El fanático y el forastero - José Carlos Castañeda | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 12 de Octubre, 2017
El fanático y  el forastero | La Crónica de Hoy

El fanático y el forastero

José Carlos Castañeda

Nada teme más el individuo que la incertidumbre. ¿Cómo enfrentarla? ¿Cómo controlarla? ¿Es posible disminuirla, limitarla o moderarla? Las dudas intimidan y amenazan la confianza de las personas, pero también son el mayor aliciente para crear conocimiento. El malestar de estos dilemas conduce a caminos opuestos: el conocimiento y el fanatismo. Mientras el fanático renuncia a la libertad individual para entregarse a la palabra sagrada del profeta, el ciudadano moderno reconoce la pluralidad de la sociedad, acepta la discordia entre ideas y el respeto a la vida privada.

Cuando hablamos de multitudes, la libertad se pierde entre la voz autoritaria de aquel que ha arrebatado el liderazgo. No existe la democracia de masas. El juego democrático es siempre de elecciones individuales, plurales. Pero justo ante el temor de elegir entre un abanico plural de posibilidades, crece la tentación de renunciar al libre albedrío. Frente al delirio del fanatismo, siempre cabe preguntarse a la manera de Spinoza: ¿Por qué luchan por su servidumbre como si se tratara de su salvación?

El fanático siente que vive la tranquilidad del dogma, en contraste con las vacilaciones y el temor de lo incierto de la existencia. Incapaz de aceptar su ignorancia o el margen de incertidumbre del mundo, asume que en algún lugar reside alguien o algo que tiene ese conocimiento del que ellos carecen y esa ilusión es suficiente para abandonar cualquier volición individual. El manto de sumisión del fanático oculta un anhelo de certezas, imposible de alcanzar. Su búsqueda de verdades absolutas edifica los muros de una tiranía.

A diferencia del creyente, el fanático no vive una experiencia espiritual. No comulga con una introspección mística. Su vivencia es más mundana: abandonarse a sí mismo. Someterse al dictado de la autoridad ortodoxa, intransigente, con el propósito de adquirir un analgésico urgente para un alma doliente, que ha perdido o ha desertado de su subjetividad. Olvidarse del cultivo del yo para arrojarse al fuego de la fe. En La Caja negra, Amos Oz describió este conflicto interno que consume al fanático antes de realizar un acto de terror: “Sacrificar la vida privada en el altar de los sagrados ideales no es más que un desesperado aferrarse a ideales cuando la vida privada ha muerto”.

En su diccionario filosófico, Fernando Savater consigna un término que debiera ser moneda corriente en los debates actuales. La heterofobia es una de las amenazas más complejas que circularan como virus de la globalización. Es el mayor riesgo a la convivencia pacífica entre los vecinos, los más cercanos. La acepción de heterofobia abarca, como un arco a punto de disparar, “al sentimiento de temor y odio ante los otros, los distintos, los extraños, los forasteros, los que irrumpen desde el exterior en nuestro círculo de identificación”. Pero que nadie se confunda no es un sentimiento inhumano, más bien es humanísimo.

¿Quién es el forastero? ¿Por qué causa tanto temor?

El forastero no se define por su condición de intruso o extraño. Su condición radica en ser el mensajero de una interrogante. Un secreto. Y esa cualidad altera la vida de la comunidad autóctona. De ahí que se resista a su presencia y aún más a su permanencia. El forastero encarna un mensaje que afecta la convivencia de toda la comunidad donde reside. La resistencia contra la migración es una oposición a esa pregunta que el extranjero simboliza en su comportamiento cotidiano. El forastero siembra incertidumbre a su paso. Es la evidencia del cambio y la libertad, de la pluralidad del mundo. Su mensaje es muy poderoso, la duda más radical para quienes conviven cerca de él: “¿Por qué nosotros tenemos que ser como somos?”.


@ccastnedaf4

 

Imprimir

Comentarios