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El sobreviviente de Huitzilac

Francisco J. Santamaría era su nombre. En su exilio estadunidense, en los años 30 del siglo pasado, comenzó unas notas autobiográficas que valían oro: era el único sobreviviente de la matanza de Huitzilac, hecho de sangre que le había allanado el camino a Álvaro Obregón para reelegirse como Presidente de la República, muerto uno de sus dos grandes opositores, el general Francisco R. Serrano. Atados de manos, Serrano y catorce hombres más, habían muerto balaceados cuando, afirmaba la versión oficial, se les trasladaba a la Ciudad de México desde Cuernavaca, acusados de preparar una asonada contra el gobierno de Plutarco Elías Calles.

Aquellas notas se habían quedado guardadas en los muchos papeles que Santamaría, abogado y escritor oriundo de Tabasco, había producido a lo largo de su vida. Pero en 1939, el semanario Hoy se le acercó y lo convenció de publicar, por entregas, la historia de cómo se salvó de la muerte. Los textos llamaron la atención, pues, realmente, sólo habían transcurrido 12 años de aquel octubre complicado, cuando de manera casi absurda, había logrado escapar por las calles de Cuernavaca. En el fondo, reflexionaba Santamaría, era una historia como de ópera bufa, donde lo trágico y lo ridículo marchaban de la mano.

No era ningún secreto la fuga de Santamaría en 1927, pero su exilio y su silencio acerca del tema generaron numerosos chismes y versiones distorsionadas de los hechos. Hubo audaces que, incluso, se atribuyeron el papel de ángeles guardianes, decisivos en la escapatoria del tabasqueño. Pero Santamaría decepcionó a los que esperaban la narración de un astuto y audaz plan. Casualidad: había sido una vulgar casualidad, “porque no se me había llegado la hora, porque no me tocaba”. Porque en aquel 3 de octubre de 1927, cuando había sido aprehendido junto con Serrano y sus leales, Francisco Javier Santamaría estaba seguro, segurísimo, de que ahí se moría.

NI SIQUIERA ERA SERRANISTA. Para Francisco Javier Santamaría, la historia empezó el primer día de octubre de 1927, cuando todo era movimiento y ajetreo en la casa del general Arnulfo Gómez, en la calle de los Arquitectos, hoy Miguel Schultz, en la colonia San Rafael. Los partidarios de los generales Gómez y Serrano llevaban horas y días conversando, intentando convencer los unos a los otros de declinar su candidatura y apoyar al otro. Después de todo, eran amigos, viejos compañeros de armas. Pero la amistad no era suficiente en aquella lucha por el poder. Santamaría siempre aseguró que el proyecto de golpe militar era únicamente de los serranistas, y que los gomistas aspiraban a una lucha electoral sin golpes de mano.

Pero la tarde del 1 de octubre de 1927, Arnulfo Gómez salió precipitadamente de la Ciudad de México, dejando instrucciones precisas a sus partidarios: nadie habría de acompañarlo; es más: se dejarían ver en sitios públicos. “Vayan a Chapultepec para que los vean”. Ante las protestas de Santamaría y Rafael Martínez de Escobar, Gómez se sinceró: cualquier posibilidad de contienda electoral caballerosa, se había ido al diablo. “Esto se hundió y no tiene remedio. Serrano nos ha arrastrado en esta locura”, afirmó el militar. Para Calles y Obregón, no había diferencias entre Serrano y Gómez, ambos eran enemigos y como tales serían tratados. Arnulfo Gómez decidió escapar de la ciudad, decidido a afrontar los acontecimientos. Como despedida, le regaló a Santamaría su pistola, una bella pieza, obsequio de Venustiano Carranza, con cachas de plata. “Yo no volveré de esta aventura”, les dijo.

 ENTRE SERRANISTAS. Santamaría y Martínez de Escobar pensaron en escapar al estado de Guerrero. En tanto se decidían, vagaron por las calles de la colonia Roma, Decididos finalmente,  partieron, acompañados de otros dos compañeros gomistas. Pararon en Cuernavaca y se alojaron en el Hotel Moctezuma, donde pudieron hablar con un general, Carlos Ariza, en cuya compañía y protección viajarían a Guerrero. “Saldremos hoy a las 3 de la tarde”, les dijo y se retiró. Pero Santamaría no volvería a ver a Ariza sino en fotografía, días después, y convertido en cadáver.

