La pena de muerte, ¿castigo o venganza? - Concepción Badillo | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Miércoles 15 de Noviembre, 2017
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La pena de muerte, ¿castigo o venganza?

Concepción Badillo

Otro mexicano, el undécimo desde 1976 a la fecha, fue ejecutado por la justicia estadunidense el pasado día 8 en Texas. Una práctica que es una expresión de barbarie y venganza. Un castigo que no tiene cabida en una sociedad civilizada como se supone es ésta, la única democracia que queda en el planeta donde la ley ordena que un hombre mate a otro.

Se trató de Rubén Cárdenas Ramírez, de 47 años, originario de Irapuato, acusado, encontrado culpable y condenado, por secuestro, violación y asesinato de su prima Mayra Laguna, quien tenía 16 años cuando el crimen ocurrió en 1997. Delito que él siempre negó y por el que no quiso disculparse ni aún minutos de que se le aplicara la inyección letal, pese a las peticiones del gobierno de México, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y expertos de las Naciones Unidas.

Según se dijo en el juicio, él y un cómplice, José Antonio Castillo, quien cumple una condena de 25 años en prisión, entraron a la casa de la joven, la ataron con cinta adhesiva, la condujeron a un lugar remoto, donde Cárdenas la golpeó severamente, la violó, la estranguló y después arrojó su cuerpo en un canal.

El gobierno mexicano nunca alegó su inocencia, pero sostuvo que no se le notificó de su arresto y que a su ciudadano no le dieron el debido acceso y derecho a la asistencia consular, por lo que considera que el proceso en su contra fue “ilegal”. Sin embargo, las autoridades de Texas, donde en lo que va del año se ha ejecutado a seis personas, se negaron a otorgar clemencia o conmutar su sentencia.

Como él, hay aquí otros 57 mexicanos condenados a la pena de muerte, entre los casi tres mil reos que están en la lista de espera para ser ejecutados. Espera que desde el día de su sentencia es en promedio de 178 meses o quince años, aunque casi un cuarto de ellos mueren antes por otras causas.

En la mayoría de los 32 estados donde este castigo se permite, el condenado tiene 30 días para escoger cómo quiere morir. Si no eligen, se usa la silla eléctrica o, lo más común, la inyección, un cóctel mortífero que está compuesto por substancias que sedan al reo, le impiden respirar y eventualmente en 14 o 17 minutos lo dejan sin vida. Algo que, algunos sostienen, es una muerte dolorosa y lenta, mientras otros la consideran demasiado gentil y están pidiendo que se utilicen escuadrones o la guillotina. Dicen que debe ser ojo por ojo y diente por diente y ejemplo para futuros asesinos.

El tema de la pena capital es uno que divide a la opinión pública aquí, donde el 62 por ciento de la población todavía está a favor, aunque está ya prohibida en 19 estados y el Distrito de Columbia, donde se le considera discriminatoria y en contra de los pobres y las minorías. Muchos en Washington consideran, sin mucho eco, que ha llegado la hora de que Estados Unidos deje de acompañar en esto a China, Irán, Arabia Saudita, Irak, Paquistán, Yemen y Corea del Norte y se una al mundo civilizado, aboliéndola.

Pero con dos tercios de los ciudadanos sin problema con ella, los políticos de ambos partidos tienen buen cuidado en no mostrar oposición. Bill Clinton, cuando era candidato en 1992, hasta viajó a Arkansas para presenciar la muerte de un doble asesino, Ricky Ray Rector, que estaba fuera de sus facultades mentales y quien decidió guardar el postre de su última cena para disfrutarlo más tarde. Desde entonces la Suprema Corte de Justicia ha prohibido que la pena se aplique a enfermos mentales y menores de edad.

Los opositores del castigo sostienen que matar a un asesino no le devuelve la vida a nadie y que abundan casos donde se condena a morir a personas inocentes. Otros alegan el precio. Cada condenado le cuesta al gobierno cerca de cinco millones de dólares ya que asume los gastos de ambas partes durante el largo proceso de investigación y apelaciones.

Antes de la ejecución se les da oportunidad de despedirse y decir sus últimas palabras. Cárdenas aseguró que volverá por justicia. Macabro, pero también se les da a escoger qué quieren comer. Algo que el gobierno hace para parecer humano y complaciente. Una práctica que precisamente en Texas, donde más ejecuciones se realizan, ya se dejó de lado, luego de que un condenado a muerte ordenó un banquete costoso y abundante y después ni lo probó.

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