugar a dudas: Polonia, Checoslovaquia, la Unión Soviética y China, en todos ellos Lázaro Cárdenas es recibido en calidad de héroe del proletariado internacional. Inauguran escuelas que llevan su nombre, recibe condecoraciones, le preparan veladas en su honor y se entrevista con los principales mandarines de las burocracias en el poder. De todos aquellos encuentros, Cuauhtémoc Cárdenas recordará especialmente el día que acompañó a su padre para conversar con Mao Tse Tung. Lo encontró, como recordaría años más tarde, apacible, austero y circunspecto.

En sus “Apuntes” del 16 de enero de 1959 el general Cárdenas recuerda el episodio del viaje a China:

“A las 9:30 horas nos encontramos en el puerto aéreo para salir hacia Moscú, en el viaje que hacemos con destino a Pekín, China. Venimos con Cuauhtémoc, el licenciado Alejandro Carillo (Marcor) y el ingeniero César Buenrostro. Amalia estuvo serena ante la despedida del hijo que constituye gran parte de su vida.

Ella prefirió que hiciera conmigo el viaje por Asia y no que la acompañara a ella en su regreso por el Atlántico. Cuauhtémoc tenía también interés en este viaje, que despertaba nuestro interés por lo que se hablaba de China. Habíamos venido a Europa para encontrarlo para regresar juntos a México y el hecho de volver por diferentes rutas y el tiempo tan inseguro para hacer los vuelos normalmente. Sin embargo, superó en ella la idea de que debíamos cumplir con el compromiso moral de visitar China, y se quedó inmutable al separarnos”.

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