Recuerdo de René Avilés Fabila - David Gutiérrez Fuentes | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 19 de Octubre, 2017
Recuerdo de René Avilés Fabila | La Crónica de Hoy

Recuerdo de René Avilés Fabila

David Gutiérrez Fuentes

He escrito mucho sobre René, este texto conjunta y rehace algunos párrafos de mi biografía con ese gran amigo con el que me formé y forma parte del libro Recordanzas sobre René Avilés Fabila, coordinado y compilado por el escritor y periodista Hugo Esteve Díaz. A poco más de un año de su fallecimiento, lo reproduzco aquí.

 

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Con excepción de familiares muy queridos, nunca había sufrido una pérdida tan cercana como la que tuve con René. Pero esta vez la pérdida fue de otra naturaleza. Perdí a un maestro memorioso, un colega frecuente de juergas, un jefe en tres distintas etapas de mi vida y sobre todo a un magnífico amigo que murió de manera repentina.

Aunque a René le preocupaba la vejez, estoy seguro que jamás imaginó que su muerte estaba cerca, era un toro. Se levantaba a las cuatro de la mañana y desde esa hora trabajaba y le daba de comer a su hambrienta página de Facebook en la que fue muy exitoso. Respondía hasta los comentarios más torpes que lo elogiaran, mientras que sus batallas, cada vez más escogidas, las emprendía como un general aguerrido. Solía repetir la máxima de que el que pega primero siempre pega dos veces y quizá gracias a ése y otros truquillos con los que se regodeaba, casi siempre salía invicto de cualquier batalla, además de que el humor, que lo manejaba en todas sus escalas, siempre estuvo de su lado. Era de esos pocos personajes con los que uno aprendía divirtiéndose.

La primera etapa de trabajo a su lado puede resumirse en pocas palabras: fue formativa y pantagruélica.

René tenía una energía contagiosa que le permitió abarcar una extensa obra literaria y periodística, al tiempo que apoyó el trabajo artístico y literario de otros colegas. No sabía estarse quieto. Sus amigos lo queríamos por latoso. Eso lo mantuvo saludable hasta sus setenta y seis años. Supe que intermitentemente le practicaron algunas operaciones, nunca cuántas ni de qué, pero se recuperaba con facilidad. Tenía muy buena sangre para las relaciones públicas y un colmillo político que le gustaba presumir. Entre esos extremos se movía un escritor agudo y dueño de una importante biblioteca sobre literatura latinoamericana. Personajes así hubo en otros ámbitos de la cultura mexicana, pero salvo algunas excepciones, como Alí Chumacero o Andrés Henestrosa, varios de ellos fueron pedantes o acartonados.

Las peores ofensas para René eran las que lastimaban su ego. Tardaba en digerirlas. Pero siempre salía airoso de esos trances de manera autocrítica, con una combinación de frases ingeniosas que compartía con sus amigos muchas veces en medio de tragos porque René era un excelente y gozoso bebedor.

De la última etapa, la que tuvo fin con su muerte abrupta, debo decir que me reencontré con un René más “atemperado”. Quiero abundar un poco a propósito de esa palabra. Como buen Narciso, René en muchos aspectos era como un chamaco con mucha juventud acumulada, estas palabras, por cierto, se las escuché por primera vez a León Portilla en una conferencia en la UAM Xochimilco a la que fue invitado por el propio René. Lo cierto es que en otros aspectos había conseguido algo que parecía inconcebible hace todavía dos lustros, una suerte de madurez práctica. Congenió muy bien con un equipo de trabajo prácticamente nuevo. Se reencontró con viejos amigos como Jorge Meléndez, le hizo homenajes a personajes que en otros tiempos nunca hubiera imaginado que quisiera reconocer pese a sus indiscutibles méritos, como Huberto Batis, por ejemplo. En varias ocasiones me dijo que se estaba reconciliando con su padre, de quien escribía una novela de la que desconozco su grado de avance, pero que caminaba hacia una suerte de perdón crítico sugerido por Fernando Vallejo. Esa conversación transcurrió en una comida a la que los convocó Mario Saavedra.

Hace una década mi cuñada se fue dos años a vivir a Australia. Nos quería dejar a sus tortugas que aún estaban pequeñas y las tenía en una pecera equipada. Le dijimos que no sería posible porque nosotros teníamos otras dos tortugas, dos bóxer y dos niñas en pleno crecimiento. Le pregunté a René si estaba interesado y me dijo que sí. Ambos compartimos información del crecimiento de nuestros respectivas tortugas; ambos decidimos sacarlas de sus peceras y dejarlas en el jardín: las de él en una fuente y las mías en un estanque hecho exprofeso. Al fallecer René poco tiempo después murió una de sus tortugas. La señora del aseo que trabajaba con él creía que había muerto de tristeza porque René jugaba mucho con ellas. El hecho es que Rosario estaba por cambiarse a una casa más pequeña y me preguntó si quería a la tortuga sobreviviente. Le dije que sí. Las tortugas tienen un tiempo envidiable. Me encanta verlas salir del estanque y estirar sus elegantes cuellos mientras reciben el sol.

Juguetón, cáustico, ingenioso, culto y generoso, René siempre se encontraba lleno de proyectos que contagiaba a todos. Parecía inmortal. También era divertidísimo y tenía un sentido poco trágico de la vida. En un mundo solemne, violento y pendejo, amigos así se agradecen y cuando descubres que ha pasado más de un año y ya no están contigo, cala su ausencia. René sólo creía en el más acá, y por eso vivió intensamente la vida, al filo de la navaja como le decía Jairo Calixto en el memorable suplemento El Búho. Para René, como para muchos ateos entre los que me incluyo, no había más allá. Pero bromeaba y decía que tenía todos sus papeles en regla, incluida una primera comunión por si el paraíso existía. René cultivó sus paraísos y algunos infiernos en vida. Así quiero recordarlo: pleno de maliciosa vitalidad. Si hay más allá es ganancia y estoy seguro que se la está pasando poca madre. Te extrañamos René. Tu tortuga no sé pero se divierte como enana con sus primas. Aprendió a jugar desde chiquita: tuvo un buen maestro.


dgfuentes@gmail.com

 

 

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