Fue videofilmado en el estadio a la hora en la que se supone que cometía un homicidio | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 31 de Octubre, 2017

Fue videofilmado en el estadio a la hora en la que se supone que cometía un homicidio

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Lo llaman El Inocente. Aún para los propios reos del penal de Chiconautla, Estado de México, el caso de Salvador Becerril Ortiz parece incomprensible, reflejo de la injusticia retorcida en el país…

Chava, un fan del equipo América, está preso por homicidio calificado, aún sin sentencia. Lo acusan del asesinato del joven Román Munguía Alemán, ocurrido el sábado 20 de abril de 2013 a las 9:15 de la noche, frente a su domicilio en la colonia Central Michoacana, de Ecatepec.

El tiempo resulta un dato crucial, porque a esa misma hora Salvador es ubicado en el estadio Azteca, donde se jugaba el partido América-Pumas.

Así lo demuestran diversas tomas de televisión y fotografías obtenidas por su abogado, Juan Bruno Vilchis, desde junio de 2016. Además del boleto de acceso.

El defensor solicitó el video del juego al Club Universidad, que accedió a compartirlo. El hoy procesado aparece detrás de la portería norte, sitio habitual de la porra americanista, en una primera toma captada a las 21:22 horas —siete minutos después del asesinato— y en otras subsecuentes hasta las 21:50.

Las imágenes fueron corroboradas por medio de un escaneo y un software de identificación facial.

¿Pudo asesinar a Román en Ecatepec y en menos de siete minutos llegar al Azteca?

Vilchis también consiguió fotografías panorámicas de los aficionados en las gradas, difundidas como publicidad virtual en el sitio web fambolero.com, mediante una aplicación con la cual es posible girar el ángulo 360 grados y acercar la visión, Chava es encontrado en el mismo lugar dos minutos antes de las 9 de la noche, entre cánticos y porras.

Como prueba adicional, la familia y el abogado solicitaron una pericial para corroborar el tiempo de trayecto del Azteca al sitio donde se dio el asesinato. “De una hora con 50 minutos a 2 horas”, concluyó el perito.

Más de 20 testigos, todos integrantes de la porra confirman la presencia de Salvador en el graderío, entre ellos Paola, su exnovia y su amigo Mauricio Reboño, quien acudió al partido con su esposa Marisol y sus dos pequeños. Mauricio se convertiría en una voz clave de la historia, porque durante el segundo tiempo recibió la llamada de una tía, de nombre Adriana. “Te regresas con mucho cuidado del estadio, por los niños, es que acaban de matar a Román, el vecino”, le dijo ella, siempre dispuesta a rendir declaración. “Lo de Chava es injusto, porque yo fui quien les llamé para darles la noticia”, ha dicho.

La familia Reboño vive en la misma calle donde se concretó el crimen.

Salvador, hoy de 34 años y dueño de un pequeño acuario en el mercado Jardines de Aragón, también conocía a Román, quien padecía ataques epilépticos y ofrecía sus servicios a los comerciantes como mandadero o ayudante. “Debo juntar para mi medicina”, decía el chico de 21 años, de aspecto desaliñado y con rastros de abandono. A la par, realizaba trabajos relacionados con alarmas y equipos de autoestéreo. Había instalado el sonido en el vehículo de Chava y en los coches de otros locatarios

Por eso aquella noche, todavía en el estadio. Mauricio Reboño confió el episodio trágico, Salvador lo lamentó. Tan pronto volvió a su casa, en la misma zona de Ecatepec, le dijo a doña Isabel Ortiz, su madre: “Que mataron a Román”. Era casi la medianoche. Nadie podía creerlo. Doña Isabel, otra vendedora en el mercado, igual conocía al muchacho. Lo había contratado para chambitas y muchas veces le ofreció de comer. “Vamos a llamarle, a ver qué pasó”, sugirió ella. Marcaron al celular y respondió Ricardo, hermano del occiso.

—Queremos saber cómo está Román —, preguntó doña Isabel.

El hermano titubeó, hubo un silencio incómodo, pero al final contestó: “Está bien, sólo que está dormido”.

Esa llamada, coinciden involucrados en el caso, sería utilizada por la mamá y hermano de la víctima, para vincular a Salvador con el homicidio y después al hermano de éste: Armando. “¿Acaso llamaron para cerciorarse de la muerte de mi hijo?”, fue una duda sembrada desde entonces por la señora Leticia Alemán, de siempre reticente a la amistad de Román con los Becerril Ortiz y para quien se volvió una obsesión responsabilizarlos del hecho.

