Soy uno, soy todos - Voces de la UAM | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Miércoles 27 de Septiembre, 2017
Soy uno, soy todos | La Crónica de Hoy

Soy uno, soy todos

Voces de la UAM

Angélica Bautista López*

 

 

Cuando las circunstancias de la vida se tornan difíciles se aprecian con mayor claridad los esfuerzos que, sin la obtención directa de una ganancia pecuniaria, realizan algunas personas anónimas. ¿Cuál es la forma del altruismo?,¿qué lleva a unos a aprestarse al auxilio de otros? Generalmente acciones de ayuda desinteresada son vistas con sospecha ¿qué quiere de mí?, ¿por qué me ayuda?, ¿qué busca? Más la necesidad, cuando es imperiosa obliga. Se acepta el auxilio. Se reconoce lo recibido. Y en la conciencia de haber sido tocado por el bien no esperado, se establece un compromiso. Mañana, en una mejor circunstancia, haré lo mismo.

La cadena de expresiones generosas es en realidad la forma del agradecimiento. El que auxilia está convencido de que debe y está dispuesto a pagar, en cualquiera lo que antes recibió. Pero no sólo eso. Hay circunstancias en las que la mera idea de que, sin importar la buena fortuna de hoy, en un dos por tres, se pueda estar en la situación del necesitado, lleva a anticipar el agradecimiento posible: Hoy por ti que eres yo, mañana por mí, que podrías ser tú

Un hermoso ejemplo de ello se encuentra en un espacio de desgracia compartida como el que nuestra Ciudad de México vive, por segunda ocasión y 32 años después, desde el 19 de septiembre del presente año. Es ampliamente conocido por los menores de 40 años lo vivido por esta ciudad en aquel fatídico evento, aunque no hayan participado de ello. Formando parte de esta historia, los jóvenes han escuchado las narraciones de los mayores. Los que habitamos la ciudad hoy, sin importar la edad, reconocemos que existió un fenómeno extraño y luminoso que acompañó la desgracia en aquel momento.

Sabemos también que el nombre con el que se le etiquetó es el de solidaridad. El nombre no importa, e incluso puede ocultar su esencia. En el primer momento lo ocurrido hace tantos años no tenía referente, ni nombre, ni posibilidad de ser analizado. Un impacto que alcanzó a todos, a los afectados directamente, aquellos cuyas vidas fueron segadas, mutiladas, alteradas. Y a aquellos que tuvieron la fortuna de no vivir en carne propia la desgracia. ¿Cómo no ver en ese otro en desgracia, una versión de uno mismo, si se comparten el mismo cielo y la misma tierra? La narración constante, ¿en dónde estabas?, ¿cómo lo viviste?, reiterando una y otra vez que ese otro en desgracia pude ser yo; hasta comprender finalmente que ese otro en desgracia soy yo. Se trata de un fenómeno que hizo emerger un nosotros que obligaba a la acción. Todos aquellos que lo vivimos, lo sufrimos. Y todos fuimos impelidos a la acción. Algunos la actuaron magníficamente, pero todos la vivieron. 

Nuevamente la tierra que habitamos nos arroja hacia ese nosotros que en la vida diaria parece estar anulado.  En el día a día, convencidos de los preceptos modernos de nuestra sociedad; esos que indican que el esfuerzo es individual para algún día ser alguien en la vida, vemos a los otros como distantes. Diariamente un pensamiento social moderno habita en los seres que luchan por sobrevivir. Desde ahí se teoriza que el altruismo es una forma de egoísmo. Que el auxilio, el apoyo que se puede ofrecer busca siempre una retribución. Y sí, es posible que estar ahí sea ganancioso para la vanagloria del que ayuda. ¿Cuántas veces se ha escuchado a alguien decir en aquel momento yo fui, yo hice, yo logré? Somos seres anclados en el presente y ese pensamiento social moderno nos ha tomado. Pero otro pensamiento social, de larga data coexiste en nosotros. Ese que no pasa por el raciocinio ni por la intención individual de la ganancia. Un pensamiento social pre-moderno que cuando nos toma es porque nuestra individualidad fue borrada. Ese nosotros es una masa llena de afectividad que nos arroja a la certeza original. Somos un grupo humano primero, antes y después de toda la materialidad de la era moderna. Somos un nosotros que siente y vibra, que sufre y sueña.

Es posible que después del primer momento, cuando entró a la conciencia que la ironía era real; que nuevamente nos ocurrió, la reacción de unos y otros, decenas, cientos, miles, haya respondido a la razón moderna. Como cuando ocurre un accidente y los ojos circundantes se alertan al constatar lo ocurrido. Desde ahí, el individuo moderno decide participar, porque sí, porque es curioso, porque puede. Es muy posible que la memoria colectiva y el pensamiento pre-moderno tomaran a esos miles cuando estaban aprestados ya al auxilio. Pero son estos elementos de nuestra realidad psico-colectiva, los que potencian y sostienen las largas jornadas, las negativas al descanso, las múltiples historias de sacrificio. En las horas posteriores al sismo, en algún momento, emergió con fuerza un nosotrosque parecía superado, que suponíamos olvidado. Un nosotros lleno de una sociabilidad cercana y familiarista. Es la familia la que sufre, pero no la de uno, o no necesariamente. ¡Los niños!, peroaunque no sean los niños de uno, definitivamente son los niños de todos. Sí, es la familia, pero ¿quiénes son los que conforman esa familia?, unos y otros se interrogan, ¿tú y tu gente están bien?, porque es un momento en el que todos nos sabemos parte de algo más grande que nuestras personas individuales. Entendemos que sólo si toda la gente querida está a salvo se está a salvo. Pero esa familia trasciende la propia, incluye a los cercanos, los amigos, los conocidos y abraza a todos, borrando las distancias.

Este nosotros que nos ha tomado está con los voluntarios y los rescatistas, pero no sólo con ellos. No solo los que ponen sus manos y su fuerza, participan de este fenómeno. Todos somos hoy ese nosotros. Compartimos el dolor, el duelo y ansiamos compartir la esperanza. Ahora reconocemos que no es lo mismo no tener nada, que haberlo perdido todo. En la pobreza no se tiene nada. Ahora ante la pérdida de lo mínimo para la vida, el techo, el hogar, la trinchera, sobrecoge la pequeñez de la vida material. Así, desde la adversidad reiterada se abre nuevamente para la ciudad una oportunidad de reconocer que lo que nos hace oriundos, no nos viene de haber nacido aquí, porque incluye a todos. Tampoco nos viene de estar aquí hoy, sino de ser parte de un todo que inició muchos, muchos años atrás.

 

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Profesora-investigadora del Departamento de Sociología de la Unidad Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana

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