Vida de Cuauhtémoc Cárdenas (VII)

Edgardo Bermejo Mora

En 1959, el joven ingeniero recién capacitado en Europa estaba de vuelta en el país y se puso a disposición del gobierno en el arranque del sexenio de Adolfo López Mateos. Tanto él como su padre se incorporan a uno de los proyectos de desarrollo regional más ambiciosos que se habían planteado hasta entonces: la Comisión del Río Balsas, elevada poco después a rango de dependencia federal. Su padre aceptó la vocalía ejecutiva del proyecto y Cuauhtémoc se puso al frente de un grupo interdisciplinario de estudios para el desarrollo de la región que abarcaba un perímetro enorme: parte de Jalisco, Michoacán, Tlaxcala, Guerrero, Oaxaca, Puebla y el Estado de México. En este grupo aparecen nombres a los que seguirá ligado por mucho tiempo más: César Buenrostro, Roberto Robles Garnica, Alfonso Vaca, Leonel Durán.

Con ellos recorre metro a metro esta zona del país, proyectan la construcción de escuelas, clínicas, carreteras, caminos y puentes para aprovechar el cauce del río. No es casual que treinta años después de aquella inmersión en el México profundo, Cuauhtémoc haya cosechado una gran cantidad de votos justamente en esa región.

La obra de Cuauhtémoc Cárdenas como ingeniero al servicio de proyectos de desarrollo regional abarca un periodo fructífero de 16 años. Es una etapa técnica, en la que sólo por breves periodos incursiona en actividades políticas no partidistas, salvo por una participación fugaz en la Central Campesina del PRI.

Entre 1959 y hasta 1975, se dedica principalmente a su profesión. Continúa en la Comisión del Balsas hasta 1961, y se reincorpora un año después. En ese tiempo preside la Sociedad Mexicana de Planificación, un grupo de profesionistas interesados en el desarrollo ordenado del país en donde participan, entre otros, el arquitecto Pedro Ramírez Vásquez, Guillermo Rosell y el futuro presidente José López Portillo.

En 1964 lo nombran ingeniero residente para la construcción de la presa La Villita en Michoacán. Una vez concluido el proyecto en 1969, debía ponerse en marcha una siderúrgica que aprovechara la energía eléctrica generada por la presa. Ese proyecto se concreta en Las Truchas, una empresa estatal en la que su padre figura como Presidente del Consejo de Administración. Cuauhtémoc trabaja para la empresa como subdirector y posteriormente como presidente de un fideicomiso para el desarrollo urbano de lo que será ciudad Lázaro Cárdenas. Ese proyecto se prolonga hasta 1974, y con él termina su incursión en la ingeniería.     

Antes, en 1966, tuvo un primer acercamiento orgánico al PRI cuando participa como presidente del Consejo Técnico de la Confederación Nacional Campesina. En julio de 1968 renuncia molesto al cargo por medio de un comunicado en la prensa en lo que constituye el primer antecedente público de una relación ríspida y compleja con su partido. Otro acercamiento decisivo con el poder y la política ocurre en 1970, cuando realiza un estudio sobre el desarrollo de los ríos en el sureste del país para la campaña presidencial de Luis Echeverría. Cuauhtémoc Cárdenas tenía entonces 36 años.

1970 es un año axial y trágico en su vida. Por una parte significa la llegada al poder de un grupo que promete rescatar de las ruinas y la marginación a la vieja izquierda nacionalista del PRI. El discurso tercermundista y estatista de Luis Echeverría parecía ajustarse con precisión a los postulados de los grupos progresistas pertenecientes o cercanos al partido en el poder.

No serán los cardenistas los únicos en prestar oídos al canto de la sirena de guayabera. Echeverría seduce por igual a muchos intelectuales que encuentran en el nuevo presidente una salida oportuna al autoritarismo atroz de Gustavo Díaz Ordaz. “Echeverría o el fascismo”, apuntaría Carlos Fuentes antes de aceptar la embajada de México en París.

Sin el clima político de apertura que se construyó en aquellos años, difícilmente Cárdenas hubiera pasado por alto aquel incidente de 1968 con los caciques de la CNC, ni se hubieran creado las condiciones para incursionar más adelante en el PRI sin riesgo a ser devorado por los grupos más conservadores del régimen.

Pero 1970 es también el año fatal de la muerte de su padre. A principios del año el General supo que tenía cáncer y que le quedaba poco tiempo de vida. Ocultó un tiempo la noticia, pero una pulmonía que lo sorprendió en mayo durante una gira por la sierra agreste de Oaxaca, precipitaron el anuncio de su enfermedad. El mismo pensó que había llegado su hora tumbado en un jacal del pueblo mixteco de Juxtlahuaca. Hasta ahí llegaron en avionetas su esposa, varios médicos, y su hija Alicia, según lo menciona él mismo en sus Apuntes.

Finalmente se repuso y vivió por espacio de cinco meses más. Hasta que el 19 de octubre, a los 75 años de edad, el país amaneció con la noticia de su muerte. Había construido los puentes necesarios para que el apellido Cárdenas ocupara un lugar simbólico en el imaginario nacional, y para que representara una opción política por sí misma en el tablero ideológico del último cuarto del siglo XX, con Cuauhtémoc como su único heredero. Al príncipe le llegaba su hora.

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