El referéndum catalán

José Fernández Santillán

El referéndum independentista llevado a cabo en Cataluña el pasado domingo 1 de octubre es una dura prueba para el Estado nacional español y la democracia que se instauró en ese país con la Constitución de 1978.

Aparte de que la Corte Constitucional española había declarado ilegal ese procedimiento (6/IX/2017), hay una serie de irregularidades que invalidan el referéndum al que convocó Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat: las dos leyes con base en las cuales el parlamento catalán avaló esa consulta son ilegales porque fueron votadas sin la mayoría de los dos tercios necesaria para la reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña y porque no fueron sometidas a información previa de las Consell de Garanties Estatutaries, la corte constitucional de Cataluña que controla la legalidad de las leyes aprobadas por la comunidad autónoma. Con todo y eso, Puigdemont sostiene que el referéndum es válido y que ganó el “sí”; o sea la opción separatista. Además, sostuvo que “en cuestión de días” hará la declaración de independencia.

El Rey Felipe VI, en un mensaje a la nación señaló que esa consulta independentista no tiene validez. Añadió que las autoridades que lo convocaron “han demostrado una deslealtad inadmisible hacia los poderes del Estado…Ha quebrantado los principios democráticos de todo Estado de derecho y socavado la armonía y la convivencia en la propia sociedad catalana…Hoy la sociedad catalana está fracturada y enfrentada…Esas autoridades, de manera clara y rotunda, se han situado al margen del derecho y de la democracia. Han pretendido quebrantar la unidad de España y la soberanía nacional.”

Tiene razón: la construcción de España como Estado nacional viene de lejos. Por lo menos, desde la expulsión de los moros en 1492, el mismo año en que se descubrió América. Ciertamente, hay muchas vicisitudes históricas que median entre aquellos tiempos y este; pero debemos citar por lo menos dos eventos que destacan la pertenencia de Cataluña a España: la invasión francesa en tiempos de Napoleón que fue enfrentada en común, y la guerra civil española (1936-1939) en la que tuvo una actuación destacada la resistencia catalana en defensa de la república y en contra de las fuerzas “del bando nacional” cabezadas por el General Francisco Franco (en realidad el líder del movimiento derechista fue José Antonio Primo de Rivera, jefe de la Falange, fusilado en 1936).

Con la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975 se inició la “transición a la democracia”: al frente del Estado español quedó el Rey Juan Carlos de Borbón. En ese proceso de cambio político jugó un papel fundamental Adolfo Suárez. En 1982 llegó al poder el PSOE encabezado por Felipe González; en 1996 se registró la alternancia con la llegada al poder de José María Aznar del Partido Popular.

La democracia española formó un sólido sistema de partidos y, se cimentó en la unidad nacional y la estructuración regional estipulada en el artículo 2: “La Constitución se fundamenta en la unidad de España y la solidaridad entre sus pueblos y reconoce el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran”.

¿Por qué, entonces, el afán separatista? Considero que con el gobierno de Jordi Pujol del partido Convergéncia i Unió (CiU) inició una política de entendimiento entre el poder central y el gobierno local; pero en esa época también se comenzó a fraguarse, socialmente, un sentimiento aislacionista. Se pensó que democracia era sinónimo de autodeterminación local. No proliferaron los valores de la democracia y el Estado español; se le dio más fuerza al sentimiento nacionalista en cuanto rechazo a la pertenencia a una comunidad política e histórica más amplia. Sobrevino el tribalismo.

Artur Mas Gavarró, del Partido Demócrata Europeo Catalán, como Presidente de la Generalitat, impulsó aún más el sentimiento separatista; pero fue condenado por desobediencia contra el Tribunal Constitucional y prevaricación (2016) por haber convocado a la consulta autonómica del 9 de noviembre de 2014.

Vino el “choque de trenes” entre dos políticos testarudos Carles Puigdemont y Mariano Rajoy. Sin duda, el actual Presidente del gobierno español no es propenso a entablar acuerdos sea con los líderes regionales sea con los líderes de los demás partidos. Pero también hay que tomar en consideración—cosa que no se ha puesto de relieve—el  posicionamiento del partido “Podemos”: se ha declarado en favor del “derecho a decidir”; o sea, se ha ubicado del lado del independentismo. 

Como partido populista “Podemos” quiere canalizar el nacionalismo catalán en provecho propio; romper el pacto social que sustenta el Estado de derecho y la democracia para sacar dividendos políticos. Los independentistas están utilizando métodos populistas como el amedrentamiento contra los disidentes; el hostigamiento, la marginación, las tácticas para que los oponentes no se pudiesen acercar a las urnas. Hay una intolerancia practicada por el separatismo que debe ser denunciada.

En el caso catalán separatismo y populismo caminan de la mano. Ante esa postura vale la pena recordar el dicho de Abraham Lincoln: “Una casa dividida en sí misma, no puede sostenerse en pie.” La defensa del Estado nacional y de la democracia, son inseparables.

Imprimir

Comentarios