Pita Amor, Quevedo y la media centuria - Edgardo Bermejo Mora | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 18 de Noviembre, 2017
Pita Amor, Quevedo y la media centuria | La Crónica de Hoy

Pita Amor, Quevedo y la media centuria

Edgardo Bermejo Mora

Mi medio siglo se ha cumplido. No puedo trivializar el hecho. De todas las fechas que habitan nuestros calendarios de la vida  ésta –la de la media centuria–  veo que me puede y me atempera.

Llego pues a los 50 con la certeza de haberme movido a sus anchas en esa franja inestable  que se abre entre el espacio y el tiempo: la vida. Un territorio impredecible. Un bosque, un laberinto, un abismo y un espejo al mismo tiempo.

Festejar la media centuria es un ritual de ausencias y presencias, un hacer cuentas entre lo perdido y lo ganado. Es una celebración de la vida y es al mismo tiempo un recordatorio del tiempo transcurrido, un guiño con la mortalidad. Un poema  inteligente y profundo de Pita Amor –de  quien el próximo año recordaremos su primer  centenario–  así me lo recuerda.

En el poema se refiere a dos nociones antagónicas sólo en apariencia: la mortalidad (hacerse polvo); y a la eternidad (al regresar al polvo nos reinsertamos en un ciclo que forma parte de algo mayor y universal). 

Quiero pensar que ese polvo universal al que refiere el poema es el Qi: la sustancia esencial que todo lo conforma concebida por el pensamiento chino. Pita Amor, con la voz de Quevedo y la sabiduría china resonando en sus versos, describe con pericia a  esta secreta conformación y la imagina  como las  “ajenas esencias ignoradas” que nos edifican.

Al parecer Ignoramos de qué está hecha la arquitectura más profunda de nuestra existencia –la materia y la energía contenida en ella–, aquello esencial e irreductible que nos conforma como parte de un todo cósmico, es decir, los ladrillos que modelan nuestra existencia material e inmaterial.

Somos materia y energía, así de simple, y esa materia y esa energía están ahí circulando en el universo desde el principio de los tiempos. La expresión “polvo somos y en polvo nos convertiremos” resume a cabalidad esta sabiduría ancestral. El Qi pone en movimiento al cosmos y a la existencia humana, les da sentido y forma.

Decía que lo ignoramos, pero no es del todo precisa esta afirmación: puede decirse que de algún modo lo intuimos, sabemos que al  ser todos una mezcla de materia y energía, somos de algún modo una extensión viva y al mismo tiempo mortal de algo eterno. Somos, lo dice Pita Amor,  “viejas raíces empolvadas”, y al ser  Qi podemos afirmar entonces con ella que “somos cómplices felices de algo más alto”.

 

Aquí el poema de marras:

Viejas raíces empolvadas

 

Son mis viejas raíces empolvadas

la extraña clave de mi cautiverio;

atada estoy al polvo y su misterio,

llevo ajenas esencias ignoradas.

 

En mis poros están ya señaladas

las cicatrices de un eterno imperio; 

el polvo en mí ha marcado su cauterio,

soy víctima de culpas olvidadas.

 

En polvorienta forma me presiento

y a las nuevas raíces sobresalto

he de legar, con mi angustioso aliento.

 

Mas conquistando el aire por asalto,

nada tengo que ver con lo que siento,

soy cómplice infeliz de algo más alto.

 

A Quevedo también le interesaba reflexionar sobre la misma tensión entre la vida y la muerte, entre la memoria y el olvido. En su caso, es el amor el vehículo que nos permite aspirar a la inmortalidad.

En el célebre soneto “Amor constante más allá de la muerte”,  un personaje imagina que tras su muerte el alma deberá separarse  del cuerpo y con ello renunciar a todo recuerdo de la viva concluida. Un hecho fatal al que la voluntad amorosa se resiste, el amor es descrito aquí como una llama que sabrá persistir al cruzar el agua fría del río de la muerte. El amor como una forma superior de la memoria.

El cuerpo convertido en ceniza, de regreso al polvo, persistirá en su ser gracias a la fuerza del amor. ”Serán ceniza, más tendrá sentido; polvo serán, más polvo enamorado”.

Imagino pues mi media centuria como una  estación notable de mi viaje hacia el polvo, hacia la nada, un punto que me permite detenerme y reparar en esa  abstracción amorosa y memoriosa que es la vida. Polvo seré, no todavía.

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