El populismo tira la piedra que rompe el vidrio y esconde la mano - Carlos Matute González | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 04 de Noviembre, 2017
El populismo tira la piedra que rompe el vidrio y esconde la mano | La Crónica de Hoy

El populismo tira la piedra que rompe el vidrio y esconde la mano

Carlos Matute González

Cataluña, tan lejos y tan cerca. La toma del poder local en Cataluña por un grupo radical-populista condujo a esa autonomía regional a una crisis política sin precedentes en la España post-franquista. Una minoría vanguardista y activa es capaz de movilizar permanentemente a una sociedad y conducirla a un conflicto en donde los oponentes son siempre los culpables, los autoritarios e intolerantes.

Ahora resulta que el gobierno español, que está obligado jurídica y políticamente a mantener el orden constitucional, es el represor que encarcela personas inocentes, que supuestamente no hicieron nada malo, ni retaron a las instituciones. El gobierno catalán depuesto decidió apartarse de la ley para imponer a España y a la población que no comparte sus ideas separatistas un proyecto político cerrado y no dialogante. En un lado de la balanza, lo negro, oscuro e inconfesable, que encarga la persecución judicial del gobierno central que orilló a la huída de los dirigentes del Partido Demócrata Europeo Catalán a Bruselas. En el otro, lo bueno, transparente y progresista, que representan los hoy encarcelados.

Esta visión maniquea del mundo, que suelen proponer los movimientos populistas, generalmente, se basa en diagnósticos simplistas de la realidad y convoca a los desilusionados o desesperados que están dispuestos a seguir a un líder que dice lo que quieren escuchar —este fenómeno se llama demagogia— con propuestas inviables e incluso peligrosas para el bienestar colectivo.

El líder —como sucedió con Hitler ante el incendio del Reichstag en la República Alemana del Weimar— no ordena los actos de violencia, pero los tolera o los provoca indirectamente con el discurso contra las instituciones y después de los sucesos se queda callado o los condena tímidamente. Mi abuelita diría: “tira la piedra y esconde la mano”. Si la autoridad reacciona y trata de detener a los delincuentes, entonces la estrategia se modifica radicalmente y acto seguido comienza la etapa del mártir, en la que quien provoca el conflicto es el perseguido.

En ese momento, la vanguardia intolerante se presenta a sí misma como la expresión de la democracia reprimida por que los demás no se allanan a la imposición de sus ideas ni deciden poner un alto a sus excesos. En la Alemania Nazi, la Italia Fascista o la Venezuela Bolivariana la reacción fue lenta y tardía, lo que abrió el camino para el derrumbe de la democracia representativa y el surgimiento de la democracia popular dirigida por líderes carismáticos legitimados ideológicamente en la defensa de los intereses de un pueblo que paulatinamente queda silenciado por las marchas callejeras y demostraciones de poder de movilización.

En estas condiciones, la libertad y los derechos humanos quedan sometidos a que la vanguardia progresista cumpla con el proyecto que considera el bueno e inaplazable. El costo social (mayor pobreza) y el sacrificio de los individuos (menos felicidad) pasan a un segundo plano, ya que lo relevante es que la acción se dirija a lograr una sociedad imaginada por el líder y sus adeptos. “Con determinación hasta la victoria” y slogans propagandísticos similares son las herramientas para la destrucción de lo existente porque, en la mente del vanguardista, lo nuevo sólo puede surgir de las ruinas. ¡No importa el dolor, si el resultado es la libertad de Cataluña!

En esta lógica, el gobierno catalán disidente desestimó los mensajes de la Unión Europea, así como la salida de las empresas y capitales financieros. Prefirió emplear su mayoría electoral coyuntural para confrontar al gobierno español y ser copartícipe de la crisis constitucional. Hoy, se presentan como meras víctimas de un aparato represor. Sin tomar partido —la realidad catalana es más compleja de lo que se puede ver desde este lado del Atlántico— la moraleja es: el voto iluso en favor de un populismo sin propuestas viables es la ruta directa al conflicto social. ¿A quién conviene el conflicto? Hitler, cuya estrategia fue tirar la piedra y esconder la mano en la debilitada democracia de la República de Weimar, controló el Reichstag con el 33 por ciento de la votación para inmediatamente después desaparecerlo. El resultado fue la persecución de los “malos e impuros” y su confinamiento en guetos y campos de concentración, muerte y destrucción. Ser electo democráticamente no autoriza a violar la ley en el ejercicio del cargo como falazmente alega Carme Forcadell, presidenta del Parlamento Catalán, hoy investigada (La Crónica de Hoy, 3-11-17). 

En México, la tentación de la vuelta al autoritarismo está presente. La falsa idea de que las instituciones y la ley estorban a los voceros del pueblo toma fuerza. El Latino barómetro indica que la confianza en la democracia representativa está a la baja, las cifras del Coneval muestran que políticas públicas para mitigar la desigualdad social y la pobreza no han dado los resultados esperados y la percepción de que hay más corrupción aumenta, según los índices de medición internacionales. El ambiente es propicio para la germinación del populismo. Por eso, hay que tener cuidado de quien tira la piedra que rompe el vidrio y esconde la mano.

Profesor del INAP

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