La hora de las brigadas | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 20 de Octubre, 2017

La hora de las brigadas

Gilberto Guevara Niebla, líder del movimiento estudiantil del 68, vivió la cárcel y el exilio luego del dramático desenlace en la Plaza de las Tres Culturas. Crónica continúa la presentación del ejercicio intelectual con el que desea explicar a los jóvenes el 68 mexicano. La presente entrega continúa con la efervescencia estudiantil. Las brigadas están en la calle...

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La manifestación del día 13 de agosto fue una demostración de fuerza, pero no produjo un cambio en el comportamiento de las autoridades. No hubo respuesta a las demandas del movimiento. Sin embargo, el CNH hizo pública una nueva declaración en la que afirmaba, entre otras cosas, que con sus demandas los estudiantes querían construir un país libre, “en el que la vida para todos fuera cada vez mejor” y agregaba esto: “Nosotros luchamos hoy para que en el futuro todos los mexicanos tengan derecho a protestar y a exigir sin que la policía y el ejército los repriman; para que no haya más presos políticos, para que los responsables de los crímenes y la violencia de las pasadas semanas sean castigados como se merecen”

—Pero si el gobierno no cedió ante semejante demostración de fuerza ¿qué lo haría cambiar de opinión? –Preguntó Estrada.

—Una presión mayor. Y eso ocurrió realmente, en los días siguientes la protesta escaló hasta alcanzar una dimensión insospechada: la actividad de las brigadas se convirtió en una verdadera ola de agitación que conmocionó a la ciudad y atrajo la solidaridad y simpatía para los estudiantes de grandes sectores de la población; se produjeron expresiones de apoyo de todas partes: académicos, artistas, sacerdotes, empleados públicos, colegios profesionales, sindicatos, comerciantes, taxistas, vendedores ambulantes y obreros. En un momento dado (15 de agosto) el consejo universitario de la UNAM formuló un conjunto de exigencias a las autoridades y manifestó su apoyo a las demandas estudiantiles. Un grupo numeroso de escritores, pintores, dramaturgos y actores se reunieron en CU y decidieron formar la Asamblea de Escritores y Artistas en apoyo al movimiento estudiantil. En esa asamblea participaban escritores como Juan Rulfo, José Revueltas, Carlos Monsiváis, José Carlos Becerra, Eraclio Zepeda y otros más; pintores como José Luis Cuevas, Manuel Felguérez, Vicente Rojo y Vlady. El vocero de dicha asamblea fue el señor Héctor Castro. Por iniciativa de los artistas se realizaron en la Universidad varios eventos, incluyendo festivales artísticos, un mural “efímero”, un maratón con música, pintura, baile y teatro, etc. El festival del domingo 18 se convirtió en una verbena popular que reunió a millares de estudiantes en la explanada de Ciudad Universitaria.

—¿Qué impacto tuvieron las brigadas?

