Ángel Pola: las aventuras de un reportero pionero - Bertha Hernández | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 21 de Octubre, 2017
Ángel Pola: las aventuras de un reportero pionero | La Crónica de Hoy

Ángel Pola: las aventuras de un reportero pionero

Bertha Hernández

Se terminaba diciembre de 1894. A la redacción del periódico El Noticioso, de Federico Mendoza y Ángel Pola,  llegó un pelado, uno de esos personajes que vivían en el escalón más bajo de la estructura social del México porfiriano. Pobres entre los pobres, muchos pelados no tenían más patrimonio que el sarape que les servía de indumentaria y cama. Llegaba el pobre diablo a las puertas de aquella publicación porque, como era bien sabido en la capital mexicana, los editores de aquel diario compraban las noticias que les llevaba la gente y que se convertirían en las planas llamativas, llenas de crímenes y denuncias, que los papeleritos venderían por las calles.

Aquel hombre iba, precisamente, arropado hasta la nariz con su sarape. Cargaba en las manos con un bulto, a la altura del estómago. La negociación de la noticia fue como tantas otras:

-Perdón, traigo una noticia. Cuánto me dan por ella….

-Pues hombre. Depende de la importancia. Diga usted…

Y aquel hombre apartó con un movimiento el sarape, y dejó caer sus propios intestinos. A unas pocas calles de la redacción, le habían abierto el vientre de un solo tajo.

Así llegaban soplones y víctimas; charlatanes e indignados, a las puertas de El Noticioso. Se acababa el siglo XIX e irrumpían en la vida apacible del país unos personajes tercos hasta la locura, audaces y temerarios; curiosos incorregibles y endemoniadamente preguntones. Se les conocía como repórters, los tatarabuelos profesionales de los reporteros de hoy.

LAS NOTICIAS, LOS REPÓRTERS Y LOS PERIÓDICOS DE A CENTAVO. La verdad sea dicha, la irrupción de estos curiosos especímenes en el periodismo mexicano no fue bien vista al principio. Para el gusto de muchos habitantes del mundillo de las publicaciones periódicas, la escritura de noticias era escandalosa, estridente, y significaba una abierta intromisión en esa esfera que, hasta entonces había sido respetada y que era la vida privada de la sociedad. La queja de estos escritores, que se definían a sí mismos como cronistas, era que los repórters no eran más que unos entrometidos con una etiqueta de importación –directa desde el periodismo estadunidense- que les daba una presencia rimbombante. Abrumado por el trabajo de estos personajes, Manuel Gutiérrez Nájera, el famoso Duque Job, auguró, con tintes de tragedia, la muerte de la crónica a manos de los dichosos repórters: “¿De dónde había de venir para nosotros el repórter, sino del país del revólver? Allá en la tierra de los zapatos de siete leguas… florece el periodista de repetición, la cocina al minuto y la electricidad. De ella nos vino el repórter ágil, diestro, ubicuo, invisible, instantáneo, que guisa la liebre antes de que la atrapen”.

¿Temor a la competencia? Sí, y la queja de los cronistas ante el embate del nuevo periodismo exclusivamente noticioso, era la noción de tiempo que lo alentaba. La fugacidad, esa hada que marchitaba en un santiamén las rosas que se ofrecían a la amada, había sentado sus reales en el mundillo editorial mexicano. Citaba Gutiérrez Nájera a Musset cuando afirmaba que “las noticias se vuelven viejas en una semana”. En manos de los repórters, se quejaba el Duque, las noticias “llegan en veinticuatro horas a la decrepitud”.

Los vientos de la modernidad llegaban al periodismo mexicano montados en el trepidante corcel del inmediatismo, y ahí estaba el reclamo. Ignacio Luchchí, uno de los yernos del difunto presidente Juárez y cronista de un periódico ya desaparecido que llevaba por nombre El Universal, se quejó, a mediados de octubre de 1893 del gran defecto de lo que llamaba “el noticierismo”: “Es excesivamente oportuno [!!] y nada deja al cronista que espera los acontecimientos que debe comentar… los repórters saben cuándo se va a caer un templo, el día en que debe enfermarse el Arzobispo… Temiendo estoy que un 15 de septiembre publiquen el número que ha de salir premiado en la lotería del 16”.

Si era cierto que los repórters andaban a la caza de noticias, no era menos cierto que, en aquellos días de fines del siglo XIX, la materia prima eran historias pasionales y sangrientas: “Noticias sensacionales, horribles, tétricas, de las que ponen los pelos de punta…tragedias conyugales, dramas lúgubres en que resulten muertos y heridos”, detallaba, casi con deleite, el inquieto Luchichí.

