Sin rencores - Fernando de las Fuentes | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Domingo 15 de Octubre, 2017

(Segunda parte)

 

El rencor es denso, es mundano; déjalo en la tierra: muere liviano

Jean-Paul Sartre

 

Todas las emociones negativas son densas, pesadas. Nos lastran y llegan a paralizarnos. Aunque encontremos en ellas una una zona de confort o hasta una identidad, a nadie le gustan, de manera que las ocultamos o culpamos abiertamente a los demás de producirlas, desde nuestros padres, pareja o hijos, hasta el gobierno.

Y es que dejar de culpar a los demás significa que la culpa recae en nosotros. No hemos entendido que ser culpable es abismalmente distinto a ser responsable. Los culpables pagan, los responsables reparan. La culpa es justamente una de esas emociones densas que nos impulsan a castigar en un acto de venganza que nada reivindica, pero satisface enormidades al ego.

Todas las emociones negativas, además, provienen del resentimiento y de su patología, la pasión llamada rencor. Comenzamos por actualizar constantemente la humillación que sentimos por no haber salido indemnes o incluso victoriosos de un daño ocasionado por alguien ante quien estábamos vulnerables, o de una confrontación en supuesta igualdad de condiciones, de lo cual, por supuesto, nos culpamos primero a nosotros, pero como la culpa es una papa caliente, la arrojamos a los demás. Si no paramos a tiempo, terminamos viviendo con una furia que lo invade casi todo.

Ya sea todo un archivero, un cajón o un simple expediente, atesoramos celosamente la humillación para actualizarla, recreándola constantemente y haciendo pagar a quien se deje. El episodio original deja de importar porque lo que produjo es a lo que nos aferramos: las emociones negativas; adictivas, por intensas y porque nos dan la ilusión de poder ante el miedo y la indefensión que realmente sentimos.

Del dolor real que hay atrás de esa humillación ni hablar, ese archivo está enmohecido en el fondo del cajón atorado del archivero, porque revivirlo es sentir impotencia, y todos preferimos la ira. Sólo que la impotencia es momentánea, pero la ira puede ser eterna. Para sanar el resentimiento, vuelva a la primera y remóntela.

Desatore el cajón del archivero en el que metió el expediente del dolor real, el que sintió el alma; quítele el moho, ábralo y vívalo, frente a alguien de su confianza siempre es mejor, pero también puede solo. El dolor no lo va a matar, aunque parezca. Antes bien, lo templará.

Muy probablemente su dolor se haya convertido en un secreto que ha jurado llevarse a la tumba. Es hora de revelarlo. En tal caso sí necesita de otro que no lo juzgue. Hay, siempre hay. Nada libera más que desmantelar un secreto, ni nada enferma ni mata más que conservarlo.

Vaya pues a la memoria del dolor y no la de la humillación que siente el ego por la falta de una respuesta acertada a la persona que lo hirió. Llore, está bien y es necesario. Dese un abrazo, usted está ahí para contenerse a sí mismo si no hay nadie para asistirlo.

Observe cómo está, antes que nada, resentido con usted mismo por no ser certero o asertivo. Aquí es donde debe usar la razón, no antes de revivir el dolor. Acepte lo que pasó tal como pasó, porque las cosas y las personas sólo son como pueden ser y no como usted espera o esperaba.

Vea que en ese momento no había condiciones para que reaccionara de otra manera. Busque las cosas buenas que puede obtener de la experiencia y que muy probablemente esté ahora rechazando o ignorando.

Póngase en los zapatos del otro, comprenda sus limitaciones. Está ahora en condiciones de perdonar, es decir, de quedarse en paz con lo sucedido, pero no olvide, para que no se vuelva a repetir. Debe crear un recuerdo que lo ilumine, no que lo oscurezca. Entonces podrá agradecer el daño. Así como lo oye. Y se sentirá ligero, aprenderá a fluir con la vida y se irá feliz y liviano.

 

delasfuentesopina@gmail.com

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