Los gomistas se enteraron que en un hotel cercano se encontraba Francisco Serrano, con sus seguidores. Entre ellos, se percató el tabasqueño, todo era alegría y optimismo, como si fueran a una aventura que ya tenían ganada de antemano. En cambio, los gomistas no podían dejar de creer que todo parecía muy sencillo, quizá demasiado.

Inquietos, resolvieron que lo mejor era abandonar Cuernavaca y continuar solos hacia Guerrero. Que los serranistas se las arreglasen como pudieran. Pero era demasiado tarde. El silencio dominó los pasillos del hotel, hasta entonces bullicioso. Alcanzaron a escuchar los gomistas pasos apresurados hacia la salida. Se decidieron a abandonar el hotel, sólo para enterarse por los serranistas, que había soldados en cada calle: era una celada donde unos y otros habían caído. Eran ya prisioneros del gobierno de Calles.

LA FUGA. Cayeron presos gomistas y serranistas “por órdenes del gobernador”.  Los llevarían a la Jefatura de Operaciones, y luego… Dios diría.

En esas horas, antes de salir para la capital, les llegaban a los presos toda clase de rumores, a cual más aterrador. A Santamaría le dijeron que su carácter de “gomista” no le valía para salvar el pellejo. En ese momento, serranistas y gomistas eran enemigos de Álvaro Obregón por igual y ambos grupos sufrirían las consecuencias. Al tabasqueño le fueron a contar que, o bien llegara a la Ciudad de México, lo conducirían a la Inspección de Policía, donde haciendo gala de una crueldad tosca, le arrancarían la lengua, en venganza por su sonado discurso pronunciado en Chihuahua, a favor de la candidatura de Arnulfo Gómez.

Y entonces, ocurrió la casualidad. Formaron a los prisioneros en una larga fila, escoltados por soldados. La calle se llenó de curiosos y algunas gotas de lluvia caían.

Caminaron cosa de 100 metros. La multitud abrió paso a la fila y de repente, Santamaría se dio cuenta de que, en el gentío, su guardián se había retrasado. No lo pensó: dio un paso a la izquierda y se introdujo en uno de los muchos corrillos que atestaban la calle. Intentó desaparecer entre la muchedumbre, y finalmente, se echó a los hombros la gabardina que había llevado doblada en el brazo, y se caló el sombrero para medio cubrirse el rostro. Algunos se dieron cuenta. “Ya se salvó usted”, le dijeron. “No acelere el paso”. Un alma buena le abrió una puerta para que se ocultara.

Los demás prisioneros siguieron su camino. La muerte los estaba esperando en Huitzilac.

VIVIR PARA CONTARLO. Francisco Javier Santamaría, el único que escapó con vida de aquellos oscuros días de octubre de 1927, logró hacer huesos viejos. Eso sí, no se salvó del exilio. De aquellos días quedó un libro de memorias, Crónicas del destierro: desde la ciudad de hierro. Diario de un desterrado mejicano en Nueva York, que publicó en 1933. De aquellos terribles días de octubre de 1927, se animó a escribir doce años después, cuando puso en circulación un texto que hoy es prácticamente desconocido: La tragedia de Cuernavaca en 1927 y mi escapatoria célebre,  que dedicó a Soledad Gómez viuda de Vizcarra, hermana del general Arnulfo Gómez y madre del coronel Francisco G, Vizcarra, una de las víctimas de Huitzilac.

Andando los años, y de regreso en México, Santamaría logró hacer carrera política, cuestión hasta cierto punto explicable, pues, en realidad, su presencia en el grupo de serranistas asesinados había sido más bien fortuita, dado que sus verdaderas simpatías políticas estaban con Arnulfo Gómez. Entre 1940 y 1946, Santamaría fue senador de la República por su Tabasco natal, y de 1947 a 1952 sería también gobernador.

Pero la verdadera vocación de aquel tabasqueño, nacido en el poblado de Cacaos, era el estudio del lenguaje. Pasados los años políticos, en 1954, ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua. Produjo dos diccionarios, uno de americanismos y otro de mexicanismos. Escribió de filología, de historia, de derecho.

Santamaría murió en 1963, a los 77 años. Sólo entonces, la muerte que no pudo arrebatarlo a los 4 años, cuando cayó en un fangal; que no pudo llevárselo a los 10, cuando un rayo cayó y sí mató a uno de sus condiscípulos, y que lo dejó escapar de la matanza de Huitzilac, cuando tenía 41, lo tomó de la mano para internarlo en ese viaje del que no se regresa.

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