Pues sí, de eso se nutrían aquellos, los llamados “periódicos de a centavo”, que, en vista de los enormes tirajes que vendían, gracias a sus sensacionales y escandalosos contenidos, se podían dar el lujo de venderse más baratos que sus competidores, formales y politizados, protagonistas de las grandes luchas ideológicas del país, como El Siglo Diez y Nueve, o El Monitor Republicano. Ambas publicaciones cerraron en 1896, después de más de medio siglo de bregar en la vida pública de México, y le cedieron el paso a periódicos como El Noticioso, que eran capaces de pagar ¡cincuenta pesos! de entonces, suma nada despreciable, por una de esas noticias tremebundas que les haría vender decenas de miles de ejemplares.

CON USTEDES, ÁNGEL POLA, REPORTERO. Para 1894, Ángel Pola Moreno era ya un experimentado repórter. Nacido en Chiapa de Corzo, en 1861, estudió las primeras letras en San Cristóbal de las Casas y en Pichucalco. Protegido de un diputado llamado Rosendo Pineda, Pola viajó a la Ciudad de México siendo un chamaco. Llegó a la capital en 1875. Al año siguiente, ya contagiado de esa pasión incurable que es el periodismo, entró a un periódico llamado El Socialista. Allí ganó fama y notoriedad por los textos donde denunciaba casos de esclavitud en el sureste mexicano. A la sociedad del altiplano le conmovieron las terribles historias que Pola ubicaba en Chiapas, en Tabasco y en Yucatán.

El nombre de Pola empezó a aparecer en los nuevos periódicos de la capital: se hicieron famosas sus entrevistas, que se publicaban en El Diario del Hogar como una sección, “En casa de las celebridades”.  Figuras de la política como José María Iglesias o Ignacio L. Vallarta recibieron la visita del reportero, hábil retratista que, a más de ricas semblanzas, sondeaba los planes que para el presente y el futuro tuviera el entrevistado. Esto que hoy suena como algo obvio del trabajo periodístico, a fines del siglo XIX era una completa novedad.

Lo que hoy es historia, en tiempos de Pola eran asuntos relativamente cercanos. Diez años después de la caída del segundo imperio, el reportero obtuvo de un amigo suyo, el general Mariano Escobedo, dos exclusivas: una, que Querétaro se rindió por instrucciones de Maximiliano; otra, que Escobedo intentó dejar escapar al general Tomás Mejía, y que éste prefirió morir con honor en el Cerro de las Campanas.

Un triunfo sonado de Pola fue el haber tomado bajo su protección al Tigre de Tacubaya, Leonardo Márquez, cuando regresó a México en 1895. Con el ardid de que muchedumbres furiosas aguardaban en la capital al antiguo general conservador, Pola llevó al militar, en tren, por Puebla y Tlaxcala, entrevistándolo y enviando por telégrafo, cada día, la exclusiva de sus conversaciones.

Angel Pola, Polita, tuvo una vida larga y llena de emociones. Cuando los periódicos mexicanos entraron en una etapa plenamente industrializada, miró hacia su otro amor, la historia, y tuvo la constancia suficiente para editar, en cuatro tomos, las Obras Completas de Benito Juárez, las de Melchor Ocampo en otros tres y además produjo una biografía de uno de sus clientes preferidos, Leonardo Márquez. Cuando en 1944 se inauguró la Hemeroteca Nacional, reconociendo de esa manera el valor que como fuente para la investigación tiene el trabajo periodístico, se le entregó una medalla de oro, en su calidad de decano de la prensa mexicana. Cuando murió, en 1948, dejó un rico archivo donde queda constancia de sus andanzas y algunos documentos curiosos, provenientes de épocas convulsas, como el testamento manuscrito de Melchor Ocampo. Se trata de un archivo que, en el siglo XXI se ha ofrecido dos veces, en venta, al gobierno mexicano, sin respuesta positiva. En los papeles de Pola, aún en manos de sus descendientes, hay numerosos detalles de la vida política mexicana en el accidentado siglo XIX.

 

Ángel Pola, periodista chiapaneco, fue de los primeros reporteros mexicanos, en el sentido moderno del término. Él y otros contemporáneos suyos, como Manuel Caballero, definieron los nuevos rumbos del periodismo en México, haciéndolo esencialmente informativo.

 

Imprimir

Comentarios