Vida de Cuauhtémoc Cárdenas - Edgardo Bermejo Mora | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 28 de Octubre, 2017
Vida de Cuauhtémoc Cárdenas | La Crónica de Hoy

Vida de Cuauhtémoc Cárdenas

Edgardo Bermejo Mora

 (Parte XI La paternidad en el edén)

Cuauhtémoc Cárdenas gobernó en Michoacán  el periodo completo de seis años sin brillo pero sin descalabros. Con austeridad y con cierta independencia con respecto a la federación.

No hubo a lo largo del sexenio alguna obra mayor de inversión pública, en buena parte por la limitación presupuestaria que produjo la crisis del 82 y la constante devaluación del peso.

De su periodo sólo se recordará la creación del Museo de Historia de Michoacán, y otras obras aún menores. Como sea, Cárdenas estableció un estilo personal de gobernar que no tenía el arrastre de su padre, pero que de cualquier forma le granjeó el liderazgo en la entidad, como se confirmaría en 1988 cuando el 76 por ciento de los michoacanos le dieron su voto como candidato opositor a la presidencia.

Viajó constantemente  a los pueblos y rancherías de la entidad, en donde por lo regular era recibido con el júbilo correspondiente a la dimensión de su apellido. El recorrido extenuante era un asunto de principios y de continuidad, su padre y él mismo se formaron políticamente en las incursiones incesantes al México profundo en dónde encontraban, además, la fuente principal de su respaldo político.

Lázaro Cárdenas fue el primer candidato de la postrevolución que recorrió el país entero en busca de votos. Este ejercicio se estableció como una práctica habitual a lo largo de su vida y pasó directo a su hijo que hizo lo propio en Michoacán, primero, y después en sus giras como candidato presidencial.

Tal vez el único momento que llamó la atención a nivel nacional ocurrió casi a finales de su periodo, cuando en 1985 defendió públicamente la soberanía del estado al que se le pretendía involucrar en el escándalo del agente asesinado de la DEA, Enrique Camarena Salazar. Dentro de los cánones del viejo sistema, no era usual que un gobernador tomara esta  distancia con respecto del gobierno central.

Por otra parte, no  renunció a la tentación paternalista que caracterizó al General: impuso la ley seca en el estado entre el sábado y el lunes de cada fin de semana, prohibió las peleas de gallos,  mantuvo controles severos sobre la prostitución y persiguió el lenocinio.

De la prohibición de los casinos durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, a la imposición de la ley seca en el Michoacán de los ochenta, hay una línea de continuidad paternalista que atraviesa en el centro de la idea del Estado cardenista como el gran proveedor y el gran mentor de la sociedad, el pater familias que controla los hábitos de sus hijos en nombre de su bienestar.

Sobre la ley seca le comentó a Paco Ignacio Taibo II: “la intención era buscar cierta defensa del ingreso familiar y evitar delitos y violencia derivada del consumo en exceso del alcohol”. Se equivocaba, en el largo plazo los índices de alcoholismo en la entidad no disminuyeron a pesar de la prohibición.

Durante su sexenio tres diputados locales fueron desaforados por corrupción y enviados a prisión. La democracia apareció tímidamente en tres municipios ganados por el PAN ‑Zacapú, Uruapan y Zamora‑;  se organizaron campañas de alfabetización con el apoyo de organismos no gubernamentales;  y se dispusieron generosos recursos para el apoyo de movimientos sociales del país, como los grupos de solidaridad con los movimientos revolucionarios internacionales, o las organizaciones en favor de la paz y los derechos humanos. Era un secreto a voces entre la izquierda moderada de aquellos años que en el gobierno de Michoacán se contaba con un aliado potencial.

La administración de Cuauhtémoc Cárdenas y su equipo fue lo suficientemente limpia como para resistir la fiscalización severa a la que se vería sometida tras la ruptura con el régimen en 1987.  Se buscaron irregularidades a toda costa, incluso se castigó a algún funcionario menor, pero lo cierto es que no sería en el expediente negro de la corrupción en donde podrían sorprenderlo en falta.

El PRI, la contraloría estatal y federal, la prensa anticardenista, los funcionarios sucesores, el aparato entero del régimen resentido con el desertor hubieran deseado encontrar una falta mayor en el gobierno de Cárdenas. No lo lograron.

Todavía en 1997, en el golpeteo de la campaña por el gobierno de la ciudad de México, se le quiso sorprender en un comportamiento ilícito por la compra de terrenos a precios por debajo del mercado en la costa Michoacana, concretamente en Playa Eréndira donde la familia adquirió un gran predio a nombre de doña Amalia Solórzano.

No fue, por mucho que se intentó sobredimensionar el asunto, una falta mayor, como tampoco lo eran las inconsistencias en su declaración patrimonial  del 97 que, pese a todo, claramente no eran las  de una familia enriquecida con pasión faraónica a instancias del erario público. La suya era –y es- una fortuna relativamente modesta, construida en medio siglo de servicios profesionales, y seguramente menor que la de otros magnates que se enriquecieron sin pudor en los quince minutos de poder político a los que tuvieron acceso.

Con todo, y a pesar de que se pueda atribuir el hecho a la crisis del país y la caída general de los niveles de vida durante la década pérdida de los ochenta, el gobierno populista y popular de Cuauhtémoc Cárdenas en Michoacán no logró revertir, y por el contrario, agudizó, dos de los aspectos más lacerantes en el estado: la pobreza y, consecuentemente, la emigración masiva a los Estados Unidos.

Este otro rostro de uno de los estados más pobres del país no se alteró a instancias de un gobernador con carisma como lo fue Cárdenas. La entidad mantuvo su carácter eminentemente rural, en donde el éxodo masivo era la única salida viable a la falta de oportunidades. Ciertamente Cárdenas no inventó la pobreza en la entidad, pero tampoco la disminuyó, y ni siquiera palió significativamente el proceso creciente de deterioro al que se vio sometida una de las regiones más castigadas por la crisis del  ejido en la era de la reconversión agraria.

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