Los rojos: 1917 - José Carlos Castañeda | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 27 de Octubre, 2017
Los rojos: 1917 | La Crónica de Hoy

Los rojos: 1917

José Carlos Castañeda

Los rojos. Los peligrosos rojos. ¿Quiénes eran los rojos? ¿Qué habían hecho que conmovieron al mundo? ¿Por qué eran tan temidos del otro lado del telón de acero? Al cumplirse el centenario de la revolución rusa, me asalta una pregunta: cómo explicar a mis hijos que aquel movimiento comunista despertó en muchas generaciones un sentimiento de esperanza. Cómo contarles que muchas personas lucharon con auténtica convicción de justicia y, en realidad, el modelo de gobierno y sociedad que defendieron era un Estado totalitario. Muchos nunca quisieron verlo, otros nunca supieron.

En su libro de memorias, Koba el temible, Martin Amis relata cómo la información sobre el régimen de terror en la Unión Soviética era conocida desde principios de los años 30.

“Ya en 1931 había protestas públicas en Occidente contra los campos de trabajo soviéticos. También había informes convincentes sobre el violento caos de la colectivización (1924-1934) y sobre el hambre de 1933… Y estaban los Procesos de Moscú de 1936-1938, que se celebraron delante de periodistas e informadores extranjeros”.

 ¿Cómo entender que aquel infierno de régimen tiránico fue un modelo ideal de revolución social? ¿Cómo reconocer que la utopía socialista fundó el Estado totalitario y persecutorio más demencial? ¿Cómo aclarar que el sueño de una justicia social conducía al terror de un baño de sangre?

Aún recuerdo cómo mi madre me llevó a los festivales de oposición, donde se reunían los partidos comunistas para intercambiar mercancías fabricadas en los países del bloque socialista, mientras se escuchaba la música de la internacional y se compartía la comida y bebida de Europa del Este. Un ambiente de camaradería socialista fabricado para promover la amistad con gobiernos dictatoriales. Pocos sistemas políticos han logrado mantener una estrategia publicitaria y de relaciones públicas con tanto éxito. Sin duda, entre los maestros de la comunicación política están los creadores de la propaganda socialista.

Hace todavía 50 años, los rojos eran admirados. La bandera de la oz y el martillo se ondeaba en las calles de la Ciudad de México. En esa época, mi madre estudiaba ruso y admiraba a los grandes músicos que vivieron perseguidos por la paranoia de Stalin. Extraña paradoja. Como Dmitri Shostakóvich, que vivió en carne propia el conflicto de sobrevivir en medio del terror stalinista con la maleta en la puerta, listo para recibir a los oficiales del régimen.

La revolución rusa cumple 100 años, pero el partido comunista soviético ya no celebró su centenario en el poder. Para quienes nacieron después del milenio, los nombres de Vladímir Ilich Uliánov, Lenin, el  mayor líder revolucionario, o de su camarada asesinado León Trotski no significan lo mismo. Lo acepto, pertenezco a una generación que todavía se educó imaginando a estos líderes revolucionarios como héroes, mi primera decepción se remonta a una novela. En aquel tiempo, leía con avidez a García Márquez y la mamá de una amiga me insistió que debía probar con Vargas Llosa. Mi primer impulso fue resistirme. Cómo leer a un autor tan ligado a los neoliberales. Al final compré una pequeña novela, publicada en ese año de 1984. No está en el corpus de las mejores de este gran novelista: La Historia de Mayta, pero fue en dos sentidos una enorme lección. Primero, descubrí a uno de mis escritores favoritos. Segundo, mis dudas sobre la utopía roja comenzaron a crecer. 

Para muchos, la URSS representó más un ideal de justicia social, que la realidad de una potencia imperialista y totalitaria. Para quienes aprendimos esa educación sentimental roja fue una introducción a los ideales de la política, pero más que nada fue la escuela donde aprendimos a valorar los derechos sociales de la igualdad, la justicia y la libertad como legítimo patrimonio de la humanidad.

Todavía unos meses antes de 1989, en una conferencia en la UNAM, un intelectual parisino Cornelius Castoriadi, con voz de profeta, aseguró que la Unión Soviética no desaparecería; era imposible que se colapsara, como sucedió, apenas unos años después. Los rojos cayeron derrotados por su propio pueblo, aquel que imaginaron liberar.

 

 

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