El sismo y la soledad del político - Francisco Báez Rodríguez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 26 de Septiembre, 2017
El sismo y la soledad del político | La Crónica de Hoy

El sismo y la soledad del político

Francisco Báez Rodríguez

En la última semana, se han agolpado todo tipo de experiencias. Ni nosotros ni la ciudad, ni el país seremos los mismos. Lo que todavía no sabemos es qué tan diferentes, y si de verdad seremos mejores.

El desastre compartido ha sacado lo mejor de muchos mexicanos, y esa entrega solidaria ha tenido un premio intangible. Después de muchos años de autoescarnio, de manera generalizada volvemos a sentirnos orgullosos de ser mexicanos. Nos hemos dado cuenta de que somos más los buenos, los dedicados, los altruistas, los que pensamos en la colectividad. De que podemos cumplir con nuestro deber humano cuando éste nos llama. “Nuestra fuerza”, la ha definido en estas páginas el amigo Raúl Trejo.

Esa fuerza es algo que más nos vale no olvidar.

Es imposible, para quienes vivimos ambos terremotos —naturales y sociales— no hacer comparaciones con 1985. Semejanzas y diferencias. La semejanza principal todos la han dicho: la salida masiva y espontánea de rescatistas. El pueblo volcado para salvar al prójimo. La demostración de que los únicos que de verdad son heroicos son los pueblos.

En ambos casos, los jóvenes —esos que nadie convocó, pero ahí estuvieron— rebasaron a las autoridades. Hay, sin embargo, varias diferencias a señalar: en 1985 las autoridades cayeron en un pasmo absoluto; su consigna, que nadie obedeció, era que cada quien se quedara en casa; la descoordinación entre la sociedad civil y las Fuerzas Armadas era total, y prácticamente nadie tenía idea de qué hacer. Comparativamente, el proceso fue muchísimo más caótico.

Parte del hecho de que ahora hubiera habido más orden se debe a las redes sociales. Ayudaron a asignar prioridades, a no desperdiciar tantas fuerzas, a movilizar y concientizar, a permitir que la sociedad civil se uniera de una manera más eficaz.

También los gobernantes aprendieron algunas lecciones básicas. Esta vez no hubo el pasmo de hace 32 años; soldados, marinos y policías federales actuaron brazo con brazo con la población movilizada —no sin algunos, inevitables, roces— y lo hicieron con una capacitación infinitamente superior a la de hace tres décadas. Así lo ha reconocido la gran mayoría de la gente (salvo aquellas redes y publicaciones que, en vez de informar, repiten hasta la saciedad paparruchadas y consignas maniqueas).

La salida de las figuras políticas al terreno de los hechos, si bien fue a tiempo, también se quedó corta. La razón es clara: su impopularidad se los impide. Y no importa el partido político: igual corren al priista secretario de Gobernación que al morenista delegado en Xochimilco. Y todo político que ha hecho acto de presencia ha sido acusado de intentar hacer proselitismo. De ahí que el Presidente haya decidido mejor visitar zonas afectadas de provincia, donde no es mal recibido, y limitarse a un hospital en la capital.

Si de todos modos iban a quedar como el cohetero, los Ejecutivos al menos realizaron las tareas de coordinación mínimas que requería su responsabilidad. También en eso hay diferencias respecto a 85. En donde no las hay es en su pérdida de popularidad, ni en la percepción social de lejanía entre la clase política y el ciudadano de a pie.

Se ha dicho hasta el cansancio que la movilización del sismo del 85 acabó con el dominio del PRI sobre el DF. Los capitalinos vieron hasta dónde podían llegar, y se asumieron diferentes de sus gobernantes. Se piensa ahora en un terremoto político de similar magnitud. Y, si bien se puede predecir que habrá una sacudida, no tenemos idea todavía de la magnitud del fenómeno telúrico-político.

Quien está hoy en la picota no es el PRI, sino toda la clase política, sin excepción alguna. Todos los partidos se han visto rebasados (en parte, porque ya no son partidos que organicen a la población, sino meros vehículos electorales). Y las respuestas que han dado ante la exigencia popular hablan, por encima de cualquier otra cosa, de desesperación al sentir que la gente se aleja de ellos. También hablan de que no son capaces de dejar atrás sus mañas.

En estos días hubo una competencia un tanto absurda sobre quién “donaba” un mayor porcentaje de sus prerrogativas (de nuestros impuestos) a los damnificados. Del 20 por ciento original, propuesto por AMLO (y la propuesta era una entrega directa, que es como comprar el voto), se pasó, en una puja a la inversa, al 100 por ciento de los recursos; es decir, a poner fin al financiamiento público a los partidos.

En la tragedia les quedó claro —como le había quedado claro a la población desde hace mucho tiempo— que su presupuesto era excesivo. Pero creyeron que nadie caería en el garlito de que la carrera a la baja era parte de su campaña (y es que no saben hacer otra cosa).

Reasignar a la emergencia un alto porcentaje de los recursos que estaban etiquetados para las campañas es útil, social y moralmente; depender sólo del dinero privado para los partidos, un error que propiciaría desviación de recursos públicos, dinero negro y una mayor sumisión de los partidos a intereses particulares. El extremo al que se ha llegado es hasta contraproducente.

Otra incógnita es si lo sucedido en la Ciudad de México tiene réplicas en otras zonas del país afectadas por el sismo. A primera vista no parece así. En Morelos se desató de inmediato una guerra sucia entre el gobernador y sus malquerientes. En Oaxaca y Chiapas sigue primando la lógica de la entrega clientelar, al grado que en algunos municipios oaxaqueños el Ejército tuvo que hacerse cargo directamente de la ayuda, porque los presidentes municipales nada más estorbaban. Y en el resto del país, todo depende de cómo se haya movido realmente el flujo de información.

La emergencia ha creado la posibilidad de revitalizar la política en el país. La sociedad no debe perder su protagonismo. Surgirán nuevos liderazgos, y los partidos tendrán que transformarse en serio (y no la pantomima que hemos vivido, con diversos grados de cinismo). También ha creado la necesidad de revitalizar la economía nacional: no se trata de reconstruir, sino de construir de manera diferente, reconociendo las necesidades reales de la población. Finalmente, ha creado la necesidad de revitalizar las relaciones sociales: hemos demostrado que podemos ser solidarios, y sabemos que eso es posible más allá de la coyuntura.

Si es así, efectivamente seremos mejores. Si recaemos en la demagogia, la división partidista a todo lo que da, el ojo cerrado ante la corrupción, no habremos aprendido de la tragedia del 19 de septiembre, ni tomado la oportunidad por los pelos.

fabaez@gmail.com

www.panchobaez.blogspot.com

Twitter: @franciscobaezr

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