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El carácter lúdico del movimiento del 68, explicado por Gilberto Guevara Niebla

Hacia la tercera semana de agosto el movimiento estudiantil avanzaba, como una ola gigantesca que se extendía hacia todos los rincones de la urbe.

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El movimiento era una fiesta

PARTE 14

Hacia la tercera semana de agosto el movimiento estudiantil avanzaba, como una ola gigantesca que se extendía hacia todos los rincones de la urbe. El país vivía una insólita convulsión política. Algo nuevo había nacido. El espíritu de insubordinación y de revuelta despertaba ahora a nuevos grupos sociales y pronto saltó de la calle al interior de muchas oficinas públicas donde los empleados, contagiados, comenzaron a organizarse.

Otro tanto ocurría en algunos sindicatos. En las escuelas, las asambleas matutinas se abarrotaban de jóvenes poseídos de una nueva fe en el país y en la política, pero que, sobre todo, habían adquirido confianza en sí mismos. Las asambleas eran ejercicios de discusión colectiva de eficacia dudosa, pero en ellas cada uno encontraba el sentido de las cosas y tenía oportunidad de intervenir y desarrollar sus habilidades. Un nuevo sentimiento de cohesión y unidad se había forjado entre los estudiantes, cada uno de los cuales se sentía parte del “movimiento”. En realidad, los referentes del movimiento eran sencillos: era el pliego de seis demandas y era el CNH.  Pero las asambleas eran también espacios donde cada estudiante tenía el medio para hacer cosas, para organizarse, para incorporarse a un grupo o realizar alguna tarea específica.

Cada escuela había ingeniado una división del trabajo propia, concebida en términos de brigadas: había brigadas de vigilancia, brigadas de propaganda, brigadas de alimentos, brigadas de finanzas, etcétera, de tal modo que cada estudiante encontraba fácilmente una manera de incorporarse a la labor colectiva dentro de la misma escuela o bien de salir a la calle a continuar con la labor de propaganda y agitación.

La alegría lo contaminaba todo. En muchos sentidos se puede decir que el movimiento era en ese momento una fiesta, una fiesta política y, al mismo tiempo, una fiesta donde los jóvenes festejaban a la vida misma que se les revelaba bajo esta forma maravillosa que es la acción colectiva. Atrás había quedado la existencia solitaria, rutinaria, prisionera de las reglas y costumbres de los adultos y en el movimiento cada uno descubría ante él nuevos horizontes para su desarrollo personal y, aunque esos horizontes eran inéditos e inciertos, el futuro individual aparecía luminoso y cargado de optimismo. La vida “en el movimiento” adquiría nuevos significados: los jóvenes se relacionaban entre ellos, hacían nuevos amigos, se enamoraban, compartían la alegría y el gozo del activismo, participaban del estado de ánimo exaltado que nace del compañerismo y el salir a la calle para enfrentar al mundo era una aventura y un riesgo que unía con fuertes lazos de solidaridad a unos con otros.

–Maestro –me dijo Mónica–, usted se emociona al recordar todo eso, pero nos dejó a la mitad con el relato de los acontecimientos. 

