La ciudad y el agua: crónica de dos cementerios fracasados - Bertha Hernández | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 28 de Octubre, 2017
La ciudad y el agua: crónica de dos cementerios fracasados | La Crónica de Hoy

La ciudad y el agua: crónica de dos cementerios fracasados

Bertha Hernández

Se acababa septiembre de 1871. El presidente Benito Juárez debió sentirse satisfecho. Entre tantos trabajos como pasaba el reasentamiento del gobierno liberal y republicano, había un pendiente menos. La ciudad de México contaría con un nuevo cementerio, que sería como el mejor de los panteones europeos, tal y como insistían, desde hace tiempo, algunos de los intelectuales notables del país.

Ese nuevo cementerio tendría una traza limpia, que invitaría al silencio y a la reflexión. Nada que ver con los saturadísimos cementerios de la capital, que, aparte de encontrarse repletos, eran, cada tanto, objeto de las inquietudes de los catastrofistas, que no podían olvidarse de que en camposantos como el de Santa Marta, el popular Santa Paula, el de Nuestra Señora de los Ángeles y hasta en el muy elegante San Fernando, reposaban docenas de víctimas de las epidemias de cólera que en otros tiempos habían diezmado a los mexicanos.

Eso de morirse en la Ciudad de México era, hacia 1871, un verdadero problema, porque había pocos espacios para aguardar el juicio final. Por fin, después de tantos vaivenes políticos, la reforma liberal se aplicaba en los diversos ámbitos de la vida cotidiana. Desde 1842 estaban prohibidos los entierros en los conventos y en los atrios de las iglesias, con algunas excepciones. La nacionalización de los bienes eclesiásticos le cambió el rostro y la traza a la ciudad, y el proceso alcanzó a los cementerios. A principios de aquel 1871,  la saturación de los cementerios era un problema de urgente resolución.

La primera medida consistió en declarar clausurados los panteones engullidos por la urbe en crecimiento. A partir de ese año, ya no hubo sepelios en Los Ángeles, en Santa Marta, en un cementerio conocido como “El Canelo”, del que no existe mayor información, y se dispusieron restricciones para Santa Paula y San  Fernando.  Quedaba como cementerio general uno que sí estaba en la orilla sur de la ciudad, el del Campo Florido. Como el tema de un cementerio nuevo estaba entre las preocupaciones de la prensa, el gobierno de Juárez resolvió alentar la creación de uno, y en septiembre de 1871 se concedió a Luis Miranda, representante legal de los señores Amor y Escandón e Iturbe y Compañía el permiso para establecer lo que sería conocido como el Panteón General de la Piedad, en las afueras de la ciudad de México, muy cerca del pueblo de La Piedad, y a unos pocos metros del cementerio que en 1864 se había creado para alojar los restos de los soldados europeos que cayeron en los primeros años de la invasión francesa.

Tan importante era el asunto, que el mismísimo presidente Juárez puso la primera piedra del panteón de la Piedad, el 23 de septiembre de 1871. Tan importante era el proyecto, que el orador en la ceremonia fue nada menos que Ignacio Manuel Altamirano. No hay duda que aquellos hombres veían en el nuevo cementerio, uno más de los rasgos que definirían a una nación moderna. “La cultura de una ciudad cualquiera se conoce, bien lo sabéis, por sus establecimientos de educación, por sus casas de beneficencia, por sus mercados, por sus institutos correccionales y por sus campos mortuorios”, aseguró el escritor guerrerense, uno de los que, desde las páginas de los periódicos había insistido, una y otra vez, en que era urgente el nuevo cementerio, bajo las normas de un Estado laico.

Era progreso y era una medida de salud pública colocar los cementerios fuera de las ciudades, aseguró Ignacio Altamirano, como hacían “los pueblos más cultos de la tierra”. El escritor estaba tan contento con el suceso como el presidente Juárez. De ese modo, la ciudad contaba ya con dos panteones generales: el Campo Florido y La Piedad. 

Lo que no sabían ni Juárez, ni Altamirano, ni los señores Escandón, Amor e Iturbe, ni el Ayuntamiento, es que confiaban el reposo de los muertos de la ciudad a dos proyectos urbanos que estaban condenados al fracaso más escandaloso, que resultarían completamente inviables porque estaban construidos en terrenos que aún eran parte del antiguo lago y que desaparecerían de la memoria citadina para convertirse en imágenes borrosas, que se esfumaron cuando la capital empezó a expandirse.

