La manifestación silenciosa | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 02 de Diciembre, 2017

La manifestación silenciosa

  • cronica.com.mx
  • cronica.com.mx
  • cronica.com.mx
  • cronica.com.mx

PARTE 18

Sería incorrecto pensar que la furiosa filípica de Díaz Ordaz contra los estudiantes no tuvo efectos entre las fuerzas del movimiento. En realidad, su impacto psicológico fue brutal. Al escucharlo, algunos  padres de familia se asustaron y trataron de persuadir a sus hijos de que ya no participaran en la movilización, otros más, sin dudarlo y contando con medios, enviaron a sus hijos al extranjero. Por otra parte, la persecución de brigadas continuaba y los actos terroristas se multiplicaron a tal punto que salir a la calle en grupo encerraba ya riesgos que no existían semanas antes. El verano democrático había llegado a su fin. El movimiento se veía, de nuevo, arrinconado en las escuelas.  Por su parte, el CNH vivió momentos de gran perplejidad. Una primera decisión que se tomó fue trasladar la sede del Consejo de Zacatenco a Ciudad Universitaria (Facultad de Medicina) con el argumento de que en la UNAM era más difícil que el gobierno procediera a detener a los miembros del CNH por el hecho de que era una institución autónoma. Al inaugurarse las sesiones en la nueva sede, un primer punto que se abordó fue juzgar la conducta que había seguido el provocador Sócrates Amado Campos al final del mitin del día 27 (cuando manipuló a la multitud para aprobar la guardia y realizar el diálogo público en el Zócalo), la reacción de la asamblea fue categórica. Se acordó prohibir de forma permanente que ese personaje volviera a tomar la palabra en un acto público pretendiendo representar al Consejo. Este acuerdo se hizo eco de la demanda de estudiantes de Economía y Ciencias que declararon: “Se votaron medidas absurdas que interpretamos como un complot contra el movimiento estudiantil pues un grupo planteó actitudes intransigentes que abrieron la puerta a la represión”.  Enseguida el CNH tomó acciones con las cuales se pretendía relajar la situación, acciones que manifestaban la inseguridad y el temor que se había apoderado de la asamblea. Por ejemplo, en conferencia de prensa del día 29 el CNH declaró: “Condenamos abiertamente la violencia. Ésta no conduce a nada. La solución del conflicto es política, no de fuerza. Es urgente que dialoguemos pacíficamente gobierno y estudiantes”. Enseguida, en una actitud evidentemente defensiva los líderes estudiantiles afirmaron que el movimiento estudiantil no tenía nada que ver con los Juegos Olímpicos que estaban programados para realizarse en la Ciudad de México en octubre y que nunca había sido intención de los estudiantes entorpecer su realización, etc. Pero en el seno del Consejo las divisiones continuaron. Por un lado, los líderes más sensibles y racionales entendieron que había que dar pasos hacia atrás o condescender ante las autoridades para evitar lo peor. En las escuelas comenzaba a crecer un movimiento a favor de, llanamente, “levantar la huelga”. Por otro lado, los revolucionarios volvieron por sus fueros argumentando que en la situación crítica actual lo que procedía no era retroceder, sino “ir hacia adelante”, ir hacia adelante significaba hacer un último esfuerzo (todo era cuestión de voluntad) para lograr que el pueblo se volcara en apoyo de la causa estudiantil. Según ellos, faltaba poco para que esto se diera. Y la demostración de que esto era cierto estaba en la evolución de los acontecimientos que habían tenido lugar en al Refinería Atzcapotzalco donde los obreros de Pemex de la sección 34, hartos de las molestias que les provocaban las contínuas intervenciones del ejército frente a su centro de trabajo y molestos por que las autoridades habían infiltrado entre sus filas a policías encubiertos, manifestaron públicamente su indignación en un desplegado en donde decían: “Nuestro centro de trabajo se ha convertido en un campo de concentración” y denunciaban que el 29 de agosto en las puertas de la Refinería el ejército había reprimido salvajemente un mitin estudiantil y que la tropa había amagado a bayoneta calada y cortando cartucho a los obreros petroleros, etc. Ese fue un hecho real que ilustraba las consecuencias de la represión, pero no pasó de ahí. Otro ejemplo de movilización obrera a favor de los estudiantes fue el del Sindicato Mexicano de Electricistas cuyo líder mostró simpatía por el movimiento estudiantil e incluso el sindicato publicó un desplegado en la prensa pidiendo la solución pertinente al movimiento, pero en un momento dado, las brigadas de estudiantes revolucionarios comenzaron a denunciar al líder acusándolo de “líder charro” y a partir de ese momento, obviamente, la conducta del sindicato cambió. 

—Maestro, ¿qué se podía hacer frente a la violencia? –Preguntó Bracamontes.

— ¿Qué se podía hacer frente a la violencia? El movimiento estudiantil era una expresión política, pacífica, democrática y nunca se había planteado actuar con otros medios que no fueran los medios pacíficos y legales. Razonando con inteligencia, se advertía que ante la violencia no quedaba otra cosa que retroceder. No fue casual que en ese contexto algunas escuelas llegaran al Consejo con la proposición de acercarse a la autoridad para negociar incondicionalmente o simplemente levantar las huelgas, lo cual fue juzgado, de inmediato, como “traición” por los grupos revolucionarios y por los provocadores. Sin embargo, una salida en esta coyuntura tan difícil la dio Raúl Álvarez, que era el líder estudiantil más honesto y respetado en el seno del CNH. Ante la violencia no era aceptable (ni política ni moralmente) responder con la violencia, en cambio sí era plausible reaccionar con métodos pacíficos de lucha, al estilo Mahatma Gandhi. Dentro de esta lógica argumentativa, Raúl propuso la realización de una nueva manifestación pero con la característica de que esta nueva marcha sería silenciosa. Su propuesta fue aprobada y se decidió realizar la nueva marcha silenciosa el 13 de septiembre. Las autoridades no podían creerlo: por lo visto, los estudiantes no habían asimilado la lección pues se atrevían a desafiar al mismo presidente realizando esta marcha. La respuesta era clara, lo que los estudiantes estaban diciendo era: “No señor, no tenemos miedo, no nos asustan sus amenazas y demostraremos en la calle de parte de quien está la ley”. Pero el anuncio de la manifestación desencadenó la campaña más intensa realizada por las autoridades disuadir a los estudiantes. Helicópteros distribuyeron octavillas donde se hablaba de que tendría lugar “una masacre”, que era peligroso participar en la marcha, etc. Pero, una vez más, el milagro se repitió. A la hora convenida, las masas, en silencio, con timidez, llegaron al punto de la cita y poco a poco la columna comenzó a avanzar. La policía estaba ausente, por tanto, los estudiantes se encargaron de desviar el tráfico en cada encrucijada. La diferencia con otras marchas fue el silencio: no se escuchaba ni una palabra, ni un grito, no se escuchaba más sonido que los pasos suaves de los manifestantes. Los espectadores, por millares, reaccionaban conmovidos con aplausos, con lágrimas, descubriéndose con respeto ante el paso silencioso de esa columna gigantesca de personas que protestaban sin hablar. El mutismo interpelaba, no a la razón, sino al ser humano más profundo, el ser moral. No, decían los manifestantes, la mentira oficial no va a triunfar. Por encima del poder, por encima de todos los poderes, estaba la ética de la autenticidad, la veracidad, el desinterés y la generosidad que encerraba el movimiento estudiantil. 

Imprimir