Persecución y terror | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 25 de Noviembre, 2017

Persecución y terror

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PARTE 17

Los acontecimientos del día 28 desencadenaron la más furiosa campaña de represión y persecución que registre la historia moderna de México. Desde ese día, el ejército tomó el control de la ciudad. “Esto no es un estado de sitio”, dijo el Secretario de la Defensa, pero, en los hechos, lo que se vivió en esos días fue una tácita suspensión de las garantías individuales.

“Haciendo sonar sus sirenas, decía un periodista, cerca de cien transportes del Ejército Nacional patrullaron anoche la ciudad. Pese a las altas horas de la noche, el ulular de las sirenas despertó sobresaltadas a miles de personas que asomadas en balcones, ventanas y azoteas, los veían pasar”.

Durante el día, las tropas se estacionaban en sitios estratégicos en donde, decía el portavoz del ejército, “estudiantes y agitadores tratan de crear desórdenes”. Entre estos sitios estaban Palacio Nacional, Ciudad Universitaria, Zacatenco, el Casco de Santo Tomás, la SEP y la Refinería de Atzcapotzalco.

Ese mismo día comenzaron los actos terroristas realizados por actores no identificados, pero que, por su manera de actuar, se trataba evidentemente de militares y policías, o bien de grupos paramilitares organizados exprofeso.

El mismo día 28, como antes expliqué, se produjeron varias balaceras y ataques armados que quedaron ocultos en el misterio. En el mitin oficial de desagravio a la bandera, cuando comenzó el desorden un individuo extrajo de sus ropas una pistola e hizo varios disparos al aire; poco después, otro hombre se asomó a la ventana de un edificio, en pleno centro, y comenzó a disparar a los transeúntes. Hubo cuatro personas heridas de bala.

El ataque fue repelido por un soldado que hizo varios disparos contra el atacante. A las 13:00 horas de ese mismo día, sonaron varios disparos en el edificio de la Preparatoria Justo Sierra, pero las autoridades se apresuraron a informar que el edificio estaba vacío. Al día siguiente, se corrió a toda velocidad el rumor de que el suministro de gasolina a la ciudad se suspendería en virtud de los desórdenes estudiantiles y la reacción de la población, como es lógico, fue acudir apresuradamente a las gasolineras provocándose un gigantesco tumulto.

El sobresalto de la población fue enorme. Helicópteros comenzaron a vigilar la ciudad, principalmente los centros de estudio. En Zacatenco y el Casco los helicópteros lanzaron volantes donde se decía: “Padre de familia evita que tus hijos se involucren en los actos de agitación promovidos por los comunistas. En las últimas semanas los enemigos de la Patria han estado tratando de destruir la paz que los mexicanos gozamos”.

Ese mismo día dos grupos de jóvenes que se identificaron robaron una ambulancia en el Hospital de la Mujer para, según dijeron, “transportar a sus heridos” y en la Cruz Verde otro grupo de jóvenes, sin motivo alguno, apedreó otra ambulancia.

Al día siguiente, un joven que pasaba frente a la Refinería Atzcapotzalco, inexplicablemente, fue herido de bala. A la misma hora. Otro grupo de supuestos estudiantes robó su pistola a un policía en las instalaciones de Pemex.

Pero los actos terroristas de mayor gravedad fueron, primero, el ametrallamiento del edificio de la Vocacional 7 en la madrugada del día 29 por un grupo de 60 individuos enmascarados con aspecto militar que viajaban en 16 vehículos y estaban provistos de cascos blancos y metralletas. Llevaban además radios portátiles y lanzaban gritos de ¡Viva la FNET! ¡Viva el MURO! al tiempo que disparaban al inmueble y perseguían a sus ocupantes. Los asaltantes al retirarse dejaron en el lugar una bomba que, por fortuna, no llegó a explotar.

El segundo acto terrorista fue realizado por otro grupo de desconocidos que colocaron una bomba de dinamita en la torre de electricidad de Acolman, la cual, curiosamente, tampoco explotó y, de haberlo hecho, habría dejado en completa oscuridad a la Ciudad de México.

—Y ante eso, ¿qué hicieron los estudiantes? —preguntó Estrada.

