Renace Tenochtitlan: la ciudad que soñó Cortés - Bertha Hernández | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 14 de Octubre, 2017
Renace Tenochtitlan: la ciudad que soñó Cortés | La Crónica de Hoy

Renace Tenochtitlan: la ciudad que soñó Cortés

Bertha Hernández

La gran Tenochtitlan, la poderosa ciudad-Estado de los mexicas, humeaba y apestaba: la muerte y la destrucción se enseñorearon en ella. Pero aún tenía futuro. Era fin y comienzo; se volvió resurgimiento de entre las cenizas y el dolor. La nueva ciudad que nacería estaba anclada en la memoria  y en la materialidad de su antecesora. Era la misma, pero no sería igual. Sería algo distinto; con lo mejor y lo peor de ambos mundos. No era simple metáfora: con las piedras de los templos y palacios arrasados se cimentaría la primera ciudad de la Nueva España, que así llamó Hernán Cortés al reino conquistado.

“Son cosas grandes y extrañas y es otro mundo sin duda, que de solo verlo tenemos harta codicia los que a confines de él estamos”, anotó el impresor Jacobo Cromberger al sacar a la luz la segunda carta de relación del conquistador. Tenía razón. De los restos de aquella ciudad que impresionó a los europeos al contemplarla por primera vez, nacería una nueva urbe, que a lo largo de los siglos seguiría deslumbrando al viajero, fuera por su magnitud, por la belleza de algunos de sus palacios o por la profunda vitalidad que aún la caracteriza, casi quinientos años después.

Pero a fines de 1521, Hernán Cortés no podía adivinar cuál sería el destino de la nueva ciudad que se aprestaba a fincar, ni los predicamentos en que pondría a la capital de la Nueva España, siglos después, al decidir su construcción en el asentamiento mexica. Se sabe que el emplazamiento de la ciudad fue tema de discusión entre los españoles que compartían el triunfo: algunos pensaban que bien se podrían quedar en Coyoacán o en Texcoco, y con ello olvidarse de las tribulaciones  que implicaba la convivencia con el lago y los canales. Pero la decisión final de Cortés tenía mucho de política y mucho de simbólico: allí era donde el destino había cambiado para él y para los hombres que lo seguían;  allí se habían vuelto inmortales. El antiguo estudiante de leyes no quería dejar lugar a duda: la ciudad mexica había sido espléndida, tenía renombre y grandeza, pero lo que habría de nacer era el signo de su victoria personal y política, a despecho de sus antiguos patrones en Cuba; aunque el emperador Carlos no llegase a comprender bien a bien lo ganado. El extremeño Hernán Cortés tendría la responsabilidad, para bien o para mal, del establecimiento de la muy leal ciudad de México.

TRAZA, PIEDRAS, OBRAS. La construcción de la Ciudad de México debió comenzar a fines de 1521 o principios de 1522. Orgulloso, Cortés le cuenta al emperador Carlos los avances de los trabajos en su tercera carta de relación, firmada en mayo de 1522: “De cuatro a cinco meses acá, que la dicha ciudad de Temixtitan se va reparando, está muy hermosa”. Cuando, a fines de 1523, el adelantado del Pánuco, Francisco de Garay se reunió con Cortés en la nueva ciudad, pudo ver un sitio bullicioso, lleno de gente que iba y venía, concentrada en las nuevas construcciones. Cortés le presume lo que un día será su palacio.  Un año después, en octubre de 1524, don Hernando firma su cuarta carta de relación en Temixtitan, es decir, ya había dejado su residencia coyoacanense para establecerse en su urbe soñada. No eran meras figuraciones. Fray Toribio de Benavente, testigo de los hechos,  escribió que las muchas y simultáneas construcciones había más gente “que en la edificación del templo de Jerusalem”.

Por lo que cuenta Benavente,  tanta actividad tenía un aspecto caótico: se robaban el viguerío unos a otros; había muchos accidentes de imprudentes que caían al vacío desde los nuevos pisos y balcones, y muchos de ellos eran indígenas, pues Cortés alentó el regreso de los naturales a la ciudad en el lago para que aplicaran sus mejores artes y sus nuevos aprendizajes en su proyecto urbano.

El testimonio del fraile detalla cómo se tomaron partes de lo ya construido para levantar muros y poner cimientos en otro lugar. Claro está, se refería a los restos de las edificaciones mexicas, que se convirtieron en una especie de almacén de material de construcción: “deshicieron los templos principales del demonio”, agregó el religioso. De aquellas edificaciones, salió “infinidad de piedra” para convertirse en muros, palacios y sillares, trabajos todos en los que, afirma Benavente, “murieron muchos indios”.

Se cuenta que llevó años acabarse en obras los restos de la antigua Tenochtitlan, y no era para menos: la nueva ciudad requirió comenzar a pelearle espacio al lago, y ahí comenzó una lucha de larga duración, llena de mañas del agua para recuperar su antiguo dominio. Una lucha, por cierto, que no parece terminar, casi cinco siglos después.

Cortés echó mano de uno de los soldados que había llegado con Francisco de Garay: se llamaba Alonso García Bravo, y sabía de geometría y topografía. Cuando apareció por la naciente ciudad de México, ya traía fama de buen constructor, pues había sido el responsable de levantar dos “fortalezas”, una en Pánuco y otra en Veracruz. A él encomendó Cortés la nueva traza de la ciudad. Quedó tan bien con el conquistador, que luego le encomendarían la traza de otra ciudad, al sureste  de Tenochtitlan: nada menos que Antequera del Valle de Oaxaca. Fue Alonso García quien respetó la traza de la plaza central y las calzadas por tres de sus costados; creó una cuadrícula de calles, dejando espacios para plazas y conservando las acequias principales. Así comenzó Tenochtitlan a ser distinta. Pero no podría, nutrida con las piedras prehispánicas, negar su origen, su leyenda y el augurio que garantizaba su grandeza hasta el fin de los tiempos.

Por eso, la ciudad que soñó Hernán Cortés lleva tatuado el sino de otros tiempos. Por eso, el palacio de los condes de Santiago de Calimaya, edificado en 1536, apenas quince años después de la victoria, remata, en su esquina norte, con la colosal cabeza de una serpiente emplumada; por eso, la primera “iglesia mayor”, tuvo, como base de sus pilares, las piedras de un templo mexica, que por cierto, aún se pueden ver en el actual atrio de la catedral metropolitana. Por eso, esta ciudad, que vive en perpetuo sobresalto y en permanente grandeza, nunca fue ciento por ciento española: la impronta de las antiguas glorias permanece en sus calles más antiguas.

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