Dimensión desconocida, catalana y Daliniana - Marcel Sanromà | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 31 de Octubre, 2017
Dimensión desconocida, catalana y Daliniana | La Crónica de Hoy

Dimensión desconocida, catalana y Daliniana

Marcel Sanromà

¡Surrrrrrreeeeaaaaaaaalllllliiiissssmo! Gritaba Salvador Dalí. Lo mismo debió gritar ayer Carles Puigdemont después de aterrizar en Bruselas para nadie sabe muy bien qué demonios. A estas horas que usted esté leyendo estas líneas, el presidente catalán ya ha hecho de madrugada una declaración para, supone, explicar su nuevo y descabellado movimiento; pero al tiempo de escribir este artículo, el desconcierto supera a la expectación.

La huída hacia adelante del independentismo catalán manifestada el viernes con la declaración unilateral de independencia desencadenó el kraken recentralizador de Madrid, forzando una situación inédita en toda la historia de España y adentrando a las instituciones catalanas en un callejón sin salida, o con salida a un agujero negro de incierto destino.

Como el gato de Schrödinger, Catalunya (Cataluña en catalán) no sabe si es comunidad autónoma o República; lo dice también la Wikipedia, chéquenlo: en.wikipedia.org/wiki/Catalonia. No sabe si su gobierno lo comanda Puigdemont, Soraya Sáenz de Santamaría a 600 kilómetros de Barcelona desde Madrid o un cíborg burócrata en algún oscuro sótano de las cloacas del Estado.

Visto el esperpento de asistir atónitos a cómo medio núcleo duro del ejecutivo de Puigdemont escapó a Bruselas, dejando a la siempre fiel presidenta del Parlament, Carme Forcadell, ojiplática en la estacada, es obligatorio pensar cómo demonios llegamos a este punto.

Todo empezó cuando, hace cerca de seis años, se puso de moda la expresión tenim pressa (tenemos prisa), aludiendo a que era urgente para muchos catalanes conseguir construir un Estado propio.

Con los peores momentos de la crisis achuchando todavía, la concatenación de estallido de casos de corrupción en España, el inicio de la dictadura temporal de la mayoría absoluta lograda por Mariano Rajoy en 2011 (como lo es cualquier mayoría absoluta), y la sentencia de 2010 del Tribunal Constitucional que descuartizó el Estatuto de Autonomía aprobado por Catalunya en 2006 todavía fresca, la prisa se apoderó del independentismo.

Se empezó a hablar de referéndum de independencia, que se proyectó para 2014, cuando se cumplieron 300 años de la caída de las tropas austríacas a manos de las borbónicas castellanas, y que supuso el inicio de la represión que aniquiló la autonomía e instituciones catalanas. Por primera vez, el independentismo había entrado en el debate político cotidiano en Catalunya.

Además, 2012 marcó la entrada de la izquierda radical, anticapitalista e independentista, de la CUP en el Parlament. Aunque lo hizo con unos simbólicos tres diputados, su estilo desenfadado, informal y rupturista influyó profundamente en la opinión pública.

Fallido el intento de referéndum de autodeterminación de 2014, que perdió gas hasta convertirse en una consulta popular con más ambiente de jornada festiva que de hito histórico, la declaración de independencia empezó a sobrevolar la esfera política catalana. Siempre, siempre, instigada por el #tenimpressa.

Para ello, hacía falta que el voto frustrado del referéndum se sustituyera por una mayoría social expresada en unas elecciones regulares convertidas en plebiscitarias que permitiera justificar elegir el camino unilateral. Así se fraguaron las elecciones de 2015, en las que la CUP logró un sonado y sonoro espaldarazo, subiendo hasta 10 diputados.

Su postura radical forzó al entonces presidente Artur Mas, arrinconado por la corrupción en su partido y por el rechazo social a los recortes en sanidad, a abandonar su aspiración de formar gobierno, y encumbró a un Carles Puigdemont que, hasta entonces, se desarrollaba en el segundo plano de la alcaldía de Girona.

Descartada en un inicio la declaración unilateral por arriesgada e inviable, el referéndum, esta vez sí, esta vez de verdad, volvió a divisarse en el horizonte político catalán. El #tenimpressa aniquiló la sensatez que representaba la posibilidad de mantener la calma y esperar a que unas nuevas elecciones españolas presentaran un panorama menos desolador para el diálogo del que representa el estilo autoritario y fascistoide del Partido Popular y sus acólitos en el sistema.

El independentismo catalán cometió el terrible error de olvidar que el negro contexto en el que se fraguó el ascenso social y político definitivo del movimiento soberanista era transitorio, que las cosas mejorarían eventualmente y que la independencia no era, ni es, una carrera de los 100 metros, sino un maratón. La CUP, en su spot electoral para los comicios de 2015 decía que “iban lentos porque iban lejos”. Al final, ni tan lentos ni tan lejos, porque Bruselas está a dos pasos de la frontera norte de Catalunya.

¿Y ahora cómo le explicamos a la gente extenuada que nos faltan otros 42 kilómetros y 95 metros?

 

marcelsanroma@gmail.com

Imprimir

Comentarios