El TLCAN en la teoría de juegos - Francisco Báez Rodríguez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 24 de Octubre, 2017
El TLCAN en la teoría de juegos | La Crónica de Hoy

El TLCAN en la teoría de juegos

Francisco Báez Rodríguez

Las vueltas en la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte me han hecho recordar la teoría de juegos, que se aplica para la economía y también para muchas otras cosas.

El lector tal vez recuerde la película Una Mente Brillante, que cuenta la historia de John Nash, el matemático que obtuvo el Premio Nobel de Economía en 1994. Y tal vez recuerde la escena en la que un grupo de chicas entra a un bar, y a Nash se le prende el foco cuando concluye que él y sus amigos no ligarán nada si todos van tras la más guapa, y todos ganarán si lo intentan con las otras.

Digamos que ese es uno de los puntos de partida del “equilibrio de Nash”, que trata de predecir el comportamiento de las partes en un juego no cooperativo (es decir, de una competencia en la que las partes no cuentan con una fuerza externa que las fuerce a cooperar).

La idea es que todos los participantes quieren maximizar su beneficio y tienen una estrategia para ello. Cada uno conoce la estrategia de los demás, de forma tal que ninguno se beneficia al cambiar estrategia, si los demás no hacen lo propio. En ese camino, al menos en principio, los participantes en su conjunto obtendrán menores ganancias que si cooperan entre sí. Sólo la iteración, es decir la repetición reiterada del juego, lleva a las partes a cooperar.

Toda negociación comercial empieza como un juego no cooperativo, aun si la meta es llegar a un acuerdo. Cada quien intentará maximizar sus ganancias, pero no logrará hacerlo, y cuando la iteración le demuestra que no puede hacerlo de manera absoluta, buscará acordar un máximo colectivo de ganancias, distribuidas entre los participantes.

En otras palabras, la competencia no necesariamente se rige por la lógica de suma cero, en la que lo uno gana es lo que pierde el otro. Los oponentes pueden lograr objetivos positivos a través de la cooperación, y también pueden quedarse sin ganancia alguna, al negarse a cooperar.

Como puede uno imaginarse, este descubrimiento matemático ayuda mucho a explicar fenómenos económicos como los mercados imperfectos y los oligopolios; también es clave para entender los mecanismos de cooperación política entre grupos sociales o partidos políticos diferentes.

Prácticamente todos los tratados internacionales modernos implican este tipo de negociaciones. En ellos, ninguna nación puede jactarse de haber obtenido todas las ventajas: siempre existe la necesidad de ceder en una parte para ganar en la otra. Históricamente, los acuerdos que benefician a un solo lado son los que han impuesto los imperios a las colonias o las alianzas vencedoras a los derrotados después de una guerra cruenta.

En las rondas que hemos tenido de renegociación del TLCAN nos hemos encontrado con una paradoja. Mientras México y Canadá siguen jugando de acuerdo con las reglas del equilibrio de Nash, Estados Unidos —guiado por la visión simplista de Donald Trump— lo hace pensando en un juego de suma cero. La lógica de que no gano si el otro no pierde, como si fuera una pelea de box. O, en el símil de las chicas del bar: Trump quiere la más guapa para sí y que los demás se amuelen.

La paradoja estriba en que, precisamente porque cada quien conoce la estrategia del otro, entramos en un equilibrio de Nash. Estamos ante un juego no cooperativo en el que ninguna de las partes está dispuesta a cambiar estrategia porque teme que, si lo hace, los otros se aprovecharán.

El resultado natural es la iteración: una ronda y otra ronda y otra ronda y otra ronda, hasta que los participantes se van dando cuenta de que así no pueden seguir, y buscan una solución en común.

En el caso que nos ocupa, lo lógico sería que Estados Unidos fuera ablandando su posición dura, y acercándose a los puntos de vista de sus socios continentales.

Sin embargo, no está dicho que así sea. Y para eso vale otro Nobel de Economía, el más reciente. Richard Thaler nos dice que no es cierto que los sujetos económicos actúen siempre de manera racional. Hay distintos factores psicológicos que afectan el comportamiento. Que, por ejemplo, hay quienes consideran el bienestar de otros de manera positiva —y están dispuestos, por ejemplo, a asumir costos personales para que haya una distribución más justa— y quienes lo consideran de manera negativa: todo premio a otro genera envidia o celos.

Otro elemento que considera Thaler, en la toma irracional de decisiones económicas, es la falta de autocontrol, definida como una contradicción común en los sujetos económicos: suelen ser visionarios al planificar y miopes al hacer. 

Aquí tenemos otro problema de la coyuntura. Trump considera el bienestar de otros de manera negativa y, para su visión de largo plazo de Estados Unidos poderoso y más próspero, tiene la miopía de pensar que una parte toral del asunto es el déficit comercial de EU con sus socios.

En la medida en que, del lado del equipo de EU, prevalezca la visión de su Presidente, no habrá manera de que las tres naciones salgan airosas de la negociación. Y las tres quedarán sin ganancia alguna.

Las soluciones al juego son: o la presión interna en Estados Unidos obliga, después de reiteradas repeticiones, a que cambie a una estrategia más cooperativa; o alguna de las otras dos naciones, o ambas, decide poner una amenaza (eso está en el modelo de Nash) contra el participante que no coopera, para obligar a que lo haga.

En cualquier caso, estaremos por un rato dándole vueltas a la noria. 

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Twitter: @franciscobaezr

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