–Tienes razón. Antes les dije que los líderes decidieron realizar una nueva manifestación que tendría lugar el martes 27 y que marcharía de Chapultepec al Zócalo y la nueva marcha, se pronosticaba, tendría una enorme concurrencia. El objetivo era llenar la plancha del Zócalo. Era un objetivo realizable dada la amplitud que había logrado la movilización. Pero en los días siguientes se darían una serie de acontecimientos insospechados. El día 22 la prensa dio a conocer un boletín de prensa emitido por la Secretaría de Gobernación: ‘El gobierno de la República’, decía, ‘expresa su mejor disposición de recibir a los representantes de maestros y estudiantes de la UNAM, del IPN y de otros centros educativos vinculados al problema existente, para cambiar impresiones con ellos y conocer en forma directa las demandas que formulen y las sugerencias que hagan a fin de resolver en definitiva el conflicto’. Como se ve, la declaración no la firmaba ningún funcionario concreto, tampoco incluyó procedimientos concretos a seguir ni hacía referencia al Consejo Nacional de Huelga o al ‘diálogo público’ que se había convertido en axioma en la retórica estudiantil. Era una declaración y punto. No obstante, esta iniciativa abría la puerta para iniciar contactos entre las partes y para explorar caminos de solución. Tan sencillo como eso. Esta fue la opinión de los estudiantes que formaban parte de lo que yo llamo la fracción democrática que habían desempeñado un papel crucial en la creación del CNH y que desde el inicio del movimiento habían sostenido la postura de que el objetivo era que las autoridades dieran solución a las seis demandas del pliego petitorio. En los primeros momentos este grupo logró conquistar el respeto de la mayoría de los representantes, pero con el transcurrir de los días el ambiente interno del Consejo se descompuso sobre todo por la acción de los estudiantes (marxistas) revolucionarios que buscaban no la solución del conflicto, sino el agravarlo más, con el fin de ampliar el descontento social y, eventualmente, suscitar una lucha obrera y popular violenta contra el ‘estado-burgués’. Eran doctrinarios y fanáticos. No escuchaban argumentos y se reducían a repetir una y otra vez sus frases estereotipadas de condena a la burguesía y a los estudiantes que, según ellos, le hacían el juego a la burguesía. Su lenguaje agresivo y su reiterada actitud de sabotear cualquier medida racional dirigida a la solución del conflicto contribuyó decisivamente para crear en el consejo una atmósfera cada vez más irrespirable y cargada de intolerancia y de odio. Junto a estos radicales estaba un grupo numeroso de provocadores, agentes encubiertos del Ejército y de la Dirección federal de Seguridad (Secretaría de Gobernación) que se dedicaban dentro de la asamblea del CNH a sembrar la confusión y el desconcierto. Estos agentes aplaudían y solapaban las posturas disolventes de la tendencia revolucionaria. El hecho es que en el CNH se instaló la desconfianza. En este ambiente crispado llegó la propuesta de Gobernación. ¿Qué pretendía el gobierno? ¿Quería realmente negociar o se trataba solamente de una maniobra para distraer o debilitar al movimiento? Como antes dije: para los estudiantes democráticos la invitación de las autoridades era algo serio, que no podía dejarse pasar, en todo caso había que contestar a este llamado de inmediato y, en su oportunidad, investigar los verdaderos propósitos de las autoridades. Pero la racionalidad había perdido espacios importantes en la asamblea. La discusión de qué hacer en este caso, desencadenó un agitado debate donde se pronunciaron discursos incendiarios y se lanzaron acusaciones violentas contra los ‘reformistas’, ‘entreguistas’, ‘transas’ que querían negociar dejando de lado el diálogo público. La postura de los revolucionarios fue muy contundente. Había que rechazar cualquier intento de contactar a las autoridades porque hacerlo era ‘traicionar al movimiento’. Al día siguiente (viernes 23), tres prominentes miembros del grupo de provocadores que actuaban encubiertos en el seno del CNH se presentaron en la asamblea para informar que ‘un empleado de Gobernación’ se había contactado con ellos para decirles que existía disposición para entablar un diálogo del gobierno con el Consejo. El funcionario les había dado un número telefónico. Horas más tarde, tres maestros de la Coalición (Herberto Castillo, Eli de Gortari y Fausto Trejo) se presentaron en el Consejo para informar que ellos también habían recibido similares llamadas telefónicas de Gobernación. En este punto, los estudiantes democráticos propusieron que se publicara en la prensa una declaración del CNH donde se informara que el Consejo respondería a la invitación por el mismo medio (se publicó en El Día el sábado 24). Ese día, el CNH tuvo su sesión más tormentosa, durante 10 horas continuas la asamblea discutió con ardor si se respondía o no, a las llamadas telefónicas de Gobernación. Los demócratas sostenían que había que hacerlo, sin dudarlo; los revolucionarios lanzaron furiosos ataques contra la idea y los provocadores (agentes encubiertos del gobierno) se unieron a los revolucionarios para, finalmente, rechazar la propuesta de ‘dar respuesta a los telefonazos’.

Eran las dos de la madrugada del domingo 25, era una noche densamente oscura, tan oscura, que no se veía por delante luz alguna. 

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