El verano democrático | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 11 de Noviembre, 2017

El verano democrático

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PARTE 15

La insurgencia estudiantil invadía a la capital por todas partes. El espíritu de revuelta llegó a los barrios donde comenzaron a surgir  “comités populares” de lucha y en algunos puntos, el movimiento llegaba más lejos: por ejemplo, en el pueblo de Topilejo, estalló una sublevación local so pretexto de un accidente automovilístico. A este pueblo llegaron decenas de brigadas estudiantiles, algunas dirigidas por militantes de los grupos revolucionarios quienes no tuvieron empacho para hacer labor de adoctrinamiento entre los humildes campesinos del lugar e incluso en colocar, en las cabañas del pueblo, imágenes de Carlos Marx y Mao Tse Tung creando un auténtico escenario surrealista. La convulsión política llegaba a todos los rincones: en esos días hubo expresiones de solidaridad para los estudiantes de parte de organizaciones de trabajadores, maestros, sacerdotes, intelectuales, comerciantes, empleados públicos, sindicatos, partidos políticos, empresarios y colegios de profesionistas. Bajo la presión arrolladora del movimiento, los medios de comunicación, que tradicionalmente se cuidaban de no contradecir los intereses oficiales, comenzaron a abrir espacios para informar y debatir el problema. El 21 de agosto la televisión trasmitió un debate sobre el conflicto estudiantil en el que participaron Iñigo Laviada, Ifigenia de Navarrete, Heberto Castillo, Víctor Flores Olea y Francisco López Cámara, el programa derivó en un reclamo unánime para que se diera satisfacción a las demandas estudiantiles por  mayor democracia. En esos días dramáticos las brigadas lograron sonados triunfos al congregar en mítines improvisados a miles de asistentes: unas cinco mil personas se congregaron frente a la prisión de Lecumberri donde estaban detenidos muchos presos políticos y desde la improvisada tribuna se pidió a las autoridades del penal que se permitiera el ingreso de una comisión que verificara el buen estado de los detenidos. Se entablaron negociaciones y, al final, se acordó que los detenidos enviaran un mensaje por escrito a los asistentes del mitin.

–¿Y la manifestación? –Preguntó Estrada.

–La organización de la nueva manifestación (27 de agosto) fue tema de una larga y agitada discusión en el CNH. Los revolucionarios volvieron a la carga con su idea de evitarla, pero la asamblea comenzaba a cansarse de los rollos extremistas y decidió, por ejemplo, que en la nueva manifestación no se portaran banderas rojas con hoces y martillo  ni imágenes de conocidos líderes comunistas como El Ché Guevara o Ho Chi Min, imágenes que en la marcha anterior habían dado pretexto para fuertes críticas contra el movimiento. El CNH rechazó esos símbolos porque no reflejaban fielmente el espíritu democrático de la lucha estudiantil y, en cambio, acordó enarbolar imágenes de héroes nacionales. Y en la misma lógica, de eliminar fuentes de equívocos y conjurar provocaciones, se tomó la decisión de que los discursos que se pronunciarían en el mitin final de la marcha serían discursos leídos y no improvisados. Pero hubo proposiciones provocadoras. Alguien lanzó en la asamblea la idea de que después de la manifestación se instalara en el Zócalo una “guardia permanente” que sirviera de presión contra las autoridades dado que el 1 de septiembre el presidente de la República estaba obligado a rendir su informe anual en Palacio. Esta idea constituía una evidente provocación pues de llevarse a cabo daría pié a la represión. La proposición, sin embargo, no fue discutida con seriedad y quedó desdibujada por el nuevo rumbo del debate. Finalmente, llegó el día de la manifestación. Desde el mediodía se percibió que la ciudad se transformaba: una actividad extraordinaria se percibía en las calles y desde esa hora aparecieron marchando hacia el Museo Nacional de Antropología grupos numerosos agitando pancartas y mantas, cantando y lanzando porras al aire. Una hora antes de la cita, una gigantesca marea humana se movía frente al edificio del museo y la congregación llegó a ser tan grande que la caminata tuvo que iniciarse antes de la hora oficial. Un mar de gente se volcó sobre avenida Reforma en cuyas aceras esperaban miles y miles de espectadores que aplaudían con entusiasmo al paso de los manifestantes. La columna avanzaba creando a su paso gran estruendo; miles de gargantas coreaban al unísono: “México, libertad”, México, libertad”, “México, libertad”. Los aplausos, y la algarabía se mezclaban con el sentimiento de que algo profundo, inédito, estaba ocurriendo. Lo que marchaba por la calle era la historia misma, era la juventud, era el futuro, era, en realidad, un nuevo proyecto de nación. En ese instante solo se anticipaba un provenir radiante. Nada impediría que México avanzara hacia la democracia. Nosotros no sospechábamos que detrás de la escena actuaban ya fuerzas oscuras con el propósito de hacer pedazos nuestro sueño. El desfile duró tres horas y en él participaron probablemente 300 mil manifestantes. Un rasgo distintivo de esta nueva demostración pública fue la participación masiva del pueblo: obreros, colonos, pequeños comerciantes o comerciantes ambulantes, padres de familia y hasta grupos campesinos marcharon junto a los estudiantes. La llegada al Zócalo, cuando anochecía, fue apoteótica. La catedral encendió sus luces y echó a andar sus campanas y la mancha de manifestantes se extendió como gigantesca alfombra hasta cubrir toda la superficie de la Plaza. Se improvisó una tribuna en el lomo de un autobús y encaramados en ella hablaron los oradores. Marcelino Perelló leyó un poema escrito por un preso político. Enseguida habló un obrero de Ecatepec, Enrique Díaz e inmediatamente después se leyó una carta conmovedora que enviaba el líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo que sufría prisión desde 1959 y que se había declarado en huelga de hambre desde hacía días, pero que las autoridades estaban maniobrando para forzarlo a suspenderla.

