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Blade Runner 2049: La visión de la miseria sofisticada

El canadiense Denis Villeneuve ofrece un filme que brilla como película de ciencia ficción, pero que decepciona como secuela del clásico filme de Ridley Scott

Tenemos que empezar por decir que Blade Runner, estrenada por Ridley Scott en 1982, es una obra maestra insuperable e inigualable. Aquella cinta retrofuturista es uno de los máximos triunfos de la ciencia ficción en el séptimo arte. Con una narrativa lírica magistral, con atmósferas angustiosas, sin violencia innecesaria, es una película que fue capaz de tocar fibras sensibles, e incluso conmover, en medio de la oscuridad, de sus escenarios contaminados y siniestros.

Es una cinta que deslumbraba por su aspecto, por su diseño de arte, que jugaba con luces de neón, en la cual Jordan Cronenweth nos regaló una fotografía impresionante en la que hizo maravillas con la iluminación; un filme con la música idónea de Vangelis y sobre todo por una historia apabullante sobre la deshumanización, sobre el deseo de vivir, sobre la miseria de la codicia, sobre la poética de la tragedia… Tan solo recordar el monólogo final de “Lágrimas en la lluvia”, con esa pincelada idílica de la paloma volando en un escenario que solo podría inspirar desamparo y sentirlo como algo hermosamente conmovedor, me enchina la piel.

Es estéticamente perfecta, precursora del cyber punk con un claro homenaje al cine noir y Metropolis de Fritz Lang, basada en la novela de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, pero con su propia personalidad. Podríamos no parar en elogios para ese filme que se convirtió en el mejor trabajo en la carrera de Harrison Ford. Es necesario recordarla para hablar de su secuela, porque uno de los grandes artífices de la grandeza de aquel filme es la idea de los replicantes.

Se trata de androides, que de acuerdo a la historia fueron creados por la poderosa Tyrell Corporation gracias a los avances de la ingeniería genética, los cuales son virtualmente idénticos a los seres humanos pero dotados de una fuerza y agilidad superior, incluso en sensibilidad como el caso de Rachael, por lo que son utilizados como esclavos de conquista fuera del mundo, al mismo tiempo que su vida operacional es de unos 4 años, que carecen de experiencia y de recuerdos de una vida humana normal.

Este fin de semana llega a las salas de cine la continuación de aquel prodigio, bajo el nombre de Blade Runner 2049. La expectativa no era mínima al tener al mismo Ridley Scott, como productor, así como a Hampton Fancher, guionista de la primera cinta, como coescritor de esta nueva entrega y a un Denis Villeneuve como director después de entregarnos películas indispensables del cine contemporáneo que van de lo desgarrador de La mujer que canta; a lo inquietante de Prisioneros, hasta lo ingenioso de La llegada.

Sin embargo el resultado de la cinta me recuerda un poco al mismo concepto de replicante desde un punto de vista engañoso: La cinta tiene aspiraciones de grandeza, tiene momentos importantes y busca ser algo diferente a su predecesora, pero no toma en cuenta mucho de lo que el viejo Blade Runner tenía para ser inmortal a su forma en la historia del cine, y lo que sí está destinada es a tener un momento de ciertos halagos pero no para superar los cuatro años de vida. Es una película hecha para no ser de culto, sino que ambiciona a cumplir todo lo que el clásico no fue.

La cinta supera en lo obvio a su predecesora, que es en el aspecto tecnológico, en los efectos visuales y en la exposición de la innovación, es más grande, densa y pretende ser más sensible, incluso podemos decir que se trata de una buena película de ciencia ficción de forma aislada, no obstante la realidad es que como secuela de Blade Runner es decepcionante. Es una película que trata de renovar la historia pero en sus intenciones le quita mucho de lo que hizo de Blade Runner un filme revolucionario.

La película transcurre 30 años después que en la primera cinta. Tyrell Corporation ha caído, un suceso que marcó a la humanidad ha dejado precuelas y un nuevo Blade Runner llamado K (Ryan Gosling), en medio de una misión descubre un secreto enterrado durante muchos años, que en esencia podría acabar con el caos que impera en la sociedad. Ese descubrimiento lo llevará a iniciar la búsqueda de Rick Deckard (Harrison Ford), un blade runner desaparecido tres décadas atrás.

Cual replicante, pero ingenuo, Denis Villeneuve parece no tener sentido de memoria y en su filme le ha quitado esa virtud estética y poética para proponer una más solemne, elegante y luminosa. Si bien es cierto que en muchas escenas aparece esa ciudad absorbida por la miseria y la publicidad, en muchos otros más recurre al preciosismo de las imágenes en busca de un esplendor que se siente más artificial que melancólico.

Hay una propuesta estética cautivadora sí, impresionista sí, de encuadres hermosos sí, pero que se alejan de aquel halo bucólico de lo tenebroso que sí transmite la deshumanización. La miseria para Villeneuve es sofisticada y no de callejones abandonados, con fuegos que arden en lo alto de los edificios y siempre en sombras bajo la lluvia ácida que acentúan los claroscuros. Por momentos incluso parece tomar mayor aspecto del Ridley Scott de Misión rescate (2015), que del mismo Blade Runner.

Le quita a Blade Runner más de lo que le aporta. Pierde en carácter, en su sentido antropológico y filosófico a cambio de una solemnidad innecesaria. Los personajes son encantadores y disfrutables pero no pesan en presencia; la reflexión de Villeneuve sobre el deseo de ser bueno o la simple propuesta de una rebelión replicante, es mucho menos profundo e impactante que la necesidad de no perder lo humano que nos enseñó Ridley Scott. A muchos Blade Runner 2049 nos ha dejado con lágrimas… no necesariamente en la lluvia.

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