José Antonio Meade, precandidato del PRI

José Fernández Santillán

Con el “destape” de José Antonio Meade como precandidato del PRI a la Presidencia de la República se rompieron varios moldes de las usanzas políticas de ese instituto político y de nuestro país. En primer lugar, es la primera vez que el tricolor postula a un ciudadano que no milita en sus filas para el cargo más importante de la República. Ahora queda claro que la apertura de los candados efectuada el 10 de agosto durante la celebración de la XXII Asamblea Nacional del tricolor tenía dedicatoria; es decir, en esa ocasión se cambiaron los estatutos que prohibían postular que los cargos de elección popular, fuese abiertos a personas que no fuesen militantes del partido o que tuvieran menos de 10 años de militancia. De esta manera quedaron abiertas las puertas para que el Secretario de Hacienda y Aurelio Nuño, Secretario de Educación, pudiesen entrar a la carrera por la postulación priista.

En segundo lugar, pero no menos importante, es la primera vez que, al regresar el PRI a la Presidencia de la República en la persona de Enrique Peña Nieto, luego de permanecer durante dos sexenios en la oposición, se repite la “liturgia política” del tricolor. ¿En qué consiste esa liturgia? Ante todo, en concentrar el poder decisional en el Presidente de la República; poder, al que José López Portillo llamó “el fiel de la balanza”. Luego en esparcir en la opinión pública una serie de nombres de los posibles agraciados. Y de eso se encargó Emilio Gamboa, quien el 24 de agosto dio a conocer los nombres de cuatro secretarios que podrían ser candidatos de su partido: Miguel Ángel Osorio Chong, José Antonio Meade, Aurelio Nuño y José Narro. Posteriormente agregaría al Secretario de Turismo, Enrique de la Madrid.

Haciendo alguna remembranza de destapes famosos está el que hiciera el propio padre del Secretario de Turismo, Miguel de la Madrid de Carlos Salinas de Gortari que compitió con Alfredo del Mazo González, padre del actual gobernador del Estado de México. Alguna vez, De la Madrid dijo que Alfredo del Mazo era “su hermano”. En consecuencia, muchos dedujeron que el mexiquense era el tapado. Alguien, como mucho tino, dijo que no se hereda a los hermanos sino a los hijos. Y le atinó: el candidato priista a la presidencia fue Carlos Salinas.

Valga otra referencia: cuando Gustavo Díaz Ordaz en su último informe de gobierno presentado el 1 de septiembre de 1969 afirmó: “Asumo íntegramente de manera personal, ética, social, jurídica, política e histórica la responsabilidad por las decisiones de gobierno en relación con los sucesos del año pasado,” alguno de los que estaban presentes en la sede del Poder Legislativo, que entonces se encontraba en la calle de Donceles, afirmó con mucha perspicacia que, en realidad, Díaz Ordaz, le estaba dejando el camino libre a Luis Echeverría, su Secretario de Gobernación, para que fuera su sucesor. Y así fue.

En la época de auge del Régimen de la Revolución la clave de la continuidad del sistema político fue, precisamente, la sucesión presidencial (véase, Daniel Cosío Villegas, El sistema político mexicano, México, Cuadernos de Joaquín Mortiz, 1973). No había duda, el mandatario saliente escogía a su sucesor. Se sabía que, quien fuera nominado como el candidato priista, seguro ocuparía la silla presidencial. No había contrincante de peligro; era el México hegemónico, el México autoritario que terminó cuando Vicente Fox triunfó sobre sus otros dos contrincantes Francisco Labastida (PRI) y Cuauhtémoc Cárdenas (PRD).

Aquí radica la diferencia mayor respecto del pasado: hoy no hay certeza de que Meade pueda llegar a ocupar la Presidencia de la República: vivimos una realidad diferente, “la incertidumbre democrática”.

Sin duda tiene un curriculum impresionante: dos licenciaturas, una en economía en el ITAM, otra en derecho en la UNAM; un doctorado en la Universidad de Yale. Ha ocupado diversas secretarías de Estado: Hacienda, Relaciones Exteriores, Energía, Desarrollo Social. Se ha desempeñado en dos gobiernos diferentes, el de Enrique Peña Nieto y el de Felipe Calderón.

La designación de José Antonio Meade como precandidato del PRI a la Presidencia de la República representa el intento de continuidad de las reformas estructurales de inspiración liberal que viene desde la época de Carlos Salinas. Meade lo dejó claro cuando entregó a la Comisión Política Permanente del PRI su carta de intención para buscar la candidatura presidencial en las elecciones de 2018: “Estoy con la emoción y el compromiso de estar convencido de tener que trabajar con rumbo cierto y con experiencia, construyendo y no destruyendo, en diálogo y no en confrontación, buscando coincidencias y no las diferencias, planteando nuevas recetas y no viejas recetas que no han funcionado.”

Se deduce: a lo que llamó “nuevas recetas” fue a la política económica de confección liberal, en contraste con las “viejas recetas” de hechura asistencialista. Dicho de otro modo: la confrontación va a ser con Andrés Manuel López Obrador quien aboga por modelo económico intervencionista y un proyecto político claramente populista, es decir, de confrontación y de choque. 

Veremos por cuál opción se inclina el electorado.   

 


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