El suicidio de los partidos

Francisco Báez Rodríguez

De la interesante plática con José Woldenberg, acerca de su nuevo libro, Cartas a una Joven Desencantada con la Democracia, que hoy se presenta en estas páginas, hay una parte que me parece relevante, porque habla de una suerte de suicidio de actores fundamentales de la democracia mexicana. El suicidio de los partidos.

Me explico. Woldenberg hace hincapié en lo que considera los tres elementos fundamentales en la generación de desencanto y malestar social: la corrupción en el mundo político, la violencia desatada en varias zonas del país y el escaso crecimiento económico, en un contexto de desigualdad, que disminuye las expectativas a futuro de las nuevas generaciones. Pero no se queda ahí.

El analista incluye, en el libro y en la conversación, el tema de la actitud de los partidos, y la define de una manera muy clara: “creen que están en un juego de suma cero, y se dedican a descalificarse, en un juego donde todos pierden”.

Para decirlo con ejemplos simples, el PRI cree que pegándole al PAN, gana lo que el PAN pierde; Morena cree que pegándole al PRD, gana lo que el PRD pierde. Y viceversa, y todos contra todos.

El resultado de esa guerra continua de denuncias y descalificaciones es que la clase política entera queda desahuciada, que la política partidista (y sin partidos, no hay democracia) es vista con malos ojos por una proporción cada vez más grande de la población, que se abre la idea de que todos son iguales y que ninguno vale un centavo. Con ella, se abren el discurso maniqueo que enfrenta a ciudadanos buenos con políticos malos, y la brecha para que entre alguien a presentarse como expresión viva del “pueblo”, en contra de la política y de la pluralidad. Ahí es cuando, cito a Woldenberg, se tira el niño con el agua sucia.

La idea de “juego suma cero” entre los partidos parte de un preconcepto común entre sus dirigencias: no hay interés político, ni fuerza política válida fuera de ellos. Como durante años han cerrado el juego de las representaciones, poniendo barreras altas a la participación electoral, suponen que no hay nada más allá. En ese mundo encerrado, lo que hay es un total –porcentajes del electorado– que se divide, y nada más.

En otras palabras, los partidos se han enclaustrado y, al hacerlo, se han alejado todavía más de la sociedad que dicen representar. Es un círculo vicioso.

Una muestra clarísima del círculo vicioso ha sido la reacción partidaria ante el desastre natural y social que han dejado los sismos de septiembre. Lo que inició, aparentemente, como un reconocimiento de que es excesivo el financiamiento público que reciben para sus campañas, se convirtió, casi al instante, en una lucha entre ellos.

Primero jugaron a ver quién se bajaba más el porcentaje de recursos etiquetado para 2018; luego, quién daba o no daba lo que le sobra de 2017; más tarde, cada uno señaló al otro con dedo flamígero, acusándose de hipócritas, mentirosos, tramposos, clientelistas, demagogos, farsantes, populistas, chantajistas y engañabobos.

Y uno lee sus silogismos, da cuenta de sus epítetos, y les da razón. La danza de las promesas y las denuncias interesadas parece no tener fin. Todos pierden y, lo peor, no se dan cuenta: creen que le están ganando a los otros. Y esa danza se da en medio de una ola gigantesca de dolor y de solidaridad de parte de la sociedad civil. Más argumentos a favor de la dicotomía “ciudadanos impolutos/ políticos impresentables”.

Encima de todo eso, dentro del simulacro del baño de pureza, aparecieron dos iniciativas que atentan en contra del largo proceso de transición democrática que ha vivido el país a lo largo de las últimas décadas.

Una es la eliminación del financiamiento público a los partidos, presentada como ejemplo de austeridad. Tendría lógica si no supiéramos que las campañas serían entonces financiadas, no por “los ciudadanos” en abstracto (esa entelequia buena), sino por distintos grupos de poder, empresariales o delincuenciales, y por los gobiernos salientes, que buscarían tener un pago político a cambio del apoyo prestado. Parece que no hemos aprendido nada de la tragedia de Iguala.

Pensemos, si ya es un lío evitar que los partidos rebasen topes de campaña –lo que necesariamente implica que se usó dinero proveniente de otro lado–, qué trabajo titánico sería fiscalizar fondos privados para garantizar lo imposible: que no hay grupos de interés detrás de una candidatura.

La otra iniciativa es todavía peor: con el cuento de los ahorros –que son menos que mínimos respecto al presupuesto–, el PRI propone echar para atrás el reloj algo así como medio siglo y acabar con los diputados de lista plurinominal. Evidentemente se trata de una engañifa: en vez de ampliar la representación de la sociedad, se trata de reducirla; en vez de dar cuenta de la diversidad social, se busca regresar a las mayorías automáticas; en vez de promover la pluralidad, se quiere limitarla. Quiere hacer todo esto precisamente cuando ha habido una movilización y protagonismo de la sociedad. Dizque para ahorrar unos pesos que no pintan, y en realidad para echar hartos discursos sobre ese supuesto ahorro.

Lo bueno respecto a estas iniciativas es que no han prendido entre la gente como suponían los partidos. Todos quieren que el gasto electoral sea mucho menor y que los lujos y excesos de los representantes se limiten de manera drástica, pero muy pocos han comprado el paquete completo de la eliminación del financiamiento. Y menos, la ocurrencia retrógrada del líder nacional del tricolor.  

Lo malo es que se genera todavía más desencanto respecto a nuestra democracia, que es la única que tenemos. Son actitudes suicidas (pero ellos creen, en su ceguera, que están ganando puntitos en las encuestas).

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Twitter: @franciscobaez

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