—Ante esta avalancha de acontecimientos el movimiento vivió momentos de gran desconcierto. En la calle las brigadas eran perseguidas, las detenciones de estudiantes volvieron a multiplicarse, las asambleas vacilaban y el CNH hacía lo mismo. El gobierno, en una acción claramente planeada, dio instrucciones a sus agentes infiltrados en el CNH para lanzar una serie de provocaciones dirigidas a radicalizar al movimiento y llevarlo a adoptar conductas ilegales y violentas. En una asamblea realizada el 30 de agosto, Luis Cervantes Cabeza de Vaca se presentó armado con una pistola y cuando advirtió el asombro que causaba en la reunión dijo:

--¡No se asusten, compañeros! Hablé con mi mamá en los Mochis y me dijo: “Si van a pelear, háganlo en serio y no se anden con mariconerías, y me mandó dos pistolas y cinco rifles y me dijo: ay te mando esto para que se defiendan.

Otro tanto hizo Sócrates Amado Campos Lemus quien desde ese momento apareció armado y ocupaba parte de su tiempo en enseñarle a sus compañeros de escuela como armar y desarmar pistolas. En esos desplantes de provocación se unieron Cabeza, Sócrates y Ayax Segura Garrido a quien más tarde se le identificó como agente de la Dirección Federal de Seguridad, la policía de política.

Lo que buscaban estos provocadores era descarrilar al movimiento, sacarlo del cauce democrático, destruir la imagen pública que los estudiantes se habían creado y, por este medio, aislarlo de la población para, una vez aislado, proceder a reprimir con un menor costo político (se puede conjeturar también que la exhibición de armas en el seno del Consejo iba encaminada desde ese momento a preparar la idea de que en el movimiento existía un “ala dura” que proponía combatir con las armas al ejército, idea que se usó para montar la escenografía de Tlatelolco, 2 de octubre).

Pero afuera la persecución y el terror continuaron. El sábado 31 de nuevo en la Vocacional 7, unos 200 sujetos vestidos de civil y armados con pistolas, macanas y cadenas definición por parte de decenas de vehículo.

Dos días antes, un grupo de agentes de la DFS golpeó salvajemente al maestro Heberto Castillo y trató de detenerlo, pero no tuvo éxito. El movimiento estaba siendo atacado por todos lados. Los políticos del régimen (Gómez Villanueva, Fidel Velázquez, Arturo Romo, Robledo Santiago y otros) se lanzaron a una campaña histérica cargada de odio contra los estudiantes. Los medios de comunicación volvieron a cerrar sus puertas al movimiento rehusándose a publicar las declaraciones del CNH.

En este contexto se produjo el informe anual del presidente de la República que era una nueva oportunidad de Díaz Ordaz para suavizar la situación, moderar el lenguaje de unos y de otros, atemperar las pasiones y darle una salida al conflicto. Sin embargo, GDO decidió lanzar un nuevo golpe, un golpe brutal, contra los disidentes, es decir, optó por la beligerancia en vez de la conciliación.

Su voz de macho mexicano era la de alguien que ve la pelea como algo inminente y que no se raja ante el adversario. Dijo: “Defendamos lo nuestro como hombres”. No hubo en su postura, un sólo punto de flexibilidad. El “otro” –los estudiantes—seguían siendo la representación perversa de la anti-Patria. No se encuentra en su informe una sola palabra que pueda ser interpretada como expresión de comprensión y generosidad —la generosidad que ennoblece al poderoso frente al débil— ni de simple reconocimiento de que los que protestaban eran también, como él, ciudadanos mexicanos. 

Su informe fue, por el contrario, una expresión de cólera y desprecio. Nunca palideció tanto la institución presidencial, nunca un jefe de Estado mexicano exhibió con tanta transparencia sus debilidades personales.

Después de hacer un recuento exagerado y demagógico de los daños causados al país por las protestas, sin ambages, lanzó esta escalofriante amenaza: “Ejerceré, siempre que sea estrictamente necesario, las facultades que me otorga el artículo 89 de disponer de la totalidad de la fuerza armada permanente, o sea el ejército terrestre, la marina de guerra y la fuerza aérea para la seguridad interior y defensa de la nación”.

Con esta amenaza concluyó su discurso. Sobra decirlo: esta pieza de retórica quedaría consagrada en la historia como ilustración de la mayor estulticia, intolerancia y autoritarismo de un presidente.

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