“La división maniquea entre ciudadanos y políticos no abona a la democracia”: José Woldenberg | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 03 de Octubre, 2017

“La división maniquea entre ciudadanos y políticos no abona a la democracia”: José Woldenberg

José Woldenberg ◗ El ex consejero presidente del IFE charla con Crónica a propósito de la publicación de su libro Cartas a una joven desencantada con la democracia, en el que, entre otros aspectos, plantea que hay fuentes de malestar muy potentes, como la corrupción, la violencia y la falta de crecimiento económico, que propician desencanto, sobre todo entre los jóvenes

  • cronica.com.mx
  • cronica.com.mx

Para José Woldenberg, la división maniquea entre ciudadanos y políticos no abona a la democracia, “no hay democracia sin partidos, sin políticos, sin congresos y sin gobiernos”, por lo que es peligroso todo discurso que hable a nombre de los “ciudadanos impolutos”, porque parte en dos a las sociedades.

El profesor e investigador de la UNAM, ex consejero presidente del IFE, platica con Crónica acerca de su nuevo libro, Cartas a una joven desencantada con la democracia, publicado por la editorial Sexto Piso, en el que subraya los problemas principales de nuestra democracia —corrupción, violencia, falta de crecimiento económico—, pero expresa claramente su preocupación de “no tirar el niño con el agua sucia”, porque “sólo la democracia recrea la pluralidad de manera ordenada”.

Ésta es la conversación que sostuvimos:

Cartas a una joven desencantada con la democracia. El libro y su título tienen un porqué.

—Porque creo que sí hay un enorme desencanto con la democracia. Lo que el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo preveía, quizá está sucediendo ante nuestros ojos. El desencanto es mayor entre los jóvenes, no porque en los adultos no exista, pero quienes vivimos bajo el formato de la política del pasado apreciamos lo que a los jóvenes les parece una rutina instalada. Quienes vivimos la época del tapado, en la que se sabía quién ganaba las elecciones, en la que había un gobierno vertical de un solo partido, tenemos contra qué comparar.

—A quienes vivimos esa transición los jóvenes nos achacan cierta complacencia con la democracia actual.

—Hablar de una generación como si todos tuviéramos los mismos reflejos y la misma evaluación es exagerado. Lo que intento que hacer es no decir que estamos en jauja. La preocupación es no tirar al niño con el agua sucia. Hay fuentes para el malestar muy potentes, como la corrupción, la violencia, la falta de crecimiento económico. La cuestión es resolver los nutrientes del desencanto en un formato democrático, y no en uno autoritario.

En el libro señalas que este desencanto también se ha convertido en un pleito con la política. Ciudadanos por un lado; políticos, por el otro. ¿Qué peligros ves en eso?

—Es un fenómeno que recorre el mundo, no es exclusivo de México. Es la generación de un discurso que parte en dos a la sociedad: de un lado los ciudadanos como fuente de todas las virtudes, y del otro, los políticos como manantial de todos los males. Y por supuesto, quien habla lo hace a nombre de esos ciudadanos impolutos.

Es el leit-motiv del discurso de Donald Trump, él se presentaba como expresión viva de los ciudadanos en contra de Washington y su perversidad. Veamos cuántos mexicanos repiten el discurso de Trump cambiando “Washington” por “partidos”, “políticos”, “congresos”, gobiernos”. Lo hacen prácticamente a pie juntillas. Son discursos que no prevén nada bueno: no hay democracia sin partidos, sin políticos, sin congresos y sin gobiernos.

—Afirmas en el libro que la lógica de políticos contra ciudadanos genera exclusión.

—Efectivamente. La democracia parte de un principio fundamental: las sociedades no son monolitos; en ellas palpitan intereses, ideologías, sensibilidades y puntos de vista diversos y encontrados. La democracia recrea la pluralidad de una manera ordenada, porque entiende la pluralidad como riqueza.

Los discursos autoritarios, dictatoriales y teocráticos parten del principio contrario: de que en las sociedades hay un solo interés, un solo filtro, una manera de ser nacional. Por eso, todo aquel que no se comporte como dicten los intérpretes de ese bloque, puede ser perseguido, excluido y hasta aniquilado.

¿Ves ese peligro para México?

—No. Hasta donde alcanzo a ver, las fuerzas políticas, las expresiones periodísticas, las corrientes de académicas, los grupos de interés, han ido comprendiendo que México no cabe bajo el manto de una sola ideología o una sola organización. Estamos condenados, creo que en buena hora, a vivir en la pluralidad.

En las próximas elecciones, no sé quién vaya a ocupar la Presidencia, pero casi estoy seguro que en el Congreso vamos a volver a vivir la situación en la que ninguna fuerza política tenga mayoría en ninguna de las dos cámaras, y también habrá diferentes partidos en las gubernaturas y en las presidencias municipales.

A lo mejor alguien piensa que es posible reconstruir unanimidades, pero no hay condiciones para ello. Basta viajar por el país. Quien conoce el país sabe que México es una nación diversa en materia política e ideológica y eso es lo que hace casi inescapable el formato democrático. Subrayo lo de “casi”.

¿No hay otros peligros para la democracia?

—Los hay, pero no en su mecánica misma. La corrupción que queda impune es una inyección de desencanto; la violencia que deja su cauda de muertos y zonas del país donde es muy difícil vivir es otra gran fuente de zozobra, que alcanza incluso a quienes no han sido tocados por la violencia; un crecimiento económico insuficiente que no genera un horizonte a los jóvenes que buscan un futuro a través del empleo formal es otra fuente de irritación.

En el libro hablo de otros asuntos tal vez no tan dramáticos: el comportamiento de los partidos, que creen que están en un juego de suma cero, y se dedican a descalificarse, en un juego donde todos pierden. Los medios recrean mal la vida política mexicana; tampoco ayudan a comprenderla cuando apuestan al escándalo y no a la didáctica, a explicar lo que está pasando. Sí hay mucho de qué preocuparse, porque estos fenómenos erosionan el aprecio por la democracia. Y eso es necesario para que sobreviva.

En el libro dedicas un capítulo a Carlos Pereyra. Quienes lo conocimos sabemos que fue un terco defensor de la democracia dentro de la izquierda. ¿Cuál es la parte más importante de su aporte?

—Considero que su mayor aporte fue la idea de que la izquierda debe hacer suyo el ideal  democrático. La necesidad que tiene la izquierda de pasar de la utilización retórica y el compromiso superficial con la democracia, a hacerla compromiso de largo plazo y parte integral de su ser.

Pereyra nos ayudó a pensar cómo la democracia era una construcción de carácter civilizatorio, que no era patrimonio de clase alguna. Que si uno impulsaba un proyecto socialista, éste no podía ser meramente el de la expropiación de la propiedad privada para hacerla estatal. Creo que Pereyra sigue siendo vigente, porque nos ayuda a pensar de mejor manera los retos de la convivencia social.

Imprimir