Los “días sin auto”: dependerán de la voluntad, conciencia y compromiso de la ciudadanía

Jesús Casillas Romero

El gran fomentador de la expansión urbana, el vehículo de motor, llegó a nuestro país entre los años 1900 y 1908, aunque en esa época era un lujo de las clases más pudientes, por lo que su proliferación no era su distintivo en esa época.

Puede decirse que el periodo de “preparación” para encaminar a nuestras ciudades hacia la situación en la que ahora las conocemos, se dio entre los años 1920 y 1950, lapso durante el cual se acentuó la promoción estatal por el ensamblaje automotriz, la conurbación del entonces Distrito Federal y la evolución del sector camionero.

Después, con el inicio de la segunda mitad de siglo, comienzan los fuertes detonantes, pues las clases medias y altas adquieren automóviles, ya no sólo los más ricos. Para 1960 se incrementa la flota vehicular, la invasión de vialidades y a inversión en estructura de rodamiento.

El resto ya lo sabemos, actualmente el parque vehícular en nuestro país supera los 38 millones de unidades.

Sin embargo, ahora las prioridades han cambiado. La tendencia se hace necesaria a la inversa: Disminuir la intensidad del uso del vehículo particular, creando alternativas más eficientes y sustentables como un transporte público de calidad y facilitar la movilidad no motorizada.

Estas inercias han traído consigo la celebración de los denominados “días sin autos”, que han cobrado importancia ciudadana y se han extendido a iniciativa de grupos ecologistas para desincentivar el uso del automóvil, atentos al daño que su uso a gran escala está produciendo.

El 22 de septiembre de cada año se celebra el “Día Mundial sin Auto”, la idea de implementarlo surgió en el marco de la “Conferencia Internacional de Ciudades Accesibles” en 1994, en Toledo, España. Desde entonces se celebra en diversas ciudades del mundo, la Ciudad de México, Guadalajara y otras entidades de la República no son la excepción.

Aunque este año pasó prácticamente desapercibido, pues con toda razón, la atención y esfuerzo de la ciudadanía estaba puesta en nuestros hermanos afectados por los terremotos de ese mes en el centro y sur del país.

La intención de la jornada era hacer un llamado a los ciudadanos a dejar este medio de transporte por un día, probar nuevos medios de desplazamiento y disfrutar de una ciudad más amable, con menos contaminación, ruido y congestionamientos viales.

Una conmemoración muy oportuna para intentar cualquier época del año, sobretodo en estas fechas, considerando que nos acercamos al mes de diciembre y como es sabido, por la temporada de frío se presentan con mayor frecuencia las incidencias de inversión térmica y la acumulación de contaminantes.

Razones por las que, en el Congreso de la Unión, impulsamos como efeméride el declarar precisamente los días 22 de septiembre de cada año como “Día Nacional sin Automóvil”, que como toda conmemoración, buscaría desde una festividad nacional evocar y crear conciencia sobre situaciones relevantes para la comunidad a manera de una remembranza vivencial y emotiva.

El objetivo no sería que las personas dejen de usar definitivamente el auto, ni culpar a los ciudadanos por su deseo de movilidad, sino más bien de transmitir mensajes, reflexiones y sugerencias de mejores hábitos en bien de la movilidad urbana, el medio ambiente, la salud, e incluso en materia de combate al cambio climático.

El éxito de la conmemoración dependerá de hasta donde logre influir en el compromiso, voluntad y conciencia de las personas. Esta será la parte más significativa.

Siendo optimistas, nos recordará la necesidad de cuidar nuestro planeta por el bien propio y el de nuestros hijos, como integrantes de futuras generaciones que habrán de aprobar o reprochar lo que ahora hagamos por ellos y la calidad de vida que les heredemos.

Senador por Jalisco

 

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