Del Instituto de Cardiología a la Antigua Escuela de Medicina - Consejo Consultivo de Ciencias | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Miércoles 27 de Septiembre, 2017
Del Instituto de Cardiología a la Antigua Escuela de Medicina | La Crónica de Hoy

Del Instituto de Cardiología a la Antigua Escuela de Medicina

Consejo Consultivo de Ciencias

Dr. Gerardo Gamba

No sé si la jerarquía con que tomábamos decisiones hace algunas décadas era mejor que ahora, pero ciertamente era más romántica. La decisión de casarse o de tener un hijo estaba por encima de cualquier otra y no te detenías a pensar en las consecuencias que eso le haría a tu, de por sí, precaria economía. Te dabas cuenta, por supuesto, cuando ya no había vuelta atrás, pero la vida en pareja o las sonrisas del pequeño eran suficientes para que te sintieras satisfecho. Así, cuando era estudiante de Medicina se me apareció un ángel que se cayó del cielo y se me metió en la cabeza la idea de casarme con ella al terminar el cuarto año, justo antes de iniciar el internado de pregrado. A 35 años de distancia puedo decir que la decisión fue acertada. Dos hijos, un matrimonio estable y varias décadas de reírnos juntos los cuatro.

Para casarse había que conseguir algunos recursos y qué mejor que trabajar como enfermero en el Instituto Nacional de Cardiología Ignacio Chávez. En ese entonces el Instituto abría sus puertas a estudiantes de Medicina que quisieran trabajar como enfermeros, particularmente en los turnos de la noche. Además de que ofrecía buena remuneración, lo veíamos como una oportunidad excelente para practicar la medicina. Así fue como ingresé al Instituto en el que trabajé por espacio de un año con guardias los martes, viernes y domingos, en el piso dedicado a los enfermos renales. Fue una experiencia inolvidable. Los viernes era el día del trasplante renal. Durante la noche me tocaba cuidar al paciente que había sido sometido a este procedimiento. Como el enfermo había estado mucho tiempo sin función renal, sustituida parcialmente por la diálisis, al momento de ponerle un nuevo riñón desarrollaba una profusa diuresis que me obligaba a cuantificar la orina cada hora y reponer el volumen en forma adecuada por vía intravenosa, para evitar una posible deshidratación. Al mismo tiempo, varios de los enfermos internados en las otras camas estaban bajo tratamiento con diálisis peritoneal, por lo que en el transcurso de la guardia debía de hacer los cambios necesarios del líquido de diálisis peritoneal. Salía de la guardia cansado pero con la satisfacción de haber contribuido.

Durante el día había que asistir a las clases de pregrado en la clínica que hubiera escogido para cada materia. Psiquiatría en el Instituto Nacional de Neurología, ginecobstetricia en el Hospital de los Venados del IMSS o infectología en el desaparecido Hospital de Pediatría del Centro Médico Nacional, por mencionar algunos. La que recuerdo con más emoción es la materia de Historia y Filosofía de la Medicina, cuya clase tuvimos la fortuna de tomar en el Palacio de la Antigua Escuela de Medicina, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Era la oportunidad de poder sentirte Palinuro, el personaje principal de la novela de Fernando del Paso. Era tomar una clase en un recinto casi sagrado por cuyas aulas habían pasado los grandes maestros de la Medicina, incluyendo a Ignacio Chávez o Salvador Zubirán, que dieron sus nombres a los Institutos que tanto admiraba como estudiante y lo sigo haciendo como maestro.

La clase era los sábados por la mañana. Así que, además del trasplante renal, la guardia del viernes me gustaba en particular porque al salir, hacía el recorrido del Instituto de Cardiología al Palacio de la Escuela de Medicina. Salía de la guardia a las 8 de la mañana y viajaba por la avenida Tlalpan hasta San Antonio Abad. El sol naciente me acompañaba del lado derecho durante el camino mientras escuchaba la sinfonía que en el momento me tenía embelesado. Cuando entraba a la avenida 20 de Noviembre empezaba la magia. En una ciudad en la que no existían ambulantes podías admirar todos y cada uno de los edificios del Centro de la Ciudad. Entrabas a 20 de Noviembre y veías imponente, ahí en el fondo, la Catedral Metropolitana, con aquella gigante bandera nacional en el centro de la plancha del Zócalo. Al doblar a la derecha al final de 20 de Noviembre tenías al fondo a la Suprema Corte de Justicia, seguida del Palacio Nacional y luego la Catedral. Del otro lado, el edificio de gobierno y el gran Hotel de la Ciudad de México. Al doblar la Catedral entrabas al final del recorrido por la calle de República de Brasil y tres cuadras después estabas en la plaza de Santo Domingo, en donde podías admirar la Secretaría de Salud Pública de un lado, el Templo de Santo Domingo del otro y en medio, el Palacio de la Antigua Escuela de Medicina.

Por si el paseo no había sido suficiente, cruzabas la gran puerta de madera del recinto universitario y te transportabas a otra época. La veías casi como en blanco y negro. Podías sentir a todas esas almas que pasaron por ahí recibiendo primero y contribuyendo después a la grandeza de nuestra Facultad de Medicina. Subías la escalinata principal en la que te detenías unos segundos para admirar de nuevo la espléndida estatua de San Lucas. Pasabas por los antiguos salones con la emoción de pensar en todos los que estuvieron sentados ahí alguna vez. Pensabas: ¿aquí se habrá sentado el maestro Zubirán? La historia de la Medicina de Pedro Laín Entralgo era una referencia obligada. Qué encantadora sensación te daba saber que estabas sentado aprendiendo la fascinante historia de tu profesión en el mismo sitio en el que se escribió la historia de la misma en México, durante tantos años.

 

* Director de Investigación, Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán y Unidad de Fisiología Molecular, Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM.

Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

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