Aquella noche mortal, el primero en llegar al lugar y brindar auxilio fue el policía Ismael Popoca, quien en declaración ministerial relató: “Encontré el cadáver en la banqueta, la mamá del fallecido no dio ningún dato de importancia, porque aseguró que no presenció los hechos”.

Sin embargo, al paso de los meses la señora Leticia cambió su versión. Ante el MP dijo haber escuchado detonaciones y hasta manifestó ver un coche negro parecido al de Chava en huida veloz. Después de medio año incluso se atrevió a señalar de manera directa el vehículo: “este es el carro, sólo que tiene los rines más grandes”.

Para don Jesús Becerril y doña Isabel Ortiz, el golpe ha sido doble: hoy sus dos hijos están recluidos en Chiconautla, derivado de un expediente anómalo, sin indicios ni testigos identificables.

Además de las pruebas presenciales en el Azteca, se han sumado otras irregularidades a favor de Salvador y Armando.

Un testigo, vecino de doña Leticia, respaldó la versión del carro negro hasta cuatro meses después. Y un mes más tarde, a los cinco, otra menor de edad, afirmó que era el auto de Salvador.

Las pruebas de fotografía y pólvora practicadas al vehículo arrojaron resultados negativos.

Armando Cerón Barrón, El Abuelo, hermano de uno de los testigos en contra de los Becerril, se encuentra preso en Chiconautla. Chava lo buscó para pedirle ayuda:

—Pregúntale a tu hermano por qué declaró lo del carro —le pidió.

Después de algunas semanas, El Abuelo respondió: “Mi hermano dice que declaró lo del carro para ayudar a la vecina, quien le ofreció dinero, pero que no vio nada, que cuando llegó al MP ya estaba lista la declaración y él sólo firmó. Quiere que lo disculpes”.

Lo más inverosímil fue la aparición casi dos años después de otro testigo de nombre Arturo, único acusador directo de Salvador y Armando. En el MP presentó una copia borrosa e ilegible de su credencial de elector. En la dirección alcanzada a leer no ha sido localizado. Jamás se ha presentado a una audiencia.

Para los hermanos presos es un desconocido, aunque el 23 de enero de 2015 él declaró ante la Fiscalía de Ecatepec ser amigo de ambos. Sobre lo sucedido esa noche, contó: “Estaba con ellos desde las 8 de la noche, nos habíamos reunido para tomar unas cervezas… Subimos al auto: yo atrás, Armando iba manejando y Salvador en el asiento del copiloto. Nunca supe dónde íbamos, de repente vi a un chico caminando en la calle, Salvador bajó del auto y sacó un arma… Me dio miedo y salí huyendo”.

Era la hora en la cual Chava es ubicado en el Azteca por las cámaras de televisión.

Conforme vio la manipulación de las pruebas por parte de la MP, Ana Luisa Galván Hernández, y el acoso policial, Salvador decidió viajar a Veracruz. Regresó a la Ciudad de México con la idea de rescatar los videos en el estadio y demostrar su inocencia, pero fue detenido a finales de febrero de 2016. Del pendiente se encargaría su defensor.

A la hora del homicidio, Armando, de 35 años y profesión abogado, había acudido a presentar una denuncia ante el MP por el extravío de sus credenciales de perito certificado. Hay constancia de ello. Fue detenido el 27 de abril de 2015, tres meses después de la declaración de Arturo, ese testigo fantasmal.

La defensa, familia y amigos de los Becerril han denunciado el armado de casos en la Fiscalía de Ecatepec, e incluso han obtenido testimonios de los propios empleados de ahí sobre el monto requerido para fabricar culpables y solicitar órdenes de aprehensión: 21 mil pesos, 14 para el MP, cinco para los policías ministeriales y dos para el testigo inventado.

La MP Galván, quien armó el expediente, se retiró del asunto. Hoy se encuentra a cargo de Juan Carlos González Hernández, quien pide 70 años de prisión y 5 mil días de multa para los hermanos, así como amonestación pública y alrededor de 150 mil pesos para la mamá del finado.

“No entiendo cómo con pruebas tan contundentes mis hijos aún están en la cárcel”, dice doña Isabel Ortiz, “¿qué debe pasar para que los procesos sean justos, para que el dinero no valga más que una vida y el destrozo de una familia?”.

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