El siguiente orador fue Luis Cervantes Cabeza de Vaca, primer orador oficial del CNH, quien llevaba su discurso escrito pero, después de leer tres frases, lanzó el papel por los aires y dijo ante el micrófono:

–¡Yo no entiendo esto! ¡Yo no voy a leer, voy a decir lo que traigo aquí en el pecho!

Y comenzó a lanzar sin ton ni son frases más ruidosas que radicales, entre las cuales sobresalió su dicho de que “México está viviendo un momento revolucionario”. Luego vino Eduardo Valle que leyó con su voz grave y pausada un discurso en torno a los presos políticos. El profesor Heberto Castillo fue el orador más conceptuoso: “Hemos llegado aquí, dijo, para reivindicar la Constitución, ese libro olvidado. La Constitución es la bandera que enarbolamos con pasión y con vehemencia, su estricto cumplimiento abre caminos de libertades por donde transitará el pueblo trabajador. La defensa de las garantías individuales se hace desde esta tribuna de la juventud”.  Después de Heberto, tomó el micrófono el profesor Fausto Trejo y enseguida habló una madre de familia quien dijo, emocionada: “Los hijos nos han dado un ejemplo de dignidad a los padres”. La manifestación del 27 de agosto fue un triunfo espectacular del movimiento estudiantil y al mismo tiempo fue un signo de que la protesta crecería más si el gobierno no actuaba resueltamente para resolverla. Ese triunfo, sin embargo, se vería empañado por un suceso lamentable que ocurrió antes de que el mitin terminara. En los últimos instantes el estudiante que actuaba como maestro de ceremonias, Sócrates Campos Lemus (que en realidad era cabeza del grupo de provocadores que actuaba en el seno del CNH bajo las órdenes de la Secretaría de la Defensa y la Secretaría de Gobernación), entabló a gritos un diálogo con la multitud y logró sacar un acuerdo por aclamación para que los estudiantes se quedaran haciendo una guardia en el Zócalo, y pretendiendo que el diálogo público se hiciera en esa plaza el día del informe presidencial, el 1 de septiembre.

–Queremos diálogo público, gritó el provocador, pero ¿dónde queremos que sea el diálogo?

Y de la multitud surgió el coro de ¡Zócalo! ¡Zócalo!

–El diálogo será en el Zócalo, pero ¿cuándo debe realizarse?

Y, una vez más, desde la masa surgió el grito de ¡Primero! ¡Primero!

A través de esta maniobra, el movimiento quedó francamente expuesto a la represión.

 

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