PRI, usos y costumbres - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 20 de Octubre, 2017
PRI, usos y costumbres | La Crónica de Hoy

PRI, usos y costumbres

Aurelio Ramos Méndez

Se denomina, formalmente, convención de delegados; pero, en los hechos, el método para la postulación del candidato del PRI a la Presidencia será el de usos y costumbres: el contundente y despiadado dedazo. Merecimiento que, a estas alturas de la liza, parece mentira, el presidente Peña Nieto todavía no ha decidido a quien asestar.

Entre la media docena de periodistas que el martes pasado conversaron en corto con el Jefe del Ejecutivo, al término de una conferencia de prensa, en Los Pinos, surgió la pregunta de si el Jefe del Estado ya tiene una definición personal, in pectore, íntima, acerca de quién debería ser el candidato de su partido.

La respuesta, quizá muy afectuosa y franca; pero peligrosamente dubitativa, fue la siguiente: “Creo, más o menos. Creo”.

Respuesta que abrió un enorme signo de interrogación no sólo con relación a las causas de la demora en la estrategia de destape del PRI, sino también sobre el quizá muy cuidadoso, pero también excesivamente lento modo de reflexión y juicio en torno de una de las decisiones más trascendentales del sexenio.

No se requiere ser priista de cepa ni politólogo de quilates para concluir que los militantes del tricolor —de algún modo los ciudadanos en general— aspiran a que el dedazo sea producto de hondas cavilaciones, en largas noches de insomnio durante el mandato, no resolución tomada al cuarto para las doce.

Tampoco que sea un parecer con base en cálculos politiqueros, con el criterio de votos son votos y ganar —diría el cínico— objetivo que se logra “haiga sido como haiga sido”, así sea en función de arreglos de trastienda, consanguinidades, vínculos afectivos o políticos, y hasta la mezquina previsión de quién garantiza cuidar mejor las espaldas.

El impulso definitivo para recurrir a los usos y costumbres —uno de los cinco procedimientos de elección contenidos en los Estatutos priistas y considerados democráticos por el INE— que incluyen el dedazo, debe además estar despojado de todo signo de parroquialismo. Esa propensión a rodearse, confiar y trabajar únicamente con los más cercanos, con quienes pertenecen a la familia, el grupo o la capilla de uno.

El dedazo tiene que ser fallo tomado no en función del humor el día D, producto de cómo le fue al Presidente en el golf o si tuvo una noche de sueño intranquilo o placentero, sino medida adoptada con sentido de Estado y noción de grandeza; con base, honradamente, en lo que más conviene al país, por demagógico que esto suene.

Si nos atenemos a las palabras de Peña Nieto ante el curioso corrillo del martes, este conjunto de consideraciones apenas está más o menos ponderado. O, en el mejor de los casos, concluido en obra negra. Cuando faltan sólo unas semanas para despojar de su capucha al tapado…

Cabe, por supuesto, la posibilidad de que en su charla con los invitados a la residencia oficial el Presidente se haya sentido cómodo, entre amigos, literalmente en casa, confiado en la inocuidad de sus interlocutores. Y, por lo mismo, con libertad para mostrar sus dotes de consumado político y desplegar —a lo Fidel Velázquez— un arsenal de recursos para eludir interrogatorios reporteriles.

¿Cuáles? Todos los que abarca la expresión oral y corporal: Frases a medias, evasivas bien armadas, sonidos guturales indescifrables, retractaciones desvergonzadas, expresiones huecas, silencios elocuentes, carcajadas explosivas, mentiras completas, verdades cercenadas…

Así, por ejemplo, contestó entre dientes el interrogante respecto a si “el bueno” se hallaba en el salón. Enredó a su audiencia a tal punto que, primero, dijo que no respondería, y luego agregó quien sabe qué. Porque —a juzgar por los textos del día después— unos entendieron una cosa y otros la contraria.

Según algunos Peña Nieto, contra-preguntando, dijo sí: “Francisco, ¿te dije que el que calla otorga?”. Y otros que, deslindándose, dio a entender que no: “¿Me dijiste que el que calla otorga?”.

Cualquiera que haya sido la contestación, el ruido con relación a que allí se encontraba el blanco inminente del inveterado uso y costumbre del dedazo —como en cualquier remontado municipio mixe, mixteco o zapoteco— consiguió que sus escuchas se tragaran entero el cuento.

Todo el mundo dio por sentado que el próximo candidato está entre José Antonio Meade, José Narro, Miguel Ángel Osorio Chong y Aurelio Nuño, y si la imaginación, la Constitución y la democracia ponen su parte también Salvador Cienfuegos, Vidal Francisco Soberón y Rosario Robles, o cualquiera de los políticos y funcionarios ahí congregados.

Otro tanto ocurrió con el calendario. El destape —dijo el anfitrión— será a más tardar la primera semana de diciembre, porque los tiempos los marca el INE, no los partidos. Habló Roma.

El comentario presidencial fue tomado como una revelación, a pesar de que el dedazo no podría demorar más allá de ese plazo, sencillamente porque el 14 de diciembre vencerá el lapso para el registro oficial de aspirantes. Réstense tres o cuatro días para la liturgia: la cargada, el besamanos, las salutaciones de los sectores priistas…

No nos dejemos engañar. Al margen de conjeturas y fintas, es claro que la operación del destape apunta al mundo de la hacienda pública y la alianza, de hecho o de derecho, con la derecha. Léase las distintas facciones y clanes del desvencijado PAN.

Eso y no otra cosa es lo que se ha visto desde cuando fueron colocadas piezas clave en la dirigencia que encabezan Enrique Ochoa Reza y Claudia Ruiz Massieu y comenzó la remoción de candados estatutarios, tales como la temporalidad de militancia obligatoria.

Porque si bien se trata del grupo encabezado por Luis Videgaray —emparentado políticamente con las más prestantes familias panistas, incluidos los Zavala y Gómez del Campo— a éste núcleo pertenece el más perfilado para la grande, con la sola desventaja de la falta de credencial de priista.

Eso explica que, establecido el método de los usos y costumbres —eufemísticamente convención de delegados— para ocultar el dedazo, y desmontada la limitante de la militancia mínima, ahora se discute si Estatutos matan Reglamento.

El debate estriba en que los Estatutos imponen la observancia obligatoria del Reglamento y éste todavía establece —con el fin de evitar el arribismo y el desplazamiento de los auténticos priistas— que para competir es imprescindible la credencial. Embrollo que, cuando el destape está a punto de hervor, apenas comienza a ser dirimido.


aureramos@cronica.com.mx

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