FRACASOS MONUMENTALES. Una vez más, el lago, siempre el lago, hizo valer su presencia. Cuesta trabajo entender por qué el cementerio del Campo Florido no fue clausurado en 1871. Se había creado en 1846, a solicitud del capellán de la iglesia del mismo nombre. Durante la primera mitad del siglo XIX, el Campo Florido era llamado así por las muchas y muy hermosas flores que creían en aquel prado. Y desde entonces se sabía que era un terreno fincado en una zona de chinampas, razón por la cual el terreno siempre estaba anegado. Su ubicación, fuera de la mancha urbana, determinó su sobrevivencia.

El panteón del Campo Florido nunca pudo ser un cementerio a la altura de los sueños urbanos de los gobiernos liberales. Cadáveres y humedad jamás han hecho buena combinación. El deterioro hizo que se convirtiera en el cementerio para los más pobres de la ciudad. Era tan malo, que una sepultura de primera clase del Campo Florido equivalía a una de segunda en cualquier otro cementerio. Un temblor, en marzo de 1872, causó daños importantes en el panteón, y de ahí en adelante, todo fue deterioro y decadencia.

Eso sí, Campo Florido tuvo un huésped de renombre. Allí llevaron a enterrar, en diciembre de 1873, al poeta suicida Manuel Acuña. Y aunque Ignacio Altamirano se había referido al cementerio como “un potrero horripilante”, la verdad es que la colecta con la que se querían cubrir los gastos del entierro no dio mas que para llevar a Acuña a aquel lugar, donde permaneció hasta 1890, cuando el deterioro del lugar propició su cierre y se dispuso el traslado de los restos allí enterrados al Panteón de Dolores, alejado de la capital, pero los desagradables problemas de inundaciones.

Lo mismo ocurrió con el Panteón de la Piedad, con el agravante de que el desastre ocurrió muy rápido. El primer sepelio tuvo lugar en enero de 1872 y para septiembre de 1873 el deterioro ya era total. Todas las esperanzas depositadas en el cementerio se habían ido al diablo. Paradojas de la vida, a Ignacio Altamirano, que había visto con tanta benevolencia el sitio, tuvo oportunidad de ver cómo era, prácticamente imposible, sepultar a una persona en ese lugar.

Eran las fiestas patrias de 1873. El día 14 murió un amigo cercano de Altamirano, el músico alemán Luis Hahn. Solo y pobre, Hahn no tenía manera de costearse una tumba decente. Cuando empezaron a cavar su fosa en La Piedad, los asistentes al sepelio se dieron cuenta que, a un metro de profundidad, comenzaba a brotar agua del suelo. A los diez días del sepelio de Hahn, el médico encargado de supervisar las condiciones del cementerio envió un oficio al Ayuntamiento: o le hacían un desagüe al lugar o se iban olvidando del modernísimo panteón.

Ambos cementerios lograron remontar el cambio de siglo cerrado y cayéndose, literalmente, a pedazos. Les robaron las cercas, las puertas. Alguien metió docenas de caballos a pastar en La Piedad. El Ayuntamiento, un poco avergonzado por el desastre, clausuró ambos cementerios y trasladó todos los restos –o eso dijo- a Dolores.

La ciudad creció y se llevó la huella de estos cementerios. La Piedad, del que solo hay una foto, se convirtió en el parque público que hoy se encuentra frente al Centro Médico. En sus terrenos, pertenecientes a la colonia Roma, se construyó el también ya desaparecido Estadio Nacional y los multifamiliares Juárez, de los que sobreviven los edificios que no se colapsaron en los terremotos de 1985.

El Campo Florido desapareció para que sus terrenos se integraran a la traza de una nueva colonia, la de los Doctores. Del cementerio solamente quedó la iglesia, cuyas torres desaparecieron por los cañonazos de la Decena Trágica. Así mutilada, aún sobrevive. Pero los cementerios son un nombre en un expediente, una foto perdida, una mención en papeles antiguos. Una vez más, si las lecciones del pasado se hubieran atendido, acaso algunas amargas experiencias se habrían evitado.

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