Juárez Whiskey, de César Silva Márquez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 18 de Noviembre, 2017

Juárez Whiskey, de César Silva Márquez

Juárez Whiskey, de César Silva Márquez | La Crónica de Hoy
Retrato de Mateu Fernandez de Soto (1901), de Pablo Picasso.

(Fragmento)

El auto bajó por la interestatal 10, hasta el puente inter­nacional Córdoba cuando el reloj marcaba las cinco de la mañana. Ciudad Juárez era una mancha de luz amarilla y triste que parecía anclarse a las faldas del cerro Bola. Una mancha amarilla sobre un lienzo negro, construido de are­na y humo y ladridos distantes. Más allá, la Panamericana unía a la ciudad con todo un territorio de espinas y piedras, unas rotas, otras por romperse. El auto atravesó el puen­te y, sin reducir la velocidad, pasó la garita mexicana. Los arbotantes comenzaban a apagarse; apenas si se apreciaban los charcos de agua sucia como hoyos que daban al otro lado del mundo; la noche anterior había llovido y el aire estaba fresco. El conductor del auto de vidrios polarizados vio un perro viejo olisqueando las apiladas bolsas de basu­ra en el parque Chamizal: restos de pastel y carne asada, huesos cocidos a fuego directo, botellas de jugo, refresco y cerveza, y restos de piñatas rotas como cadáveres cercena­dos, cabezas, brazos y piernas hechas de periódico, fueron encontrados por el hambre del animal vagabundo y los pá­jaros.

Los camiones urbanos comenzaban a transitar y los viajantes parecían zombis o, cuando mucho, pacientes hip­notizados esperando el chasquido de unos dedos para salir del trance. Algunos de los camioneros vieron pasar el auto color arena; la figura dibujada en su interior era sólo eso: uno más de ellos en una ciudad chaparra y caliente en los últimos días del calor extremo. El auto siguió al sur, tomó la ave­nida de las Américas y luego torció al este sobre la Paseo Triunfo de la República. La gente sobre las aceras escuchó el zumbido del motor y, con la vista, acompañó por unos segundos al auto. Era tan temprano que ni los muchachos limpiaparabrisas, ni las tarahumaras de faldas abombadas, en rojo, verde y rosa, habían salido a las calles. La ciudad se limpiaba las legañas, abría el hocico y daba un bostezo.

Sobre la avenida de la Raza, Carlos frenó de pronto; las balatas de su auto se apretaron contra el metal de los dis­cos, los neumáticos chillaron. Apenas si vio al auto color arena pasar frente a él a gran velocidad. Soy un pendejo, se dijo y tomó aire. Estuvo a punto de estrellarse. Desde que su prometida Angélica lo había dejado por un perfecto des­conocido (al menos para él), a Carlos le había comenzado a doler una muela. Al principio, apenas si le molestaba, pero con el tiempo el dolor se había agudizado. Aprovechando el poco tráfico, intentó distinguir en el espejo retrovisor algo extraño en su dentadura. Alguna marca, algún punto luminoso o negro. Cuando pasó el susto, aceleró con cau­tela y tomó al norte. Miró por el retrovisor y vio al veloz auto color arena volverse pequeño en la mañana que ya era roja, como si se tratara de un atardecer, como si alguien hu­biera incendiado un basurero con un tanque de gasolina. El auto color arena siguió derecho sin desacelerar, tratando de tomar todos los semáforos en verde, pasó el aeropuerto y, sin ningún problema, pasó la segunda garita de la aduana mexicana en el kilómetro treinta y dos.

La ciudad y el desierto despertaban y Carlos, el ingenie­ro, después del susto, manejó hasta su oficina. Se sirvió una taza de café y comprobó, con lo caliente del líquido, que el dolor en la boca era insoportable. Encendió la computadora.

A las once de la mañana se había olvidado del color del auto con el que estuvo a punto de chocar. A media tarde lo recordaría como si hubiera sido parte de un sueño. Sus com­pañeros de oficina iban y venían, sacaban copias, hablaban por el altavoz del teléfono con otros ingenieros en Estados Unidos. Tecleaban en sus computadoras o se contaban chis­tes. Nadie se acordó de la fecha trágica. Nadie dijo nada del 9/11 y a él le dolía una muela.

Todo había comenzado hacía siete años con la caída de las Torres Gemelas, a más de cuatro mil kilómetros de distancia. Y ahora, el dolor punzante de boca, un dolor como de reuma que fue creciendo desde la separación, lo hacía recordar.

Igual que siete años atrás, se dijo mientras revisaba la bandeja de recibido del correo electrónico. Hace siete años, una caries mal tratada lo había conducido a una costosa en­dodoncia. Igual que antes, ese dolor peculiar se volvía a encender. Nada dolía de la misma manera. Una cortada se podía decir que era indolora. Ahora, la boca parecía haber sido herida con un alfiler invisible que le causaba miedo. Pensó en su tía Berta, como siempre lo hacía cuando se des­cubría alguna caries o por alguna causa le dolían los dientes.

Aquel día de septiembre de 2001, mientras se cepillaba la boca, vio por la televisión el desastre total. Un avión 747 se había estrellado contra una de las Torres Gemelas en Nueva York; luego, aún con la pasta Colgate escociéndole, otro avión se estrelló contra la torre vecina. Los aviones se veían tan pequeños. “Algo importante acaba de suceder”, se dijo y miró al norte, hacia donde pensaba que podía estar Nueva York. Ahí afuera sólo se percibía la calma en las ca­lles realzada por el canto de los pájaros; un gorrión sobre un cable de luz le daba un toque rojo, un punto de fuga al paisaje. El sol comenzaba a calentar. Ya en la oficina, junto con sus compañeros, se enteraría de los detalles. En la costa este de Estados Unidos, el mundo se había colapsado. Era como si alguien hubiera destapado una cloaca y la corrien­te arrastrara todo a su paso a una oscuridad que no tenía precedentes. Las líneas para cruzar a El Paso, Texas, cre­cerían al doble o triple de largo. Las revisiones por parte de la aduana estadounidense se volverían exhaustivas, ridí­culas; los que iban a pie se desmayarían de insolación. Los agentes de inmigración buscarían terroristas agazapados en los bolsos de mano de las ancianas o en las cajuelas o bajo los asientos de los autos de los mexicanos que cruzan dia­riamente a Estados Unidos. Pero todo eso aún no sucedía. Apenas a las siete de la mañana, en la tele de la recámara del ingeniero se mostraba el futuro, como si se mirara a través de una cortina: apenas la sombra de lo siguiente.

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