Desastres naturales de septiembre son sólo el principio

César González Madruga

Derivado del sismo de 1985 surgió una forma de hacer política que aprisionó la democracia de la Ciudad de México ya que es cuando aparecen líderes como Rosario Robles, Dolores Padierna o René Bejarano quienes aprovecharon toda la indignación existente encabezando los insultos al gobierno del Regente Ramón Aguirre y el presidente Miguel de la Madrid. Los personajes en mención capitalizaron el sentimiento de enfado de la sociedad exigiendo que los recursos destinados para la reconstrucción y apoyo a los damnificados fueran conforme a las listas de organizaciones de las cuales eran las cabecillas.

El gobierno, orillado a responder a sus demandas, destinó predios, edificios y recursos a estas asociaciones (como “Nuevo Tenochtitlán” o “los panchitos”) en cuyas listas aparecían los nombres de las primas, sobrinas, tías, etc, de los líderes que ya ni siquiera eran damnificados del sismo y estos grupos, a su vez, serían algunas de las tribus que conformarían la estructura política y territorial del PRD. Posteriormente estas prácticas se convirtieron en la forma de hacer política en la CDMX y las primas y sobrinos pasarían a ser diputados, delegadas o funcionarios del gobierno capitalino y los que realmente eran damnificados se siguen reconstruyendo después de 32 años.

Hoy este mismo fenómeno vuelve a suceder ahora tras el sismo del 19 de septiembre del 2017, basta con revisar la cantidad de auto nombrados “líderes sociales” que están demandando que los recursos destinados por delegaciones y gobiernos local y federal sean canalizados por su conducto. O sirvan también de ejemplo los discursos pronunciados por la senadora Layda Sansores, que si bien muchas de sus consignas pueden ser ciertas, está aprovechando y sobreexaltando un sentimiento generalizado en la sociedad para sacar ventaja y “capitalizar” la tragedia. Si permitimos nuevamente estas prácticas como sociedad, sería evidente reflejo de que en 32 años no aprendimos nada y sería una autentica injusticia para quienes verdaderamente han sido damnificados.

Aunado a ello cabe destacar que los desastres naturales que vivimos este año son sólo el principio. Desde hace una década: científicos, académicos, ambientalistas y gente con sentido común advertían que si la humanidad no hacía cambios sustanciales en sus formas de producir, consumir y organizarse política, social y económicamente más armónicos con el medio ambiente, estaríamos enfrentando consecuencias de desastres naturales nunca antes vistos y más severos para países como México, que de acuerdo al más reciente estudio de la universidad de Notre Dame es uno de los países más vulnerables frente al cambio climático. Esos diez años ya transcurrieron y las secuelas de hacer caso omiso a los avisos los estamos viviendo hoy, por ejemplo, los tres huracanes que golpearon las costas mexicanas al mismo tiempo a inicios del mes.

Por ello es indispensable que la reconstrucción de México sea integral, de tal suerte que no se aúpe ninguna pared sin pensar; por ejemplo, en la educación que debe acompañar el proceso. Conformar en zonas de desastre auténticas biopolis que sean sustentable, con fundamentos firmes de educación que posibiliten pervivir el valor de la unidad comunitaria, centros de expresión artística de dignidad de Ser humano y con mecanismos de una autodeterminación soberana de gobernanza  centrada en la solidaridad. Tal como se han conjuntado los esfuerzos en comunidades del municipio de Juchitán en Oaxaca, de la mano del movimiento del Renacimiento Mexicano, donde es la propia comunidad la que está diseñando junto a expertos el nuevo modelo de vida que les permita transformarse y reconstruirse conforme a la forma que clama por ser alma social de un nuevo sistema más horizontal, sin liderazgos tribales y cimentada en la cohesión humana.

 

@CesarG_Madruga

Renacimiento Mexicano

Imprimir

Comentarios