—Fue un impacto formidable. Miles de brigadas estudiantiles salieron en esos días a la calle e invadieron, por distintos rumbos, la ciudad. En el centro, en los barrios, en las plazas, en los cines, en los autobuses, en el Metro, en los supermercados, en los mercados tradicionales, en los grandes centros comerciales, en las zonas más remotas del valle, por todas partes aparecían, de súbito, grupos de estudiantes que organizaban columnas, pequeños mítines, repartían volantes, coreaban consignas o lanzaban discursos contra la policía y el ejército y a favor del movimiento estudiantil. La ciudad comenzó a hervir bajo el impacto libertario de los grupos estudiantiles y las simpatías por los estudiantes se multiplicaban día con día y se expresaban de muchas formas. Las brigadas sacaron de su somnolencia a la urbe: recuérdese que la capital era hasta entonces una ciudad tranquila, conservadora y silenciosa, vacunada contra toda forma libre de expresión política, dominada por los valores que había impuesto el sistema de dominación simbolizado por el PRI, valores como la obediencia, la resignación y el apoliticismo. En el seno de las familias comenzaron a estallar agrias discusiones entre padres e hijos: lo que ocurría usualmente era que los padres criticaban los desórdenes causados por los estudiantes y los hijos, por el contrario, simpatizaban con el movimiento. Ese era el típico síndrome de la división generacional. Estimulados por su éxito, el entusiasmo de las masas estudiantiles aumentaba. Aquí y allá empezaron los actos políticos improvisados que congregaron a multitudes significativas: en la Zona Rosa una sola brigada logró reunir a dos mil o tres mil personas; otro tanto ocurrió en Coyoacán. En el cine de las Américas apareció un grupo de estudiantes y sublevó al auditorio. Los diarios comenzaron a documentar esos actos políticos improvisados: uno de ellos reportaba, por ejemplo, que en sólo un día se habían realizado 800 mítines. Pero un área donde la acción estudiantil suscitó disturbios directos fue el sindicalismo: las brigadas estudiantiles lograron infiltrarse a las asambleas del Sindicato Mexicano de Electricistas y en ellas llegó a hablarse directamente de estallar una huelga en apoyo a los estudiantes. La agitación en este gremio tenía orígenes remotos, pero el ambiente creado por el movimiento estudiantil contribuyó a estimular la agitación sindical. Otro tanto sucedió en algunas secciones del sindicato de petroleros que, bajo la influencia estudiantil, estuvieron a punto de estallar una “huelga salvaje”.

—Ya no hubo manifestaciones –Dijo Mónica.

—Si iba a haber más manifestaciones, pero en ese momento, de apogeo del movimiento estudiantil, en un gesto de desafío a las autoridades, el CNH decidió llamar a los miembros del Congreso de la Unión a un mitin para hablar sobre el problema que planteaba para México el conflicto estudiantil. El mitin sería en la explanada de Ciudad Universitaria el día 18 de agosto. Los estudiantes querían escuchar a los representantes populares, dialogar con ellos, explorar soluciones al conflicto, ver la posibilidad de que el legislativo actuara como mediador en la contienda. La invitación a diputados y senadores se hizo de forma pública, a través de un desplegado. Esa fue una jugada política que entrañaba el riesgo de que un grupo de legisladores decidiera asistir al mitin y formulara con vigor juicios críticos de los acontecimientos y de la conducta de los estudiantes. También podía suceder que un partido político quisiera aprovechar la oportunidad para “utilizar” al movimiento estudiantil a su favor. Pero, también podía ocurrir que los diputados y senadores no asistieran, lo cual sería mal visto por la opinión pública. Una vez más, el poder legislativo quedaría exhibido en su subordinación ante el ejecutivo.  En sentido estricto, sin embargo, era difícil que un diputado o un senador pusieran en riego su carrera política asistiendo a una guarida estudiantil…a menos de que tuviera bajo la manga una carta oculta. Cuando llegó la hora del mitin los estudiantes esperaron con paciencia, pero ningún representante popular se hizo presente, acudió en cambio el líder de las juventudes panistas, Diego Fernández de Cevallos a quien, después de una breve consulta, se le permitió hablar. El joven panista subió a la tribuna y, de inmediato, algunos asistentes le comenzaron a gritar:

—¡Reaccionario! ¡Reaccionario!

A lo cual Fernández de Ceballos respondió:

—Son prejuicios. No me importan esas exclamaciones, en realidad mi partido, como el movimiento del que ustedes forman parte, ha sido sistemáticamente calumniado y deformado, lo cual explica los prejuicios que aquí se manifiesta.

Enseguida, el orador habló de la relación de su partido con la Universidad, “los fundadores del PAN, dijo, fueron eminentes universitarios, como Manuel Gómez Morín quien fue rector en 1933, etc. Habló durante 10 minutos sin interrupción. Por respeto a la verdad, hay que decir que, efectivamente, el PAN fue el único partido que declaró casi desde el principio su simpatía por el movimiento, aunque eso no se haya materializado en una acción política directa de apoyo a los estudiantes. Este episodio tuvo lugar cuando el movimiento estaba próximo a alcanzar su apogeo.

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