El fetiche de los debates - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 04 de Noviembre, 2017
El fetiche de los debates | La Crónica de Hoy

El fetiche de los debates

Aurelio Ramos Méndez

Perdidos estaríamos como país, si para pretender conocer el ideario de quienes aspiran gobernarnos desde el más alto puesto de mando tuviésemos que esperar a ver su desempeño, en unas dos horas de debate entre sí.

Viene a cuento esta afirmación porque el INE acordó –desde luego entre aplausos de la élite intelectual-- la realización no de dos, como marca la ley, sino de tres debates entre candidatos a la Presidencia. Esto, cuando todavía no se sabe siquiera cuántos prospectos estarán en la contienda.

Se presume, pero no están aún las autoridades electorales en el momento de determinarlo jurídicamente, que cuando mucho habrá tres aspirantes; uno por el PRI, otro por el Frente Ciudadano por México y el tercero por firmas; o sean, uno de los mal llamados independientes.

De acuerdo con la formalidad jurídica y al menos en teoría, cabe sin embargo la posibilidad de tener nueve candidatos de partidos, uno por cada uno de las formaciones registradas.

Y, además, un número indeterminado de sin partido. Aquel o aquellos --de entre las cuatro decenas de registrados-- que logren burlar el carácter preservativo del sistema de partidos e incrementar su propia capacidad fecundante.

Los debates, quién puede negarlo, son ejercicios útiles para confrontar criterios, personalidades, aptitudes, desenvolturas;  puntualizar posiciones, explicar la factibilidad de propósitos; decir los cómo entre tantos por qué. De eso, a convertir en fetiche los debates, hay gran trecho.

Si bien la Constitución consagra el derecho de todos los mexicanos a votar y ser votados; en la realidad los ciudadanos del común esperan que a los más altos puestos de gobierno se llegue no para empezar a ser conocidos por la gente, sino a la inversa: después de un amplio conocimiento que de ellos tenga la población.

A las candidaturas, y por consiguiente los puestos de gobierno, se debe llegar al cabo de larga y meritoria carrera; desde pegar carteles y botear hasta ocupar las posiciones más modestas y luego la más encumbradas del escalafón partidista. Un trayecto en cuyo curso el pensamiento del nominado haya podido ser ponderado hasta por las piedras.

Por si algo faltara en este tránsito, los procesos electorales incluyen un periodo de campaña de proselitismo, el cual, debidamente aprovechado, permitiría, sin necesidad de debate alguno, la más detallada exposición de la ideología y los principios que mueven a los distintos aspirantes y del programa de acción de las diversas formaciones que ellos abanderan.

A fuerza de haber desvirtuado su función social, los políticos, es cierto, no conforma ni con mucho el estamento más apreciado de la sociedad. Así y todo, deben ser pocos los ciudadanos que quisieran ver en la cima del poder a desconocidos. No es lo mismo un rostro fresco que un advenedizo.

La Carta Magna consigna el derecho de todos, del indígena o el aseador calzado al Doctor en Ciencia Política o en Física con especialidad en Mecánica Cuántica. ¿De verdad, alguien piensa que, en la remota hipótesis de que tal postulado se cumpliese, habría siquiera tema de conversación entre el variopinto elenco que llegaría a configurarse?

En la inexorable realidad uno espera que a los puestos de mando accedan personajes reconocidos por su talento, su probidad, su ideología; que no necesiten como el oxígeno confrontar criterios con sus adversarios en dos horas de debate, cualquiera que sea el formato, a razón de unos 30 minutos en el uso de la palabra.

Como resultado del desprestigio de la política, ahora virtualmente se valora el anonimato. Mientras más desconocido sea un aspirante a gobernarnos, mejor; mientras menos evidencias se tengan de la amplitud de su pensamiento y la espesura de su corteza cerebral, más conveniente.

El ámbito natural de los políticos es la plaza pública, el contacto directo con la población, en un trabajo que los medios de información se encargan de reproducir. Para no hablar de quienes, de manera directa, disponen de espacios en los periódicos, como si desde estos pudieran aportar o decir algo distinto de lo que ya dijeron en sus tribunas.

Si esta evolución se observara a cabalidad, si los candidatos tuvieran camino recorrido y hubiesen forjado un conocimiento público o aprovechasen las posibilidades de una campaña, durante la cual pueden debatir a los cuatro vientos, en una especie de contrapunto con sus contradictores, ¿habría necesidad de esperar a verlos en un debate insulso impuesto por la ley?

Más aún, ¿alguien ignora que –por ejemplo-- en el Congreso, órgano de deliberación por excelencia, no siempre el mejor tribuno es el más competente a la hora del trabajo discreto y callado, pero eficaz, de congresistas negados para la retórica y el choro pero brillantes al arrastrar el lápiz?

En modo alguno los debates salen sobrando. Mas tampoco son indispensables. Excepto para quienes los invocan con el manido cuento de darle altura a la discusión entre aspirantes a puestos de elección popular, en especial la Presidencia de la República.

La atmósfera electoral ya acumula episodios que arriesgan la imagen de las autoridades electorales, haciendo suponer que la imparcialidad en ellas es una entelequia. No deberían abonar a esa percepción ni siquiera con algo en apariencia tan plausible como poner a debatir a los candidatos.

¿Qué cuáles episodios? El acuerdo del Tribunal electoral para ampliar una semana el plazo de registro de “independientes”,  so pretexto del tiempo perdido por los sismos. Medida que tuvo penetrante olor a maniobra para extender el margen de operación intrapartidista a la favorita del régimen.

También el descabezamiento de la Fepade. Asunto éste que, por cierto, ha tomado un derrotero truculento que no se debería dejar pasar así nomás, sin exigir explicaciones: la versión de que Santiago Nieto fue llevado de madrugada y por la fuerza a un sitio donde habría sido presionado para desistirse de procurar su reinstalación.

Se trata no de una versión difundida por críticos de esos que lo son –diría el clásico— “por serlo nada más”. Lo denunció de modo abierto un senador de la República, Manuel Bartlett, y lo dieron a entender muchos más, de diferentes colores. De Fernando Herrera, Miguel Barbosa y Alejandra Barrales a Mariana Gómez del Campo y Jorge Luis Preciado.

Organizar más debates de los que ya establece la ley bosqueja a unas autoridades electorales partidizadas. Lleva a presumir que se trata de ejercicios con dedicatoria, acordados como diciendo: “Al que no le gusta el caldo, dos platos”.

Si por estrategia o por ineptitud los aspirantes desperdician la posibilidad de confrontar en la plaza pública y en los medios de comunicación sus concepciones de país y propuestas de gobierno, esta es una omisión o deficiencia que la autoridad no tiene porqué subsanar.

aureramos@cronica.com.mx

 

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