Flint vs.Trump: ¿el mundo enloquece? - Carlos Matute González | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 20 de Octubre, 2017
Flint vs.Trump: ¿el mundo enloquece? | La Crónica de Hoy

Flint vs.Trump: ¿el mundo enloquece?

Carlos Matute González

Larry Flint, en la edición del domingo pasado en el Washington Post, un imperdible periodístico, ofrece una extraña recompensa: diez millones de dólares a quien entregue información suficiente para iniciarle un juicio político (impeachment) a Donald J. Trump y separarlo del cargo. El editor de la revista pornográfica Hustler enumera varias razones para sentir que debe despedirse a Trump y la más importante es la conducción de la política internacional estadunidense enrutada a un conflicto masivo. Solicita un “smoking gun”, tal vez oculta en sus declaraciones impuestos o en sus inversiones pecados suficientes para acusarlo. “Más vale un poco de desorden, que tres años de desestabilización y disfuncionalidad”.

En las entreguerras del siglo pasado, los efectos de la gran depresión, la desesperanza de la guerra de trincheras que costó millones de vidas humanas, la descomposición social y el desprestigio de los partidos políticos no radicales —liberales, democracia social y democracia cristiana— provocaron el surgimiento de movimientos sociales autoritarios, holísticos e intolerantes, que condujeron al totalitarismo, bajo la dirección de un líder que asumía en forma única y excluyente la representación de los trabajadores o el pueblo.

En ese contexto, la irracionalidad política imperó y el odio por el otro se exacerbó. El motor de la acción política era la identificación de un enemigo con el objetivo de eliminarlo del escenario y, en el extremo, exterminarlo como sucedió en los campos de concentración nazis y en los gulags soviéticos. El resultado fue la destrucción de Europa y Japón y su consecuencia: la Guerra Fría.

Durante los conflictos de alta o baja intensidad, el choque constante entre organizaciones movilizadas permanentemente dividió a las familias y sociedades, levantó muros y cortinas de Hierro, dividió países y justificó revoluciones que acabaron transformadas en un remedo de las dictaduras que derrocaron o el golpismo militar.

En estas condiciones, los estudios de la personalidad del líder —los rasgos psicológicos del individuo— y su efecto en el comportamiento colectivo —psicología social— proliferaron y pretendieron explicar los éxitos y fracasos de un país. ¿Cómo explicar la adhesión incondicional a Hitler, Mussolini, Hirohito, Stalin, Mao, Franco y Tito, en los regímenes autoritarios; Churchill, De Gaulle y Roosevelt, en el mundo democrático liberal, y Perón, Gadafi, Castro, Ho Chi Minh, Saddam Hussein, Anwar el Sadat y, en el Tercer Mundo? La vida política se redujo a la visión, las ambiciones y hasta los humores de una persona.

La globalización, la caída del muro de Berlín y la desintegración de la URSS abrieron al mundo al pluralismo ideológico y a la extensión de las elecciones como vía legítima de acceso al poder en la mayoría de los países del orbe. Entonces, se vivieron treinta años en que la política, por la normalidad democrática y la adopción de los valores occidentales, se desmitificó y desvinculó del líder carismático. El mesianismo político se convirtió en una excepción o expresiones minoritarias en las sociedades.

Sin embargo, hubo un cambio relacionado con el “desencanto” por la democracia. Los odios entre grupos sociales, la lucha frontal entre movimientos con fuerte sustrato ideológico y la intolerancia resurgieron. Las causas son, entre otras, las siguientes: la segunda gran depresión financiera mundial de 2008; al excesivo pragmatismo de los partidos políticos; al descrédito de los profesionales tradicionales de la política, y la reproducción de un modelo incapaz de resolver las contradicciones estructurales, como la desigualdad social, la quiebra de los sistemas pensionarios, la focalización del gasto social en grupos clientelares, los regímenes fiscales insuficientes y regresivos, así como el asistencialismo privado incapaz de sustituir a la acción del gobierno (el ánimo caritativo no es suficiente para atender los reclamos de justicia social).

Los populismos —desestabilizadores y disfuncionales— según Flint —, con líderes que abandonaron la corrección política— el respeto al otro— han conquistado algunos gobiernos y convocado, peligrosamente, a mayorías electorales, utilizando el racismo, conservadurismo, radicalismo revolucionario, aislacionismo e invención de enemigos.

¿Cómo explicar el comportamiento de Trump? ¿Su estado psicológico importa? ¿Es más fuerte la institucionalidad estadunidense que sus caprichos? ¿Hay que revivir los estudios de psicología de masas y los líderes políticos para explicar sus declaraciones contra el TLC y los mexicanos? La estrategia del todo y nada de Trump, Maduro, Putin, Puigdemont y Pyongyang sólo conducen a callejones sin salida en cuyo fondo hay violencia. ¿El mundo enloquece nuevamente? Hagamos votos porque la cordura se imponga a la irracionalidad. No convirtamos al adversario en una contienda democrática en un enemigo que debemos eliminar. No recurramos a la expulsión del otro como única táctica para defender la democracia. Atrás de Trump, como de otros líderes mesiánicos, hay movimientos intolerantes que hay que desactivar con políticas de integración e inclusión política y económica. La descalificación no basta.


cmatutegonzalez@yahoo.com.mx

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